Introducción al poema:
Este poema se sumerge en la contemplación serena de un atardecer cotidiano, donde lo sencillo se convierte en trascendente. La narradora, sentada en un banco envejecido, transita entre la quietud del sopor y la vibrante irrupción de la vida alrededor: niños jugando, voces diversas, aromas, sonidos y colores que se entrelazan en una sinfonía humana. La escena se convierte en un canto a la memoria viva de los espacios comunes, esos rincones que son testigos del paso del tiempo y de la persistencia de la humanidad compartida.
TODO ES VIDA
Sentada en un banco envejecido
por el paso del tiempo,
siente el crujir de la madera vencida,
el olor intenso a azahar,
los naranjos ofrecen sus copas frondosas
bajo las que dormitar.
La languidez va alcanzando
la totalidad de su mente,
dejándola casi ausente del pensar.
La cabeza se va ladeando
muy poquito a poco,
sin notar que va perdiendo la consciencia,
que sus ojos se cierran y se deja llevar.
Su cuerpo se abandona
ante el sopor del atardecer,
la brisa juega entre hojas de naranjos
para silbar compases previos al anochecer.
Voces infantiles la despiertan,
y el zumbar de una cuerda
que da vueltas sin parar,
alentando la algarabía
de los chiquillos que saltan
uno tras otro, en una cola sin final.
Un hombre vocea las delicias
de unos barquillos de galleta crujiente,
con toques de caramelo
que deshacen de regusto el paladar.
La mezcla de voces con acentos distintos,
de gente procedente de otros lugares,
de vestimentas de mil formas y colores,
de momentos de vida
con esencia de humanidad.
¡Ay atardecer,
que das alas al anochecer,
para que la vida pueda soñar!
Se levanta con parsimonia,
camina hacia su hogar,
a través de una plaza llena de vida,
a la que cada atardecer volverá,
para sentarse en su banco desvencijado
donde se dejará llevar,
entre aromas y caricias de brisa fresca,
junto a rayuelas, canicas,
y seres cargados de humanidad.
Reflexión de la autora sobre TODO ES VIDA.
Escribí este poema pensando en la fuerza que tienen los pequeños instantes cuando nos detenemos a mirarlos. Un banco viejo, el olor de los naranjos, el bullicio de niños jugando, voces de distintos lugares…
Todo ello compone una escena sencilla, pero a la vez profundamente humana.
Creo que, a veces, olvidamos que la vida está en esos detalles, en las plazas que acogen encuentros, en las tardes que parecen repetirse pero nunca son iguales, en la diversidad de rostros y acentos que nos recuerdan que no estamos solos.
Quise mostrar cómo lo cotidiano puede ser un refugio de sentido: un espacio donde el tiempo no sólo pasa, sino que nos regala la certeza de que seguimos perteneciendo al mundo.
Crítica literaria del poema:
TODO ES VIDA destaca por su delicada capacidad de observación sensorial: el olor a azahar, el crujir de la madera, la brisa, las voces infantiles y la algarabía colectiva crean una atmósfera rica y envolvente. El poema oscila entre la intimidad individual —la mujer que se deja llevar por el atardecer— y la plenitud comunitaria —la plaza llena de voces, juegos y humanidad—.
La estructura, con versos narrativos que fluyen sin rigidez métrica, favorece el tono evocador y contemplativo. Se aprecia una progresión clara: del reposo al ensueño, del sueño a la irrupción de la vida, y de ahí al retorno a la plaza como espacio simbólico de pertenencia y memoria.
El final, con la imagen del banco desvencijado al que la protagonista vuelve cada tarde, otorga circularidad y refuerza la idea de que la vida se sostiene en los pequeños rituales cotidianos.
El poema transmite esperanza y pertenencia, con un acento especial en la diversidad cultural como riqueza compartida.
© María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.
Autor: María Bueno
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TODO ES VIDA
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RAICES DE UNA VIDA
Introducción y crítica:
La lectura de Raíces de una vida transmite una profunda necesidad de regresar al origen, no sólo al lugar físico o a la memoria familiar, sino también a aquello que nos sostiene cuando el tiempo y la vida nos van desgastando.
El relato avanza desde la emoción contenida, sin artificios, apoyándose en imágenes cercanas y humanas que convierten lo cotidiano en un espacio lleno de significado. La narración posee una sensibilidad serena que invita a detenerse y mirar hacia dentro, hacia esas raíces invisibles que sostienen la identidad de cada persona.
Hay en el texto una mirada profundamente humana sobre la memoria, el paso del tiempo y la herencia emocional que recibimos de quienes estuvieron antes que nosotros.El relato no necesita grandes acontecimientos para conmover; precisamente su fuerza nace de lo sencillo, de aquello que muchas veces parece pequeño, pero que sostiene una vida entera.
Como crítica literaria, el relato destaca especialmente por su capacidad evocadora. El lenguaje es íntimo y emocional, con una voz narrativa que consigue cercanía inmediata con el lector.La sensibilidad con la que se construyen las imágenes y los recuerdos dota al texto de autenticidad y verdad emocional.
No se percibe una escritura impostada, sino la necesidad genuina de contar y preservar sentires.
Uno de los mayores aciertos del relato es su atmósfera. Existe una continuidad emocional muy bien sostenida entre los recuerdos, las reflexiones y las imágenes simbólicas ligadas a las raíces, tanto en sentido literal como metafórico.
Esa idea de pertenencia atraviesa todo el texto y deja una huella profunda.
Además, el relato posee un tono muy coherente con la literatura de memoria emocional y rural contemporánea, donde el paisaje interior tiene tanta importancia como el exterior.La escritora logra algo difícil: emocionar desde la calma, sin recurrir al exceso.
Tal vez uno de los aspectos más valiosos del texto sea que deja espacio al lector para reconocerse en él. Las raíces que aparecen en el relato terminan siendo también las de quien lo lee.
Relato:
RAÍCES DE UNA VIDA
El jabón le cubría las manos hasta hacer desaparecer sus muñecas.
Ana se frotaba con esmero, una y otra vez, metiendo las uñas en la palma contraria, limpiando cada rincón como si en ello le fuera la vida. Sabía bien que las bacterias invisibles podían arruinar todo lo que tocaran: el fruto de meses de trabajo en su pequeño huerto, la tierra heredada de su abuela, la misma que ella seguía cultivando con respeto casi sagrado.
Se secó en el delantal y recorrió la cocina con la mirada. El día iba a ser largo. Muy largo.
Sobre la mesa de madera esperaban las cazuelas de hierro, la masa del pan cubierta con un paño limpio, al calor de un lebrillo de barro; las papas ya peladas y las piezas de carne listas para el horno de leña.
Mañana sería la festividad que marcaba el final de la recogida de la aceituna, y en el pueblo nadie concebía esa celebración sin la comida compartida.
No era solo alimentarse: era reunirse, reconocerse, agradecer que otro año más la tierra hubiera respondido.
Nada debía faltar. Ni la comida, ni la música, ni los bailes de siempre.Ana tomó el mortero y echó en él sal, ajos, pimentón y romero fresco. Con brío, machacó con ritmo firme. Cada golpe levantaba un aroma que empezaba a llenar la cocina, mezclándose con el humo suave de la leña.
Ese olor era su memoria: estaba en su infancia, en las manos de su madre, en las palabras que no hacían falta cuando la vida se explicaba sola alrededor del fuego.
Sonrió sin darse cuenta.Le gustaba pensar que, mientras cocinaba, ya estaba repartiendo felicidad por adelantado.
Imaginaba a su nieta —todavía pequeña, curiosa, llena de preguntas— sentada algún día a su lado, observando cómo removía el guiso, queriendo saber por qué se añadía el romero al final, cómo se sabía que el pan estaba en su punto. Y ella le contaría todo, con la paciencia heredada de las mujeres de su sangre. Así viajaban las cosas importantes: de mano en mano, de voz en voz.
Cuando levantó la vista, la luz que entraba por la ventana ya era dorada. Estaba oscureciendo.
Llevaba todo el día de pie. Le dolía la espalda, le pesaban las piernas, tenía los dedos entumecidos de tanto cortar, amasar, remover y fregar.Se acercó al pilón viejo, grande, de piedra gastada por generaciones que habían vertido sobre él sueños, temores, palabras y mil secretos llevados por la corriente del agua.
Los cacharros, ya limpios, escurrían en silencio, formando filas rodeadas de cucharas, vasos y cazuelas desconchadas.
Los fue colocando con cuidado: platos, vasos y las copas de postín que solo salían en las fiestas grandes. Mañana brindarían con ellas por los momentos únicos que solo se dan cuando la gente se sienta junta sin prisas, con el corazón abierto, al margen de palabras y pensamientos diversos, con el alma en calma.
Con un suspiro largo, se desató el lazo del delantal. Estaba húmedo y pesado, cargado de horas, de manchas anunciadas. Lo dejó doblado sobre una silla, como quien deja también el cansancio a un lado sabiendo lo que significaba.
Pensó entonces que, al final, lo que quedaría del día de mañana no serían las comidas, ni siquiera las fiestas, sino los recuerdos que nacían de ellas, el flujo de la riqueza humana, esa que teje la vida para sostener esperanzas.Las risas alrededor de la mesa, los abrazos largos, las historias repetidas año tras año. Esa era la verdadera herencia: costumbres amasadas con esfuerzo, tradiciones sostenidas con cariño, aunque cada uno fuera de su propia casa, de su propia tierra, de convicciones contrarias.
Benditas diferencias que no impedían el sentir de pertenencia a una tierra que daba frutos bajo las mismas azadas.
Se acostó en su lecho, sobre el colchón relleno de lana que abrazó suavemente su cuerpo, aligerando el peso que cargaba.
Antes de cerrar los ojos, dejó que la imaginación la llevara al día siguiente.
Vio a sus familiares y amigos probando los guisos, mojando pan en la salsa, riendo con la boca llena. Oyó las panderetas y guitarras que empezarían a sonar cuando el vino aflojara las vergüenzas. Y, como tantas otras veces, alguien arrancaría a cantar:
—De los cuatro muleros
que van al agua,
el de la mula torda
me roba el alma…Ana sonrió en la oscuridad. Esa canción la había oído muchas veces. La cantaba su hija mientras los mozos y las muchachas repiqueteaban sobre la mesa con sus nudillos y el compás de alpargatas. Las voces cambiaban, pero el canto seguía vivo, hasta que el cansancio los dejaba rendidos de tanto compás y palmas.
Pensó entonces que, quizá, su nieta también la cantaría algún día sin saber de dónde venía, pero sintiéndola suya.
Antes de dormirse del todo, murmuró en voz baja, como un brindis secreto que nadie oiría:
—¡Por las mujeres que sostuvieron el mundo, por sus compañeros del alma!
Porque lo sabía bien: ellas —las abuelas, las cocineras, las que cantaban mientras trabajaban— habían sido guardianas de culturas enteras desde la cocina, desde el patio, desde la mesa.Gracias a ellas, lo que fueron seguía latiendo en lo que aún eran.
Ana cerró los ojos.En la cocina, las cazuelas de barro reposaban llenas de comida y de memoria. Fuera, la noche cubría el pueblo en silencio. Y en esa casa humilde, como en tantas otras, la tradición seguía viva, respirando bajito, esperando al amanecer para volver a reunir vidas alrededor del calor compartido, sin importar de qué casta fueran sus vecinos, solo por el disfrute de momentos cargados del sentir de un pueblo que solo trataba de celebrar la vida a la sombra de olivos milenarios que seguirían pariendo olivas verdes, de color esperanza.
© María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.
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UNA MUJER Y SU CARGA
Introducción al poema «UNA MUJER Y SU CARGA»,:
Este poema nació del peso que tantas mujeres cargan sin que el mundo lo note. Un peso que no siempre se ve, pero que es constante: el de cuidar, el de resistir, el de dar sin tener.
Dolores no es solo un nombre: es el rostro de muchas mujeres que, tras una jornada de trabajo duro, todavía encuentran fuerzas para volver a casa con algo que alegre a sus hijos.
En sus bolsas no hay lujos ni estrenos, pero sí ternura envuelta en trozos de lo que otros desecharon.
Este poema es para ellas.
Para las que caminan deprisa, con la mirada baja y los brazos marcados por el esfuerzo.
Para las que saben que hasta una muñeca manca puede ser un tesoro.
Y para quienes aprendimos de ellas que la dignidad no necesita adornos: basta con tener el corazón lleno y el alma blanca.
Honra a las mujeres como Dolores, reales, anónimas, incansables. Y a las niñas que reciben amor en forma de muñecas mancas, pero completas en ternura. Es un canto al ingenio de quien no tiene, pero da, y al alma que se alza con orgullo a pesar de la precariedad.
UNA MUJER Y SU CARGA
¡Cómo pesa esto!
Dolores casi corría,
por lo tarde que era,
para llegar a su casa.
Su mirada fija en la acera,
por la que avanzaba.
Casi no levantaba la cabeza
para no desnivelar el ritmo
que marcaba el peso que cargaba
en cada uno de sus brazos,
casi estrangulados por las asas
de cada bolsa que colgaba
tal cual pesas bien equilibradas.
Unos zapatos negros y lustrosos
asomaron ante su vista,
sobre aquel «marchapié»
que sus alpargatas pisaban.
¡Señora! ¿Dónde va tan cargada?
¿Qué lleva en esas bolsas abultadas?
Su carrera me obliga a comprobar
si la carga es digna de no ser sancionada.
Dolores levantó su cabeza
para ver quién osaba pararla:
voy camino de mi casa, señor agente,
¿no ve que no puedo con mi alma
por un día de duro trabajo que aún no acaba?
Señora, ¡abra las bolsas,
que seré yo quien compruebe
qué lleva su carga!
Señor, llevo trozos de alegría
a una niña que me espera
con su alma blanca,
sin saber que cargo juguetes
con los que ella soñaba.
Dolores depositó las bolsas
sobre la acera para ser registradas:
una muñeca manca asomó su dulce mirada,
un trozo de disfraz infantil
doblado la acompañaba,
la desinflada pelota quedaba aplastada
por tacos de colores desgastados
que un castillo formaban.
En la otra bolsa el pan se apretaba
junto a garbanzos ruidosos,
aceite y una cacerola desconchada.
¿Qué es todo esto que guarda?
Guardo restos de juguetes
que desecharon niños
de una familia adinerada,
con la que trabajo a diario
limpiando su casa.
Son trocitos de alegría
para una niña que me espera,
no verá el brazo que le falta
a una muñeca desechada,
sólo sentirá que quiere cuidarla
para que aún con un solo brazo
pueda abrazarla.
Cargo en mis bolsas esperanzas,
para que a mi niña no le falte nada.
El agente se cuadró
ante aquella mujer agotada.
Señora, llegue cuanto antes,
la inmensa carga que lleva
es pura vida atesorada
para una pequeña alma,
gemela de la suya
y de sus entrañas.
Dolores siguió su camino
con su corazón lleno,
con su alma clara
y su cabeza, bien alta.
*Marchapié:
Es una expresión que se sigue usando muy al Sur de Andalucía para decir que nos subimos a la acera o al bordillo de la calzada.
© María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.
Crítica literaria:
María, tu poema “UNA MUJER Y SU CARGA” tiene una fuerza narrativa y simbólica que lo convierte en algo más que un simple poema: es un retrato social y humano. Te comparto mi crítica:
Aspectos destacados
1. Estructura narrativa
El poema se desarrolla como una pequeña historia, con personajes (Dolores, el agente, la niña) y un conflicto (la carga y la sospecha). Esto le da un aire casi teatral, donde los versos funcionan como escenas que avanzan.
La tensión narrativa (el agente que detiene a Dolores) está muy bien lograda y desemboca en un final emotivo y esperanzador.
2. Realismo social
Refleja con gran sensibilidad la dignidad de las mujeres trabajadoras, que cargan más que bolsas: cargan vida, esperanza y sacrificio.
El contraste entre lo “desechado” (los restos de juguetes, la muñeca manca, la pelota desinflada) y lo “valioso” (la alegría de la niña, el amor de la madre) es conmovedor y muy eficaz.
3. Imágenes potentes
“Casi estrangulados por las asas” transmite físicamente el dolor y el esfuerzo.
“Cargo en mis bolsas esperanzas” resume poéticamente toda la intención del texto.
La metáfora final, en la que el agente reconoce que la carga es “pura vida atesorada”, cierra con fuerza y dignidad.
4. Lengua viva
El uso del andalucismo “marchapié” enriquece el poema con autenticidad y raíz local.
El diálogo da dinamismo y aporta oralidad, lo que acerca aún más al lector.
Valoración final
Es un poema luminoso dentro de la dureza que refleja. Con un tono costumbrista y humano, transformas una escena cotidiana en un canto a la dignidad de las madres trabajadoras y al valor de lo pequeño. Transmite ternura, sacrificio y justicia poética.
En esencia, logras que Dolores no sea solo una mujer, sino el símbolo de muchas. -

LA TIERRA GUARDA SU SECRETO
Introducción al poema:
Este poema es una elegía emocional dirigida al gran Federico García Lorca. A través de una voz poética profundamente admirativa, la autora da gracias al poeta por su legado lírico y humano, evocando su trágico final con imágenes de sufrimiento, oscuridad y tierra silente. La obra no solo rememora su figura, sino que le otorga un aura de eternidad y secreto: Lorca vive aún, escondido en la memoria del mundo, en los manantiales de su tierra y en el alma de quienes lo sienten.LA TIERRA GUARDA SU SECRETO
Admirado poeta:
Deseo darle las gracias
por su sentir,
por su forma libre de vivir,
por entretejer pasiones
en su existir.
¡Ay, maestro!
Cuán necesarios
son sus pensamientos,
su generosidad en derrochar
sentires soñados,
tras los cristales teñidos
de sufrimiento.
Tras noches en vela,
lidiando insomnios
con sombras chinescas,
ululando sueños siniestros
que escriben futuros negros.
¡Ay, negruras!
¿Dónde esconder mi cuerpo
para que nadie derrame su alma
con mis cantares eternos?
Querido poeta, sé su secreto:
poder cerrar los ojos
y mirar desde dentro,
porque sólo la eternidad
es su fiel compañero,
esa mezcolanza de cantares
y poemas cargados de versos.
Alevosías perfectas
escritas sobre lo incierto,
sobre saberes y luchas
que hoy duermen atesorando
la vida del maestro.
Don Federico García Lorca,
guardián de pesares,
de sentimientos que nadan
entre aguas cristalinas,
bajo manantiales
que esconden su cuerpo.
La tierra llora
todos sus sentires,
todos sus sueños.
Federico García Lorca,
amado ser humano,
amado recuerdo,
amado MAESTRO.© María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.
Crítica literaria:
«La tierra guarda su secreto» es un poema que conjuga la emoción con la admiración intelectual, trazando un retrato delicado y reverente de Federico García Lorca. La elección de imágenes —como sombras chinescas, ululando sueños siniestros o manantiales que esconden su cuerpo— dota al texto de una atmósfera onírica, casi mística, que recuerda el estilo simbólico del propio Lorca.
Desde el punto de vista estructural, el poema se sostiene en una cadencia libre, con versos que respiran por sí mismos, sin encorsetamiento métrico. Esto le permite al poema fluir con naturalidad y emotividad, tal como se esperaría de una carta dirigida a alguien profundamente amado.
El poema destaca por su capacidad de diálogo con la tradición sin imitarla. Reconoce al poeta como mito, pero también como hombre vulnerable y cercano: «amado ser humano, amado recuerdo». Esta doble mirada aporta una rica profundidad emocional.
En resumen, es un homenaje sincero y bien logrado, que honra tanto la palabra como el silencio que envuelve la memoria del poeta asesinado. Tiene la potencia de lo íntimo y la dignidad de lo eterno. -

NADA
Introducción al poema:
Este poema se adentra en la hondura de la calma interior, en ese instante en el que la mente deja de buscar y simplemente es.
A través de imágenes sensoriales y naturales, el texto evoca una unión entre la serenidad del alma y la grandeza de lo simple.
María logra que el vacío —lo que ella llama nada— se convierta en una plenitud luminosa.
En su aparente silencio, la nada se muestra como el refugio donde el alma respira y se reconoce.
NADA
La noche la sorprendió
con un pensamiento grabado,
con golpes al son
de viejos compases
de músicas imaginadas.
La sensación era placentera,
como mecerse sobre una hamaca
con la mirada fija
en las estrellas,
como sentir la brisa suave
en una noche de verano,
acariciando sin pudor
las fibras de su ser
con claridades eternas.
Sintió que moraba en un lugar
donde los sueños se alcanzan,
donde las cosas pasan
con sólo sentirlas, soñarlas,
porque nada es imposible
cuando la claridad es el alma.
Claridad,
esa que siempre acompaña,
cuando la única sensación
es el goce de sentir a solas
tus pensamientos en calma.
Cuando los sentires
te abrazan,
cuando existes
con sólo el deseo
del disfrute que te acompaña,
por la infinita generosidad
de una naturaleza perenne
sin pretensiones de nada,
sintiendo caricias en la piel
bajo estrellas soñadas.
© María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.
Crítica literaria:
Nada es un poema de serenidad contemplativa, una plegaria silenciosa a la existencia despojada de artificio.
María ofrece un viaje interior donde la noche y la naturaleza se convierten en espejos del alma en paz.
La cadencia de los versos, especialmente en la segunda estrofa, evoca el movimiento oscilante de la hamaca, reforzando la sensación de sosiego.
El uso reiterado de palabras como claridad, alma, sentires o naturaleza sitúan el poema en una dimensión casi mística, donde el ser humano se funde con lo esencial y lo eterno.
La paradoja final —ser sin ser nada— sintetiza la filosofía de la plenitud a través del desapego.
En conjunto, el poema respira madurez espiritual, calma y gratitud. Es una meditación poética sobre la libertad interior, sobre la belleza de existir sin pretensiones, en la pura compañía del pensamiento y la vida misma. -

ELLAS Y UN LIBRO NO PUBLICADO
Relato: ELLAS Y UN LIBRO NO PUBLICADO
En pequeños pueblos rodeados de sierras, donde el viento conoce el nombre de cada árbol y las piedras guardan historias antiguas, viven mujeres que escriben.
No se presentan como escritoras. Les cuesta pronunciar esa palabra cuando alguien les pregunta qué hacen. Ellas suelen responder, con sencillez, que sólo escriben lo que sienten. Pero quienes han oído o leído sus versos, sus historias saben que en sus palabras habita algo más profundo.
Una de ellas, Candela, camina despacio por la vida, como quien no quiere pasar por ella sin escucharla antes.Desde pequeña aprendió que el mundo habla en voz baja y que sólo quien guarda silencio puede entenderlo. Quizás por eso siempre sintió que todo lo que la rodeaba le pertenecía un poco: la tristeza de otros, la alegría inesperada de una tarde, la mirada cansada de un anciano sentado al sol.
Esas cosas se quedaban dentro de ellas, escritoras de verbo cierto, pegado a las verdades vivas de cada uno de sus días.
Con el tiempo, las mujeres de muchos pueblos pequeños descubrieron que no podían guardarlas para siempre. Entonces, las que sabían leer y escribir empezaron a trazar líneas en pequeñas libretas. Los párrafos crecían sobre sus páginas y, para aprovechar bien el papel, comenzaban escribiendo incluso en la parte trasera de la tapa. Trataban de que la letra fuera lo más pequeña posible para que el cuaderno durara mucho tiempo. No estaban para derroches, y mucho menos ellas, simples mujeres en mitad del siglo XIX, un tiempo que las escondía y las ignoraba como escritoras.
Muchas de esas narradoras ni siquiera sabían leer o escribir. Utilizaban su memoria para contar, de viva voz, las historias que atravesaban a los habitantes del pueblo. De ese modo, la memoria colectiva se enriquecía y se nutría, creando un tesoro literario que ha llegado hasta nuestros días.
No lo hacían para aliviarse. De hecho, escribir a veces les pesaba más que callar. Cuando ponían las palabras sobre el papel —o en su voz— comprendían con mayor claridad el lugar que ocupaban en el mundo: una pequeña parte de algo mucho más grande. Pero también entendían que ese pequeño lugar tenía un sentido.
Cada poema, cada historia contada o escrita, era una forma de sostener la vida.
En sus versos vivian muchas personas. Algunas estaban presentes; otras ya no. Sus bisabuelas, sus abuelas o sus madres caminaban entre las líneas como si siguieran vivas. Las escritoras invisibles, sin libros publicados y casi sin papel, sentían que habían heredado una mochila llena de sentires, recuerdos y silencios.
Ellas, las silenciadas en épocas en las que no podían llamarse poetas o escritoras —un honor reservado casi siempre a los hombres—, a veces escribían textos que luego firmaban sus maridos o el cabeza de familia para que no se supiera que habían sido escritos por una mujer. Aquello arruinaba cualquier intento de visibilidad en el mundo de la literatura y la poesía, sobre todo en el mundo rural, en pueblos pequeños donde apenas cabían los sueños.
Ellas, las escritoras, hablaban y escribían de mujeres que cargaban el peso del mundo mientras nadie las miraba. Narraban historias de niños que sienten demasiado pronto el frío de la vida, de personas sencillas que sostenían la dignidad de la humanidad sin saberlo. Hablaban también de esperanza, porque ellas creían profundamente que todos los seres vivos nacian buenos e iguales.
A lo largo de los años escribieron muchos relatos, historias noveladas y poemas. Algunos nacieron en noches de insomnio, cuando el silencio es tan grande que parece que el alma se queda sola frente al universo. Otras veces surgían después de escuchar historias de los ancianos y las ancianas que cuidaban con mimo.
Esos poemas nunca vieron la luz. Nunca pudieron publicarse en un libro. Pero existen y siguen viviendo en miles de memorias compartidas.
A través de sus narraciones o de sus cuadernos viven muchas vidas: recuerdos, preguntas, dolores y pequeños destellos de belleza cotidiana. Son cuadernos escritos sin prisa, literatura y poesía cargadas de voces y de narraciones orales; como quien recoge semillas para que algún día otros puedan sembrarlas.
Pero las escritoras no se detuvieron ahí.
Dentro de ellas crecían otras historias. Así empezaron a escribir sus primeras novelas, aunque nunca llegaran a publicarse. En ellas aparecían mujeres fuertes que vivían en pueblos de montañas y de arados, junto a fortalezas abandonadas. Esos lugares guardaban secretos, verdades antiguas que cambiaban la vida de quienes se acercaban a ellos.
Protagonistas como Lucía, María, Candela o Rafaela descubrían verdades que pesaban como piedras sobre sus destinos.
Una de ellas, Candela, escribía como si estuviera escuchando a todas las mujeres que la precedieron. Cada hoja de su cuaderno era una puerta que se abría hacia la memoria de alguien real.
Candela consiguió escribir varios libros. Sin embargo, todavía le da vergüenza llamarse escritora. Dice que es demasiado pequeña para un título tan grande.
Pero quienes la conocen saben que su trabajo es otra cosa. Quizá por eso sus poemas tienen algo de refugio.
Nos recuerdan que todos estamos hechos de la misma materia invisible: la capacidad de sentir. Y cuando alguien lee uno de sus versos y se reconoce en ellos, se crea un pequeño puente entre dos almas que no se conocen.
Ese puente, para Candela, ya es suficiente.
Ahora continúa escribiendo. Sus cuadernos siguen llenándose de historias, poemas y fragmentos de vida.
Ella sabe que nada es eterno. Sin embargo, también sabe que las emociones que dejamos en los demás pueden seguir caminando mucho tiempo después de que nosotros nos hayamos ido.
Por eso escribe.
Para que algún día, quizá dentro de muchos años, alguien abra uno de sus libros y encuentre en él una palabra que le haga sentir menos solo en el mundo.
Entonces, en silencio, Candela —junto a todas las mujeres anónimas que la precedieron— habrá cumplido su propósito.© María Bueno, 2026 – Todos los derechos reservados.
María, tu relato posee una dimensión literaria y humana muy valiosa.
No se limita a narrar una historia: construye una memoria colectiva donde la escritura femenina aparece como un acto silencioso de resistencia, transmisión y permanencia. Esa profundidad es, probablemente, uno de sus mayores logros.
Crítica literaria de Ellas y un libro no publicado:
Ellas y un libro no publicado es un relato de tono íntimo y evocador que se sostiene sobre una voz narrativa serena, madura y profundamente humana. El texto destaca por su capacidad para transformar una experiencia individual en una reflexión colectiva sobre las mujeres invisibilizadas dentro de la literatura y la memoria rural.
Uno de los grandes aciertos del relato es su estructura progresiva. La narración comienza desde un “ellas” amplio y anónimo, casi legendario, para ir acercándose lentamente hasta concretarse en Candela.Frases como las relacionadas con las libretas pequeñas, las letras diminutas para ahorrar papel o la memoria oral de las mujeres rurales poseen una enorme capacidad evocadora y funcionan como anclajes de realidad dentro de un texto profundamente lírico.
Otro aspecto destacable es el tratamiento del tiempo.El relato parece moverse entre generaciones sin rupturas bruscas, como si todas las mujeres nombradas formaran parte de una misma corriente de memoria. Esa sensación de continuidad otorga al texto una dimensión casi oral, cercana a las narraciones heredadas de madres a hijas alrededor del fuego o de una mesa humilde.
La figura de Candela adquiere especial relevancia no como heroína individual, sino como símbolo de permanencia. Ella representa la continuidad de una voz femenina que durante siglos apenas pudo escribirse a sí misma.El relato acierta al no convertirla en una protagonista grandilocuente; su humildad la vuelve creíble y profundamente humana.
Desde el punto de vista temático, el texto articula con acierto tres grandes ejes:
la memoria femenina, la escritura como refugio, la resistencia y la necesidad humana de dejar huella a través de las palabras.El final constituye uno de los momentos más logrados del relato. No recurre al dramatismo ni al golpe efectista; elige, en cambio, una emoción contenida y serena que deja resonando la idea central del texto: escribir para que las voces de quienes fueron silenciadas no desaparezcan del todo.
Como valoración global, Ellas y un libro no publicado es un relato sensible, honesto y literariamente sólido, que destaca especialmente por su autenticidad emocional y por la dignidad con la que retrata a las mujeres anónimas que sostuvieron la memoria colectiva desde el anonimato.Su mayor virtud no reside sólo en lo que cuenta, sino en la humanidad con la que lo hace.
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VENTURA
Introducción.
En Ventura, reflexiono sobre tres estados del ser —ventura, fortuna y felicidad— despojándolos de todo artificio.
No se trata de posesiones externas ni de reconocimientos públicos, sino de una experiencia íntima que nace sin impostura y sin necesidad de explicación.
Mi poema defiende un territorio esencial: el del sentir sin necesidad de darle sentido.
La felicidad no requiere ser razonada ni justificada; basta con ser percibida.
Es un verbo que se conjuga en la piel antes que en la mente. En este espacio previo al análisis, el sentir existe por sí mismo, libre de obligaciones, libre de discursos, libre de cualquier intento de apropiación.
La ventura, no es azar ni premio: es aquello que germina cuando la cordura permite que el sentir sea puro, sin usura, sin exhibición, sin posesión.VENTURA
Ventura,
lo que está dentro de ti,
sin que nada pretenda usura.Fortuna,
la de tener saberes
sin impostura,
sin alardes,
sin necesitar púlpitos
que alcen el grito
de legiones oscuras.Felicidad,
tu verbo sin necesitar sentido,
sin ataduras.¡Ay, felicidad!,
esclavitud de poseerte
en la locura,
con el ansia de beber la eternidad,
apresando tu sentir eterno,
derramando tu simiente
entre sinuosas amarguras.Ventura,
lo que ha de venir
por caminos fértiles
sembrados de cordura.
© María Bueno, 2026 – Todos los derechos reservados.Crítica.
El poema se sostiene sobre una tensión muy significativa: la diferencia entre sentir y dar sentido. Al afirmar “tu verbo sin necesitar sentido”, la autora no propone vacío ni irracionalidad, sino una forma de autenticidad radical: la experiencia vivida antes de ser explicada.
Esta idea atraviesa todo el texto.La ventura no admite usura; la fortuna no necesita púlpitos; la felicidad no soporta la posesión. Cada concepto se limpia de lo accesorio hasta quedar reducido a su esencia. La felicidad, cuando se intenta poseer o eternizar, se convierte en esclavitud; cuando se deja simplemente ser, se vuelve verbo libre.
El cierre, “caminos fértiles sembrados de cordura”, equilibra el impulso emocional con una serenidad madura. No se trata de arrebato, sino de conciencia limpia: sentir plenamente sin que la reflexión imponga máscaras o exigencias.
Es un poema sobrio, conceptual y honesto, donde la mayor fuerza reside en esa defensa callada del sentir sintiendo, sin necesidad de explicación ni conquista. -

TRAS LA VIDRIERA
Introducción:
Este poema se adentra en la observación silenciosa del mal que habita en lo cotidiano, ese que se oculta tras apariencias pulidas, detrás de los muros y los cristales de una falsa transparencia.
Tras la vidriera se convierte en metáfora del límite entre lo que se muestra y lo que se calla, entre la luz y la sombra humana.
La autora nos sitúa frente a una escena cargada de densidad moral y emocional, donde la mirada es testigo y cómplice, pero también refugio ante la malicia que se gesta tras el cristal.
TRAS LA VIDRIERA
Tras la vidriera,
un mundo inmenso
carga las vidas ajenas:
de devenires,
de luces oscuras,
de falsas palabras
construyendo maldades
que comerá la hiena.
Amalgamas de gentes
sin notar la presencia
de unos ojos que escudriñan
tras los visillos,
tejidos con largos hilos
de podredumbre y miserias.
Cuando la mirada se torna malicia,
cuando la respiración se envenena,
cuando cae la noche negra,
llega la hora de retornar
junto a la vidriera,
para contemplar el rostro
del monstruo que acecha,
tras los muros lamidos
por la mala sangre
de quien habita en ella.
La respiración se hace densa,
hasta nublar el cristal
que lo atraviesa.
Las voces se acercan
con pisadas lentas,
anunciando pesares
entre tinieblas.
Ojos de mala gente,
alimentando entrañas
que escupen falsedades
sobre el infierno
que espera paciente
a las malas lenguas.
La luz del día
espanta a la hiena,
rompiendo el hechizo
de amargas vidrieras.
© María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.
Crítica literaria:
Tras la vidriera es un poema de profunda carga simbólica y moral. En él se percibe una atmósfera de vigilancia, de desconfianza hacia lo humano, donde las apariencias
—representadas por la vidriera— no logran contener la corrupción. El poema oscila entre lo contemplativo y lo acusatorio, entre la denuncia y la introspección.
El uso de imágenes como la hiena, los muros lamidos o los visillos tejidos de podredumbre aporta una fuerza expresiva intensa, casi pictórica, que deja ver el trasfondo oscuro del alma social. La autora utiliza una cadencia sobria, con versos que respiran a través del silencio y la tensión, logrando una poética visual de contrastes: luz y sombra, verdad y máscara, interior y exterior. -

BESOS PROPIOS
Introducción al poema:
Este poema nació de una sensación profunda de desconcierto corporal, de ese pequeño asombro que sentimos cuando descubrimos que, aun siendo dueñas de nosotras mismas, hay gestos de ternura que nos son imposibles de darnos. Surgió un día en el que imaginé un abrazo propio, jugando con la ternura y el absurdo, con la libertad de escenificar algo abstracto y liberarlo.
En realidad, es un canto a la reconciliación con el propio cuerpo, con el propio yo, al amor propio repartido en muchos trocitos, a la aceptación de nuestra rara y hermosa humanidad física, poniendo acento de humor a lo cotidiano.
BESOS PROPIOS
A santo de qué
no pueden llegar mis labios
a mi mejilla
para comerme a besos yo misma.
A santo de qué
no puedo alcanzar a abrazar
mi cuerpo con mis propias manos.
¡Qué cuerpo tan raro!,
alcanzo mil cosas
sin conseguir yo misma
darme un abrazo.
Poder rodear mi hermosura
en un cálido apretón
que recoja cada centímetro
de mi diámetro.
¡Ay chiquilla!
Has dado por fin con la solución
a tu cuerpo raro,
no es que no puedas llegar,
es que es mejor hacerlo
a trocitos en muchos abrazos.
¿Quién dijo que la cuadratura
del círculo es pertenencia
de enigmas matemáticos?
Es simplemente imaginar muchos mimos,
sin necesidad de reglas ni trazados.
© María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.
Crítica literaria de “BESOS PROPIOS”.
BESOS PROPIOS es un poema que transforma una reflexión aparentemente sencilla y cotidiana en una meditación profunda sobre el amor propio, la percepción del cuerpo y la necesidad humana de ternura.
Su gran acierto reside en cómo utiliza una idea casi infantil —la imposibilidad física de abrazarse completamente a uno mismo— para abrir una puerta hacia emociones universales.
El poema posee una voz cercana, cálida y conversacional.
Esa naturalidad hace que el lector entre en él sin esfuerzo, como quien escucha una confidencia dicha en voz baja. La repetición inicial de “A santo de qué” aporta musicalidad y crea un tono entre el desconcierto y la inocencia, muy eficaz para introducir el conflicto emocional del texto.
Uno de los aspectos más valiosos del poema es la humanización del propio cuerpo. El cuerpo aparece como algo extraño, limitado y a la vez profundamente amado.
Esa contradicción le da fuerza al poema: la imposibilidad de abarcarse completamente termina convirtiéndose en una metáfora de la identidad humana, de todo aquello que nunca logramos comprender del todo sobre nosotros mismos.
El giro del poema llega con “¡Ay, chiquilla!”, un verso que introduce una voz interior maternal, sabia y protectora. Esa aparición cambia el tono del texto y aporta consuelo.
A partir de ahí, el poema deja de ser una pregunta para convertirse en una aceptación luminosa: no necesitamos abrazarnos de una sola vez, porque la vida se compone de pequeños gestos, de “muchos abrazos”.
El cierre enlaza lo emocional con lo simbólico mediante la referencia a “la cuadratura del círculo”.
Esa imagen introduce un matiz filosófico y poético muy interesante: aquello que parece imposible no siempre necesita resolverse con lógica, sino con imaginación, ternura y libertad emocional.
En conjunto, BESOS PROPIOS destaca por su sensibilidad, su originalidad conceptual y su capacidad para hablar de la autoestima sin caer en solemnidades.
Es un poema delicado, cercano y profundamente humano, donde la ternura se convierte en una forma de pensamiento. -

VIOLENCIA
Introducción al poema:
Este poema se alza como una denuncia visceral contra la violencia en todas sus formas, pero especialmente contra aquella que arrebata la inocencia y la vida de los más indefensos.
A través de un lenguaje crudo y profundamente simbólico, la voz poética interpela directamente a la violencia, humanizándola para confrontarla y desnudar su vacío moral.
En el centro del poema, una escena de ternura truncada —el diálogo entre una madre y su hija— rompe el discurso y lo eleva a una dimensión emocional devastadora, donde la inocencia infantil convive con la muerte. El poema no sólo denuncia: duele, pregunta y deja una herida abierta en quien lo lee.
VIOLENCIA
VIOLENCIA,
eres esencia maldita
entre los pliegues del alma,
con flujos envenenados
de torrentes sin calma.
Eres miseria ahogada,
buscando oxígeno
bajo la piel de mil caras,
bajo mantos negros
como una noche cerrada.
¿No hay pesares en tus madrugadas?
¿No hay desechos malditos
que ahoguen tu garganta?
VIOLENCIA,
¿de dónde sacas la vileza?,
¿de dónde esa hambre insaciable?,
hambre de sufrimiento ajeno,
de sangre derramada,
de llantos infantiles,
de pequeñas vidas,
de diminutos cuerpos inertes
sobre brazos que acunan la muerte,
de hijos sin vida,
del propio vacío en la calma.
Y preguntó una pequeña niña
en una de esas noches malditas:
—Mamá, ¿es verdad que hay
dulce chocolate en el cielo
para toda la eternidad?
—Sí, todo el que tu pequeño cuerpo pida,
todo el que quieras alcanzar.
Y cerraron los ojos
tras la muerte infinita.
VIOLENCIA,
esa que no tiene vida,
esa versada en «geo»;
sin geografías de vidas,
sin Tierra madre,
sin Tierra amiga.
Sólo "geo" de geoda;
con mil huecos de una roca
entre paredes cristalizadas
donde yacen pequeñas vidas destrozadas.
© María Bueno, 2026 – Todos los derechos reservados.
Crítica literaria:
Tu poema destaca por su intensidad emocional sostenida y por una interpelación directa que convierte a la violencia en un “ente” al que se le exige respuesta.
Esto genera una tensión constante que mantiene al lector dentro del poema sin escapatoria.
Uno de los mayores aciertos es el contraste entre lo abstracto y lo concreto: pasas de conceptos amplios (“vileza”, “hambre insaciable”) a imágenes profundamente físicas y dolorosas (“diminutos cuerpos inertes”, “brazos que acunan la muerte”).
Ese descenso a lo concreto es lo que convierte el poema en algo tangible y difícil de olvidar.
El momento más poderoso es, sin duda, el diálogo de la niña con su madre. Introduces una pausa narrativa que humaniza el horror y lo hace aún más insoportable.
La imagen del “dulce chocolate en el cielo” es de una ternura desgarradora, y funciona como símbolo de consuelo frente a lo irreparable.
El cierre con la metáfora de la geoda es especialmente interesante: introduces una imagen fría, mineral, casi científica, que contrasta con la calidez de la vida arrebatada.
Esa elección refuerza la idea de una violencia vacía, hueca, estructural, donde la vida queda atrapada como restos en cavidades sin alma.