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  • ¿JUSTICIA?

    ¿JUSTICIA?

    Introducción al poema:

    Este poema levanta la voz contra la violencia cotidiana que se ha enquistado en la vida humana como si fuera parte del paisaje social.

    Desenmascara sus formas más sutiles —las que se camuflan bajo verdades absolutas, prejuicios, uniformes, falsas creencias o palabras venenosas— y hace un llamamiento a la conciencia individual y colectiva.
    La fuerza de los versos no radica en el grito, sino en la claridad con la que denuncia lo inaceptable y en la ternura con que defiende lo verdaderamente humano.

    ¿JUSTICIA? es una reflexión viva, cruda y esperanzada, que busca reconciliar al alma con la justicia del sentir y del escuchar, con la presencia de lo justo, con la limpieza inmaculada de los DERECHOS DE TOD@S.


    ¿JUSTICIA?

    Cuál de ellas:
    ¿la escrita?,
    ¿la justa?,
    ¿la de mayor rango?

    ¡Maldita seas, violencia!,
    maldito tu odio vomitado;
    tus entrañas destruyen
    todo aquello que has tocado.

    ¿Qué es esto?
    ¿Es nuestro vivir diario?
    Maldita creencia en sentires
    de venganzas y maltratos.

    Malditas hogueras
    que queman al condenado,
    antes de que la verdad
    se imponga grabada a fuego
    entre escritos no creados.

    Sentencias sin letras,
    sin luz ni taquígrafos,
    sin la balanza de lo justo,
    sin saber del destrozado.

    Apuntalemos nuestro poder
    frente al infinito,
    frente a lo desconocido
    que ocupa nuestro vivir diario.

    Ese devenir del alma,
    que llora sin descanso.
    Ese rechazo eterno
    a verdades diversas
    que enterramos.

    No hay verdades absolutas:
    son disfraces con harapos,
    jirones de otros seres humanos
    que fueron presa
    de una plaza con cadalso.

    Aquellos que creemos
    seres malditos,
    también merecen
    ser escuchados,
    porque hay corazones nobles
    que anidan en multitudes,
    que viven bajo mil hábitos:
    trajes, togas, batas blancas,
    uniformes, coronas,
    delantales, monos de trabajo.

    No dejes que las malas lenguas
    hagan nido en FALSEDADES,
    que viajan por mil circuitos
    a la velocidad del diablo.

    No dejes que las redes
    atraviesen tu vivir diario.

    Las verdades materiales
    son las que tocas,
    las que ven tus ojos,
    las que se ponen de frente
    sin temor al rechazo,
    escritas con la noble tinta
    de sentires humanos.

    No hay ley sin justicia,
    no hay justicia por encargo.



    Valoración literaria del poema

    Tu poema es un grito ético y emocional contra la normalización de la violencia y las falsedades.

    No sólo denuncia, sino que interroga y despierta. Tiene la fuerza de lo que nace del alma indignada pero lúcida, que no se conforma con señalar el daño sino que busca en lo profundo: ¿cómo hemos llegado a esto? ¿Qué parte de lo humano se ha torcido hasta convertir el maltrato y la ausencia  de derechos en rutina?

    Hay una pulsión ética clara, una necesidad de abrir la mirada y desprogramar la verdad única.

    Al mostrar que la violencia se disfraza de muchas formas —a veces en trajes de poder, otras en el silencio cómplice de lo cotidiano— apelas a la conciencia sin dogmatismos, con una escritura que toca, pero también piensa.
    El poema tiene una cadencia firme, como quien camina con determinación pero sin perder humanidad.

    Me conmueve especialmente el verso:
    “Aquellos que creemos seres malditos, también merecen ser escuchados”. Aquí haces un quiebro valiente: humanizas incluso a quienes están del otro lado, proponiendo que la escucha puede ser también justicia y conocimiento profundo de las verdades a medias, de la falta de solvencia que provocan fracturas entre seres humanos.

    Y el cierre es potente:
    “Las verdades materiales / son las que tocas, / las que ven tus ojos…”, como si dijeras: no te dejes manipular, confía en lo tangible, lo vivido, lo directo. Es una llamada a no abandonar el juicio propio.

    En resumen:

    Es un poema maduro, socialmente comprometido, con una estética clara y una voz poética que no se esconde ni adorna lo que duele.

    En tu estilo, María, la denuncia nunca es fría: está atravesada por compasión, por deseo de justicia y por amor al ser humano, incluso al que creemos contrario.
    Eso es profundamente literario y, sobre todo, profundamente humano.
  • EL BARCO

    EL BARCO

    Descripción:

    Fotografía real del barco naufragado.

    El instante captado muestra el momento en que la embarcación, ya escorada peligrosamente, era remolcada.
    Las olas, en medio de una tempestad brutal con más de trece metros de altura, golpeaban sin tregua la estructura metálica mientras la carga desplazada en las bodegas agravaba el peligro del hundimiento.

    Introducción al poema:

    En El barco, María nos conduce a un episodio límite donde la vida y la muerte se entrelazan en un instante estremecedor.
    Inspirado en una vivencia real, este poema autobiográfico se erige como testimonio de supervivencia y de pérdida.

    La autora revive el naufragio tras releer los artículos de prensa de la época y tener sobre sus manos su cartilla de navegación como miembro de la tripulación.
    Con la intensidad del recuerdo vivo: el estruendo, el miedo, la fuerza del mar y la huella del ser que se pierde en el abismo.
    Más que una narración, es una confesión poética de lo que significa ser testigo del poder absoluto de la naturaleza y de la fragilidad humana ante ella.

    En memoria del marinero que perdió la vida:

    Aquel 5 de enero de 1983,
    la mar desató su furia en la víspera de Reyes.
    Entre gritos, golpes y oscuridad,
    un barco se inclinó sobre sí mismo mientras las olas devoraban el horizonte.

    De aquel día conservo mi Cartilla de Navegación y la imagen imborrable del rostro de un marinero que se lanzó al agua un instante antes que yo y desapareció bajo el casco del barco tragado por las olas.

    Nunca más volví a saber de él.
    Su recuerdo me acompaña
    como un faro silencioso
    que me aleja de la mar.

    Durante muchos años guardé el miedo y el temblor en silencio.
    Hoy, al mirar la fotografía del barco, sé que he podido volver a la superficie.
    Y desde allí, poder contar mi historia.

    (Basado en hechos reales. Poema autobiográfico. La imagen corresponde al barco naufragado.)


    EL BARCO

    Había que llevar la carga
    que las bodegas del barco guardaban,
    cruzando el Estrecho de Hércules,
    con olas que amenazaban.

    A la mitad del día,
    mi cuerpo reposaba
    sobre una cama pequeña
    que mi descanso acunaba,
    entre paredes de madera
    que el camarote abrigaba.

    —¿Qué es ese estruendo?—
    ¡Mi cuerpo cae ferozmente!
    El suelo se tornó pared
    y la pared, mi cama.

    La mole del barco cayó
    sobre aguas rabiosas y heladas.
    Las olas tomaron alturas
    que empequeñecían montañas.

    ¡Corre! ¡Sal del camarote!
    ¡Sal de esta trampa anunciada!

    Mis ojos sólo ven
    a la gente asustada,
    con gritos desesperados
    por una muerte marcada.

    El mar se erigió en un monstruo
    con olas de alturas bravas,
    que hacían del barco la nada,
    con almas que se escondían arrodilladas,
    rogando por sus vidas,
    que el mar anhelaba.

    Me miró a los ojos y se lanzó al agua,
    con la fe de ser rescatado por la balsa
    que un pesquero feroz lanzó al mar
    para salvar las vidas
    que en el barco habitaban.

    Mis ojos quedaron fijos en ese cuerpo
    que caía desde el abismo
    de una altura desmesurada,
    de un barco gigante
    a merced de olas bravas,
    conteniendo nuestras vidas
    y todas nuestras esperanzas.

    Mi alma se estremeció
    sabiendo que el hombre no estaba.
    Se lo llevaron las olas,
    lejos de mi mirada.

    ¡Debía lanzarme al mar!
    ¡Antes que la negrura llegara!

    Agarré con fuerza mis hombros:
    —¡Tírate al agua!
    ¿No sientes que tu vida se acaba?
    ¡Ya no queda tiempo de nada!—

    Mi cuerpo se hundía
    como piedra sin alma.
    La oscuridad me envolvió
    mientras el agua inundaba
    cada rincón de mis pulmones,
    que sin aire quedaban.

    ¡Braceaba desesperada!
    Para que no me tragara la mole,
    de ese barco que se inclinaba
    sobre mi cuerpo,
    entre las olas bravas.

    La balsa pequeña mi vida salvó,
    uniéndome a otras almas,
    menos la de aquel hombre
    que me miró a los ojos
    y se lanzó al agua,
    llevándose consigo
    parte de mi alma.

    Nota de la autora:

    El barco inclinado
    parecía debatirse entre la vida y la muerte.
    El mar rugía con olas gigantes,
    más altas que los sueños,
    más hondas que el miedo.

    Sin tierra a la vista,
    la tempestad arrastraba su carga
    y con ella el destino de tantas almas.

    Aquel instante detenido en la fotografía
    es la frontera entre el antes y el después,
    entre la esperanza y la tragedia,
    entre lo que el mar arrebató
    y lo que el alma guardó para siempre.


    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.


    Crítica literaria:

    El barco se distingue por su tono narrativo y visualmente potente.
    El poema avanza como una secuencia cinematográfica, donde cada estrofa actúa como un plano emocional.
    La descripción del desastre combina precisión sensorial (“el suelo se tornó pared y la pared, mi cama”) con un lenguaje simbólico (“el mar se erigió en un monstruo”).

    El uso de los imperativos (“¡Corre!”, “¡Tírate al agua!”) intensifica el dramatismo y sumerge al lector en el caos del momento.
    El ritmo es ágil, sostenido por versos cortos que reproducen la respiración entrecortada del miedo.

    La última parte del poema, en cambio, se abre al duelo: la autora convierte la pérdida del otro en un acto de comunión espiritual (“llevándose consigo parte de mi alma”). Así, la obra transciende la anécdota personal y se transforma en un canto a la memoria, la resistencia y la humanidad frente al abismo.

  • MUCHO MÁS ALLÁ

    MUCHO MÁS ALLÁ

    Introducción al poema:

    Hay encuentros que no responden al azar, sino al llamado silencioso de dos almas que se buscan desde siempre.
    Este poema habla de ese reconocimiento profundo, de la certeza inmediata de pertenencia, del deseo de fundirse en un solo ser para caminar juntos más allá del tiempo.

    Es un poema que habla del amor en su forma más pura y trascendente: un amor que reconoce, que se encuentra, que se escapa del mundo para ser sólo alma, sentir y eternidad.

    La belleza en la forma en que se conecta lo terrenal con lo eterno, lo vivido con lo soñado, y cómo la intensidad del sentir traspasa el tiempo, es lograr que la pasión no sea solo deseo, sino necesidad de fundirse en algo más grande que uno mismo.
    Es un canto al amor que no teme perderse, porque sabe que en su entrega total está la eternidad.


    MUCHO MÁS ALLÁ

    Cuando llegaste a él, lo sintió,
    él sabía que era su anhelo de pasión.
    Ella vio el alma que siempre buscó.

    Sintieron la precipitación
    de querer abrazar,
    de ganas de dar,
    de ilusión por amar.

    Debían escaparse a un lugar
    donde nadie pudiera llegar,
    allí donde sus orillas rozar,
    inundar, acercar, enredar,
    fundiéndose para no ser más
    que un solo ser, un solo soñar.

    De tanto vivir,
    los sentires crecieron hasta volar,
    tejiendo con hilos de plata
    los años vividos en su caminar.

    Nunca terminaría aquel sentir
    que los encadenaba
    hasta volver a empezar,
    sabiendo que ese día
    sería el primero que los ataría
    hasta la eternidad.

    Un día cualquiera,
    salieron a pasear,
    enfilando una senda
    por la que se perdieron sin más,
    sin necesidad de morada,
    sin volver la vista atrás,
    rodeados de estrellas,
    donde poderse amar
    por siempre jamás.


    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.


    Crítica literaria:

    El poema MUCHO MÁS ALLÁ es una delicada evocación del amor absoluto, aquel que trasciende los límites del tiempo y del espacio. Su tono romántico y soñador nos transporta a un universo íntimo, donde los cuerpos y las almas se funden en un solo latido.

    La autora utiliza un lenguaje cálido y fluido, con versos que fluyen como un susurro, donde la cadencia del sentimiento domina la forma. Destaca la reiteración de acciones ("abrazar", "dar", "amar"), que refuerzan la urgencia emocional y el deseo de unión.

    El cierre —“por siempre jamás”— resuena como un eco de eternidad, elevando la experiencia amorosa a una dimensión espiritual. El uso de imágenes como los “hilos de plata” o las “orillas que se rozan” aportan lirismo y sutileza visual, mientras que la firma final, “Mía”, pone el sello íntimo de pertenencia emocional, más allá del tiempo y de la muerte.

    En conjunto, un poema que vibra con intensidad serena, donde el amor se convierte en destino y trascendencia.
  • MI ETERNO QUEBRANTO

    MI ETERNO QUEBRANTO



    Introducción.

    Hay ausencias que el tiempo no logra acomodar. Ausencias que permanecen abiertas porque nunca encontraron un lugar donde descansar.

    «Eterno quebranto» nace de uno de los dolores más profundos que puede habitar un ser humano: la pérdida sin despedida, el duelo suspendido, la búsqueda interminable de quien debió haber permanecido entre los brazos de quienes lo amaban.

    El poema transita por la memoria, la añoranza y la imposibilidad de cerrar una herida cuando no existe una tumba, una tierra o un cuerpo sobre el que depositar el amor, las lágrimas y el último adiós.

    Es un canto íntimo al vacío que dejan las desapariciones y a la persistencia de un amor que continúa viviendo más allá de toda ausencia.


    ETERNO QUEBRANTO

    Las horas se tiñen
    del negro anochecer,
    anocheceres que acunan
    mi recuerdo en tu querer.

    Quereres que abrigan mi memoria,
    quereres que viven junto a mí,
    pegados a mi piel,
    asidos al alma,
    posados sobre una cuna vacía
    de añoranza y despedida.

    Sentires más allá del horizonte,
    más allá del existir.

    Allí donde mora el consuelo
    peregrinan mis anhelos,
    sin caminos ni trazados.

    No hay un adiós posible
    sin tierra sobre ti.

    ¡Ay, tierra!,
    ¿dónde encontrar su cuerpo?,
    ¿dónde rendir los silencios,
    en el campo santo?,
    vacío de flores,
    lleno de quebrantos

    Mis lágrimas recogen la esencia
    de tu presencia eterna en mi piel.

    De balbuceos ahogados,
    de un moisés abandonado,
    de pequeñas sábanas,
    entre recuerdos abrumados
    por el vacío de un ser
    mecido en la soledad
    de un duelo apresado.

    No hay féretro vacío,
    no está tu pequeño cuerpo enterrado,
    la tierra te fue negada.

    Sólo queda el llanto,
    sólo,
    mi eterno quebranto.

    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.

    Crítica literaria.
    Eterno quebranto es un poema elegíaco construido desde la contención emocional.

    Su mayor virtud reside en que no busca describir el dolor de manera grandilocuente; lo deja respirar a través de imágenes claras y profundamente humanas: la cuna vacía, el moisés abandonado, las pequeñas sábanas o la imposibilidad de cubrir un cuerpo con tierra.

    La reiteración de palabras como quereres, sentires, anocheceres y quebrantos genera una musicalidad circular que refuerza la idea de un duelo que vuelve una y otra vez sobre sí mismo, incapaz de encontrar salida. El poema avanza desde el recuerdo amoroso hasta la constatación devastadora de la ausencia física, culminando en unos versos finales de gran fuerza emocional.

    Especialmente conmovedora resulta la estrofa:

    «¿dónde encontrar su cuerpo?,
    ¿dónde rendir los silencios,
    en el campo santo?,
    vacío de flores,
    lleno de quebrantos»

    En ella se concentra el núcleo del poema: la imposibilidad de materializar el duelo cuando la desaparición niega incluso el derecho a la despedida.

    Literariamente, el texto destaca por la honestidad de su voz y por la capacidad de convertir una experiencia concreta en un sentimiento universal.

    El dolor que expresa no pertenece únicamente a una persona; representa a todas aquellas familias que viven con una ausencia que jamás pudo ser enterrada.

    El último verso, «mi eterno quebranto», expresa un cierre breve, sencillo y devastador.

    Es un poema de duelo profundo, pero también de amor persistente, porque la memoria del ser ausente continúa viva en cada verso.

  • Y ATRAPÓ SU SUEÑO

    Y ATRAPÓ SU SUEÑO


    Introducción al poema:

    Este poema es un canto esperanzador al esfuerzo, la constancia y la fe en uno mismo. Desde una voz íntima que impulsa a avanzar, el texto invita a caminar pese al cansancio, a seguir soñando incluso en medio de los fracasos y a no rendirse ante los obstáculos.

    Hay en sus versos una ternura firme, una sabiduría que nace del recorrido vital y del aprendizaje de lo cotidiano.

    Es un poema que no promete grandezas, sino la plenitud que se halla en seguir andando, día tras día, hacia pequeñas metas que construyen una vida.


    Y ATRAPÓ SU SUEÑO

    ¡Camina!
    No dejes nada atrás,
    atraviesa muros,
    sueña para llegar.

    Sube montañas,
    aunque no puedas más.

    Cruza los mares,
    ellos te querrán impulsar
    hasta hacerte llegar
    a esa orilla que sueñas
    poder alcanzar.

    Llegarás desnuda,
    sin harapos ni restos
    de inhumanidad,
    y sabrás que tus sueños
    son alcanzables,
    aunque no sepas nadar,
    aunque el camino se tuerza,
    aunque te duela el fracaso.

    ¡Inténtalo una vez más!

    Nunca se pierde nada
    cuando no dejas de caminar
    hacia pequeñas metas alcanzables,
    que tu mochila llenará
    cada día de tu vida,
    cada mañana al despertar.

    ¿Pretensión de grandes metas?

    Sólo pretensión de caminar,
    mirando para ver un horizonte
    que puedas alcanzar,
    entre la luna del anochecer
    y la luz de la madrugá.


    © María Bueno, 2026– Todos los derechos reservados.


    Crítica literaria.

    “Y atrapó su sueño” combina sinceridad expresiva y hondura emocional con una estructura de tono exhortativo que recuerda a la poesía motivacional, pero con un matiz poético y humano más íntimo.

    La voz poética guía y acompaña, no impone; su “¡Camina!” es una llamada cálida, no una orden.

    La reiteración de verbos de movimiento (“camina”, “sube”, “cruza”, “inténtalo”) imprime ritmo y energía, reforzando el sentido de avance constante.

    El poema encuentra su mayor belleza en la humanidad de su mensaje: no alcanzar la gloria, sino la plenitud del esfuerzo.
    La metáfora del caminar como símbolo de vida es clásica, pero aquí adquiere un tono cercano y sincero.

    La conclusión, con esa imagen del horizonte entre la luna y la madrugá, aporta un cierre lírico y profundamente andaluz, donde la esperanza se confunde con la luz que nace.

    Es un poema luminoso, con cadencia clara y mensaje universal: los sueños se alcanzan andando, aunque duela.
  • PINTAS MIS DÍAS.

    PINTAS MIS DÍAS.

    Introducción:

    Este poema es un homenaje lleno de ternura y gratitud a la abuela, figura central en la vida del yo poético.
    A través de imágenes de cuidado, enseñanza y legado, se dibuja un vínculo que trasciende el tiempo y la muerte física, mostrando cómo la presencia de la abuela sigue influyendo y coloreando la vida de quien la recuerda.
    Es un poema que celebra la memoria, la sabiduría transmitida y la fuerza del afecto intergeneracional.


    PINTAS MIS DÍAS

    Nunca se marchó,
    nunca dejé de oír su voz.

    Atesoro sus consejos
    como guarda la abeja
    a su reina con devoción.

    Cuánto vivir la sostuvo,
    cuánto trenzó vidas,
    cuántos sueños alcanzó,
    dejando su piel por caminos
    quemados al sol.

    Aceptó una vida
    de negruras desmedidas,
    una vida llena
    con otras vidas paridas,
    vidas que hoy recuerdan
    tus abrazos eternos,
    tus cuentos en el anochecer
    de cada uno de sus días,
    seres que hoy mecen
    sus sueños con vaivenes
    de memorias compartidas.

    ¡Ay, abuela mía!
    Qué grandeza en tu alma
    colma de trocitos la mía,
    con alegrías y esperanzas
    que siguen pintando mis días.



    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.


    Crítica literaria:

    “Pintas mis días” destaca por su sensibilidad y profundidad emocional.
    La autora utiliza metáforas naturales como la abeja y la reina para transmitir devoción y cuidado, y recurre a imágenes vívidas —“caminos quemados al sol”— que reflejan las dificultades enfrentadas por la abuela, pero también su resiliencia.

    La estructura de versos libres permite que el poema fluya como un recuerdo vivo, con cadencia íntima y musicalidad interna.
    La alternancia entre la contemplación y la exclamación (“¡Ay, abuela mía!”) potencia la expresividad, generando un tono cálido y cercano. Es un poema de memoria afectiva que logra transmitir el amor, la admiración y el legado emocional de una figura ancestral, y que invita al lector a reconocer la fuerza de quienes nos han formado con cariño y sacrificio.
  • ¡AIRE!

    ¡AIRE!

    
    
    
    
    

    Introducción:

    Hay momentos en que el alma, cargada de pesares, necesita abrirse, dejar entrar la vida como un soplo renovador.

    No basta con respirar: hace falta sentir el aire, dejar que cada brisa abrigue los sentires , lo pesado, lo temeroso.

    Este poema nace de ese impulso de romper con la inercia del cansancio, de detenerse a mirar con otros ojos, de vivir el instante como si fuera un renacer. Es una invitación a abrir ventanas interiores, a reconciliarse con lo propio, a vivir con el alma abierta a la  esperanza.

    ¡AIRE!


    ¡Abrió las puertas,
    las ventanas!
    La brisa bañó su casa
    con olores de esperanzas.

    Desnudó su ser
    sin temer nada,
    sin pensar en imposibles,
    sin sentirse asfixiada.

    ¡No podía más!
    Su alma cansada,
    teñida de negruras,
    marcaba caminos
    entre la luz
    o la locura.

    ¡Debía parar!
    Para no sólo ver,
    para observar,
    para sentir el movimiento
    que ronda alrededor de la vida,
    jugando con lo efímero,
    con lo que sólo dura segundos:
    el vuelo de mariposas,
    una mirada fugaz,
    la caída lenta de una hoja
    al compás de valses sin inventar.

    ¡Le urgía respirar!
    Necesitaba aire limpio,
    el flujo del rocío fresco
    que regara con sus gotas
    su alma escondida detrás.

    ¡No dejaría que se escondiera más!
    Su cara debía ser
    el alma de ese espejo
    al que debía mirar,
    para saberse cierta,
    para marcar su compás.

    Dejó empapar el cristal
    de su amanecer
    con ilusión
    y risa franca.

    Sintió su piel cálida,
    sin temores,
    sin medir cada uno
    de los pasos que daba.

    Hoy vive
    sin perder nada,
    sabiéndose depositaria
    de cada una
    de sus mañanas.

    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.

    Crítica literaria.
    El poema ¡AIRE! es una pieza profundamente liberadora, con un tono de renacer emocional y espiritual. Está construido a partir de una tensión inicial —una necesidad urgente de abrirse, de ventilar lo interno— que evoluciona hacia una afirmación vitalista y serena.

    Los primeros versos, breves y exclamativos, abren físicamente y simbólicamente el espacio: “¡Abrió las puertas, / las ventanas!”.

    Desde ese gesto físico se proyecta una renovación del alma, donde el aire se vuelve metáfora de esperanza, limpieza y autenticidad.

    El ritmo está bien logrado: alterna versos cortos, que marcan el impulso y la urgencia, con otros más largos, que acompañan el proceso reflexivo.

    El poema funciona casi como un pequeño viaje interior: del ahogo y la negrura a la calma y la certeza del vivir consciente.
    El lenguaje es claro, con imágenes sencillas pero evocadoras —el vuelo de mariposas, la caída de una hoja, el rocío fresco— que funcionan como símbolos de lo efímero y, a la vez, de lo hermoso en su fugacidad.

    La estructura narrativa poética avanza con coherencia: necesidad → apertura → contemplación → decisión → renacer.
    Un punto especialmente logrado está en los versos:
    “Su cara debía ser
    el alma de ese espejo
    al que debía mirar,
    para saberse cierta,
    para marcar su compás.”

    Aquí el poema revela el núcleo del mensaje: la autenticidad, la reconciliación con uno mismo, dejar de esconder el ser verdadero.

    En conjunto, ¡AIRE! es un canto íntimo al valor de vivir con la ventana del alma abierta, a dejar atrás los temores, a apropiarse del tiempo con serenidad y alegría. Tiene fuerza emocional, claridad simbólica y un cierre redondo que respira esperanza.

  • RISAS

    RISAS

    Introducción al poema:

    Este poema es un canto a la complicidad emocional que nace de la alegría compartida.
    Las risas, a veces tan olvidadas en los días pesados, emergen aquí como el lenguaje más puro del alma en calma. Llorar de alegría es una forma elevada de vivir, cuando el cuerpo, desde sus entrañas más sinceras, se entrega al temblor de la dicha. En este poema, la risa no es un mero sonido, sino un acto de liberación, una caricia luminosa que se posa sobre el alma cansada.

    RISAS

    Cómplices miradas
    vertiendo palabras,
    palabras vestidas
    de risas, de carcajadas,
    de momentos vividos
    con el alma clara.

    ¡Qué bueno es llorar
    cuando se afloja la carga!

    Llorar de alegrías
    que mecen entrañas,
    esa zona noble
    que habla más que calla,
    con oleadas y temblores
    de tripa ancha.

    Risas, bálsamo para el alma.

    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.


    Crítica:

    RISAS es un poema luminoso que celebra la alegría compartida y la complicidad humana.

    A través de un lenguaje cercano, transmite cómo la risa puede convertirse en una forma de alivio y sanación emocional.
    La autora sitúa el sentimiento en las entrañas, en ese lugar donde las emociones se viven con intensidad y verdad.

    Su brevedad no limita su profundidad; al contrario, concentra en pocos versos una experiencia universal: la de sentir cómo una carcajada sincera afloja las cargas del alma.
    El poema concluye con una imagen sencilla y poderosa que resume su esencia: la risa como bálsamo para el vivir.
    
    
  • FLORES FRESCAS

    FLORES FRESCAS

    Introducción al poema:

    El poema Flores Frescas es una evocación poética que fusiona lo cósmico y lo íntimo para hablar del origen del ser, la pureza del alma, la fuerza de los sentires humanos y el poder de lo invisible.
    A través de una simbología luminosa —la luna llena, los amaneceres y las flores frescas—, la voz poética nos invita a reencontrarnos con nuestra esencia más pura, libre de apariencias y profundamente conectada con las emociones genuinas.
    Este texto es un canto al alma desnuda, a la sensibilidad sin máscaras, al respeto por lo sencillo y lo eterno.

    FLORES FRESCAS

    Cuenta la leyenda
    que nacimos cargados
    de noble inocencia,
    con sueños hechos
    de lunas llenas.

    Lunas cargadas
    de flores frescas,
    con compases de poemas
    hechos de mil sentires
    que nos atraviesan:
    de dolor, alegría, calma,
    de sentir que vives
    sin ser eterna.

    Sentires de una desnudez
    que mima tu alma
    antes de que amanezca.

    Amaneceres
    preñados de aromas
    que rinden honores
    en noches negras.

    Deja mecer tu pura esencia,
    ella te hará reír y llorar,
    sin apariencias
    que aparten de tu camino
    tus flores frescas.

    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.

    Crítica literaria:

    Este poema está construido con un tono reflexivo y espiritual, con imágenes que beben tanto de lo celestial como de lo terrenal.
    La luna llena actúa como símbolo de plenitud y conexión con el misterio ancestral, mientras que las “flores frescas” representan la pureza, los sentimientos genuinos, la esencia no contaminada del ser humano.

    La estructura está marcada por un ritmo pausado y envolvente, con versos que fluyen como un susurro meditativo.
    El uso de la anáfora ("flores frescas", "luna llena") refuerza la musicalidad del poema y crea una cadencia armónica.
    La repetición no es reiterativa, sino que carga de simbolismo cada aparición, convirtiéndolas en pilares del discurso poético.

    Destaca el oxímoron que aparece en “sentir que vives / sin ser eterna”, una idea profundamente humana que evoca la finitud de la vida y la intensidad con la que se puede vivir desde la consciencia de esa fragilidad.

    El poema invita a desprenderse de las apariencias, abrazar los sentimientos auténticos, permitir que el alma se deje mecer y, sobre todo, confiar en que esa inocencia primigenia aún puede florecer dentro de nosotras, como flores frescas que rinden homenaje a la existencia misma.
    
    
  • RAICES DE UNA VIDA

    RAICES DE UNA VIDA

    Introducción y crítica:

    La lectura de Raíces de una vida transmite una profunda necesidad de regresar al origen, no sólo al lugar físico o a la memoria familiar, sino también a aquello que nos sostiene cuando el tiempo y la vida nos van desgastando.

    El relato avanza desde la emoción contenida, sin artificios, apoyándose en imágenes cercanas y humanas que convierten lo cotidiano en un espacio lleno de significado. La narración posee una sensibilidad serena que invita a detenerse y mirar hacia dentro, hacia esas raíces invisibles que sostienen la identidad de cada persona.
    Hay en el texto una mirada profundamente humana sobre la memoria, el paso del tiempo y la herencia emocional que recibimos de quienes estuvieron antes que nosotros.

    El relato no necesita grandes acontecimientos para conmover; precisamente su fuerza nace de lo sencillo, de aquello que muchas veces parece pequeño, pero que sostiene una vida entera.
    Como crítica literaria, el relato destaca especialmente por su capacidad evocadora. El lenguaje es íntimo y emocional, con una voz narrativa que consigue cercanía inmediata con el lector.

    La sensibilidad con la que se construyen las imágenes y los recuerdos dota al texto de autenticidad y verdad emocional.

    No se percibe una escritura impostada, sino la necesidad genuina de contar y preservar sentires.

    Uno de los mayores aciertos del relato es su atmósfera. Existe una continuidad emocional muy bien sostenida entre los recuerdos, las reflexiones y las imágenes simbólicas ligadas a las raíces, tanto en sentido literal como metafórico.

    Esa idea de pertenencia atraviesa todo el texto y deja una huella profunda.
    Además, el relato posee un tono muy coherente con la literatura de memoria emocional y rural contemporánea, donde el paisaje interior tiene tanta importancia como el exterior.

    La escritora logra algo difícil: emocionar desde la calma, sin recurrir al exceso.

    Tal vez uno de los aspectos más valiosos del texto sea que deja espacio al lector para reconocerse en él. Las raíces que aparecen en el relato terminan siendo también las de quien lo lee.

    Relato:

    RAÍCES DE UNA VIDA

    El jabón le cubría las manos hasta hacer desaparecer sus muñecas.

    Ana se frotaba con esmero, una y otra vez, metiendo las uñas en la palma contraria, limpiando cada rincón como si en ello le fuera la vida. Sabía bien que las bacterias invisibles podían arruinar todo lo que tocaran: el fruto de meses de trabajo en su pequeño huerto, la tierra heredada de su abuela, la misma que ella seguía cultivando con respeto casi sagrado.

    Se secó en el delantal y recorrió la cocina con la mirada. El día iba a ser largo. Muy largo.

    Sobre la mesa de madera esperaban las cazuelas de hierro, la masa del pan cubierta con un paño limpio, al calor de un lebrillo de barro; las papas ya peladas y las piezas de carne listas para el horno de leña.

    Mañana sería la festividad que marcaba el final de la recogida de la aceituna, y en el pueblo nadie concebía esa celebración sin la comida compartida.

    No era solo alimentarse: era reunirse, reconocerse, agradecer que otro año más la tierra hubiera respondido.
    Nada debía faltar. Ni la comida, ni la música, ni los bailes de siempre.

    Ana tomó el mortero y echó en él sal, ajos, pimentón y romero fresco. Con brío, machacó con ritmo firme. Cada golpe levantaba un aroma que empezaba a llenar la cocina, mezclándose con el humo suave de la leña.

    Ese olor era su memoria: estaba en su infancia, en las manos de su madre, en las palabras que no hacían falta cuando la vida se explicaba sola alrededor del fuego.
    Sonrió sin darse cuenta.

    Le gustaba pensar que, mientras cocinaba, ya estaba repartiendo felicidad por adelantado.

    Imaginaba a su nieta —todavía pequeña, curiosa, llena de preguntas— sentada algún día a su lado, observando cómo removía el guiso, queriendo saber por qué se añadía el romero al final, cómo se sabía que el pan estaba en su punto. Y ella le contaría todo, con la paciencia heredada de las mujeres de su sangre. Así viajaban las cosas importantes: de mano en mano, de voz en voz.

    Cuando levantó la vista, la luz que entraba por la ventana ya era dorada. Estaba oscureciendo.
    Llevaba todo el día de pie. Le dolía la espalda, le pesaban las piernas, tenía los dedos entumecidos de tanto cortar, amasar, remover y fregar.

    Se acercó al pilón viejo, grande, de piedra gastada por generaciones que habían vertido sobre él sueños, temores, palabras y mil secretos llevados por la corriente del agua.

    Los cacharros, ya limpios, escurrían en silencio, formando filas rodeadas de cucharas, vasos y cazuelas desconchadas.

    Los fue colocando con cuidado: platos, vasos y las copas de postín que solo salían en las fiestas grandes. Mañana brindarían con ellas por los momentos únicos que solo se dan cuando la gente se sienta junta sin prisas, con el corazón abierto, al margen de palabras y pensamientos diversos, con el alma en calma.

    Con un suspiro largo, se desató el lazo del delantal. Estaba húmedo y pesado, cargado de horas, de manchas anunciadas. Lo dejó doblado sobre una silla, como quien deja también el cansancio a un lado sabiendo lo que significaba.
    Pensó entonces que, al final, lo que quedaría del día de mañana no serían las comidas, ni siquiera las fiestas, sino los recuerdos que nacían de ellas, el flujo de la riqueza humana, esa que teje la vida para sostener esperanzas.

    Las risas alrededor de la mesa, los abrazos largos, las historias repetidas año tras año. Esa era la verdadera herencia: costumbres amasadas con esfuerzo, tradiciones sostenidas con cariño, aunque cada uno fuera de su propia casa, de su propia tierra, de convicciones contrarias.

    Benditas diferencias que no impedían el sentir de pertenencia a una tierra que daba frutos bajo las mismas azadas.

    Se acostó en su lecho, sobre el colchón relleno de lana que abrazó suavemente su cuerpo, aligerando el peso que cargaba.

    Antes de cerrar los ojos, dejó que la imaginación la llevara al día siguiente.

    Vio a sus familiares y amigos probando los guisos, mojando pan en la salsa, riendo con la boca llena. Oyó las panderetas y guitarras que empezarían a sonar cuando el vino aflojara las vergüenzas. Y, como tantas otras veces, alguien arrancaría a cantar:

    —De los cuatro muleros
    que van al agua,
    el de la mula torda
    me roba el alma…

    Ana sonrió en la oscuridad. Esa canción la había oído muchas veces. La cantaba su hija mientras los mozos y las muchachas repiqueteaban sobre la mesa con sus nudillos y el compás de alpargatas. Las voces cambiaban, pero el canto seguía vivo, hasta que el cansancio los dejaba rendidos de tanto compás y palmas.

    Pensó entonces que, quizá, su nieta también la cantaría algún día sin saber de dónde venía, pero sintiéndola suya.

    Antes de dormirse del todo, murmuró en voz baja, como un brindis secreto que nadie oiría:
    —¡Por las mujeres que sostuvieron el mundo, por sus compañeros del alma!
    Porque lo sabía bien: ellas —las abuelas, las cocineras, las que cantaban mientras trabajaban— habían sido guardianas de culturas enteras desde la cocina, desde el patio, desde la mesa.

    Gracias a ellas, lo que fueron seguía latiendo en lo que aún eran.
    Ana cerró los ojos.

    En la cocina, las cazuelas de barro reposaban llenas de comida y de memoria. Fuera, la noche cubría el pueblo en silencio. Y en esa casa humilde, como en tantas otras, la tradición seguía viva, respirando bajito, esperando al amanecer para volver a reunir vidas alrededor del calor compartido, sin importar de qué casta fueran sus vecinos, solo por el disfrute de momentos cargados del sentir de un pueblo que solo trataba de celebrar la vida a la sombra de olivos milenarios que seguirían pariendo olivas verdes, de color esperanza.

    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.