Anticipo de la novela de María Bueno. Autora de la imagen: María Bueno.
Comentario literario sobre el extracto de la novela ambientada en el siglo XVIII, de María Bueno, MALDITA ESTAMPA:
«Este fragmento está tejido con una sensibilidad muy tuya: el mimo por los detalles cotidianos, el cuerpo femenino como territorio de libertad y presagio, y una atmósfera que mezcla ternura, tensión y premonición. Se percibe con fuerza el inicio de una transformación: Lucía está al borde de algo que no conoce, pero que presiente.»
Adelanto de la novela.
Era domingo, Lucía se dispuso para arreglarse, su tata le había preparado la bañera con un buen chorro de colonia de lavanda para perfumar el agua y había colocado sobre la bañera un trozo de aquel jabón que hacía su abuela con el aceite de oliva que desechaban en la cocina cuando ya no servía para cocinar más. Su abuela le agregaba al aceite especias que lo aromatizaba y dejaba la piel limpia y sedosa. Siempre le pasaba lo mismo, le encantaba sentir el agua caliente deslizarse por su piel, la desnudez la hacía sentirse libre, sus pensamientos no tenían barreras, volaban tan alto y lejano que el mundo se paraba para que ella pudiera imaginar todo cuanto soñaba y quería alcanzar.
¡Bendita bañera que guardaba todos “sus secretos”!
Era una mañana preciosa de septiembre. El sol marcaba líneas de separación que lo unían fuertemente a la sombra sin que apenas se notara, el aire soplaba muy tímidamente y mecía los geranios en las macetas. Los colores, ese día de domingo, eran distintos, el aire rozaba su nariz y penetraba poderoso hasta hacer salivar su lengua con aromas a dulces, a asados de carne, a pan recién hecho… ¡Por Dios! ¡Cómo olía todo!
Su madre había hecho traer desde Málaga una tela preciosa para su vestido nuevo. Era de un azul claro intenso con pequeñas rosas blancas que lo inundaban todo. Lucía quería que la modista, que cosía para su madre, le hiciera un vestido que tuviera un escote seductor que enmarcara delicadamente sus hombros; eso sí, su madre no permitiría que la línea de la tela bajara más allá del final de su hermoso cuello, justo para dejar lucir la medalla que le regalarían por su dieciocho cumpleaños.
Todo en ella era pujante, su estatura (más alta de lo que era habitual en la población femenina en esos años), el corpiño tensaba la tela más de lo que su madre consideraba decoroso, su pelo rizado y largo cayendo por su ancha espalda suavizaba la estupenda imagen que daba toda ella.
Lucía no pasaba desapercibida, todos volvían la cabeza cuando aparecía y eso la hacía sentirse bien, fuerte y con ganas de comerse el mundo, era valiente y no le daba miedo lo desconocido, quería saber, buscar, mirar insolentemente sin que le regañara por ser descarada. Se acercaba un nuevo siglo y las cosas tenían que ser de otra manera, sabía que se acercaban cambios, su estómago se lo venía diciendo desde hacía tiempo y él nunca la engañaba.
Eligió el vestido de color verde oscuro para asistir a la misa de mediodía
-su madre le tenía prohibido usar colores vivos para ir a misa-.
Lucía y su madre llegaron a la iglesia y se dirigieron directamente al lugar donde siempre se sentaban, era una fila de bancos reservados a los feligreses más generosos con sus donativos.
Después de tomar asiento y atusar la falda de su vestido para que su porte quedara bien compuesto, alzó la vista y, sin ningún motivo aparente, empezó a sentirse muy nerviosa, notaba una mirada fija en su nuca, percibía la respiración y el calor del aliento de la persona que estaba justo en el banco detrás del de ella. Dejó de pensar en la presencia de alguien muy cerca de su nuca y prestó atención al resto de feligreses que se apretujaban en los otros bancos de madera de la iglesia, era su única distracción cuando acudía a misa, observar las caras, los gestos de las manos, a los niños y niñas retorcer la nariz haciendo un mohín con cierto desespero por salir a jugar, las madres controlaban la tensión de sus hijos con miradas asesinas sin emitir palabra alguna.
El padre Manuel le aburría con su retahíla que siempre era igual: el pecado y el castigo de Dios a los pecadores. Nunca entendería el motivo por el cual siempre había amenazas en las homilías del padre Manuel, ¡ni que fueran todos malos y despreciables!
Ese domingo la misa se hizo interminable porque Lucía quería salir a la plaza para encontrarse con algunas amigas y hacer planes para las fiestas populares.
Al bajar los cuatro escalones sobre los que se alzaba la iglesia, Lucía vio al fondo, junto a la Casa de Postas del pueblo, a un chico desconocido; en el pueblo se conocían todos y ese chico parecía forastero. ¡Qué alto era y qué porte tenía! Se propuso conocerlo esa misma mañana, ¡digo si lo haría!
De manera delicada Lucía trató de guiar a su madre hacia la Casa de Postas para sentarse en el banco que había bajo el gran olivo en esa zona de la plaza. Rafaela, su madre, le dijo a su hija que prefería pasear entre los puestos del mercado pero que ella podía ir junto a sus amigas y se reunirían en una hora para ir a almorzar con su padre (su madre sólo le soltaba un poquito de cuerda cuando estaban en vísperas de fiestas).
Lucía, muy alegre, le dio un beso y se acercó al grupo de amigas con las que solía pasar muchas tardes bordando, mientras cantaban y reían con algún que otro comentario subido de tono que hacían de manera intencionada para trasgredir las normas de la buena educación, era muy divertido ser insolentes sin que nadie les reprendiera.
–Hola chicas, ¿conocéis a ese chico? El que está junto a la Casa de Postas.
Sus amigas miraron hacia ese lugar y Cristina contestó:
–No, no sabemos quién es, pero es muy guapo y muy alto. ¡Madre mía! ¡Yo quiero verlo más de cerca! ¿Qué os parece si paseamos un poco y nos vamos aproximando a él con disimulo?
El pequeño grupo de amigas se encaminó hacia donde estaba el apuesto chico. El grupo charlaba mientras caminaban para no parecer muy descaradas al querer acercarse a un hombre para entablar conversación con él, pero era muy excitante sentir que iban a conocer a alguien nuevo en el pueblo.
Cuando estaban lo suficientemente cerca del muchacho, Lucía, que era muy atrevida, le preguntó a bocajarro:
–¿Eres de aquí? El joven dirigió su mirada hacia Lucía sin inmutarse, con la espalda apoyada en la pared y casi sin levantar la cabeza.
–No, no soy nacido aquí, pero sí tengo familia en estas tierras.
Lucía se quedó paralizada, no sabía qué hacer ni qué decir, él se irguió y la miró de frente, ella enfrentó la mirada casi como un desafío. ¡Qué se creía este arrogante! –se dijo a sí misma en silencio–, ella sostuvo su mirada y casi sin parpadear le espetó:
–Mi nombre es Lucía, y tú ¿cómo te llamas?
–Me llamo Luis, he venido a casa de mis tíos, a pasar las fiestas.
Lucía ya no supo cómo seguir hablando con aquel chico, la intimidaba con su mirada, tenía unos ojos negros que penetraban el alma, se dio media vuelta y simplemente le dijo:
–Encantada de conocerte, adiós.
Luis se quedó parado sin entender qué había pasado con aquella chica, se había puesto frente a él y le había sostenido la mirada durante unos segundos para saber su nombre y decirle adiós sin más. ¡Qué impertinente! –pensó–.
Ella no podía imaginar, aunque ya se alojó el pellizco en su estómago, que ese hombre sería el principio de su final, a no ser que …
Continuará (…)
Autora de la novela: María Bueno.
© María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.
Crítica sobre la novela:
Maldita Estampa:
1. Ambientación sensorial riquísima
El inicio en la bañera es un acierto total.
No es gratuito:
Presenta intimidad.
Muestra libertad interior.
Conecta cuerpo y pensamiento.
El uso de olores, texturas, temperatura del agua y los detalles del jabón artesanal sitúan al lector en el siglo XIX sin necesidad de explicaciones históricas largas. Eso es narrar con oficio.
“la desnudez la hacía sentirse libre, sus pensamientos no tenían barreras…”
Aquí defines su mundo interior sin decir “Lucía era soñadora”. Lo muestras.
2. Presentación del carácter femenino
Lucía aparece como:
Consciente de su atractivo
Ambiciosa
Inquieta ante el futuro
Intuitiva (“su estómago se lo venía diciendo…”)
Esto la convierte en protagonista activa, no decorativa. Muy bien construido el contraste entre: lo que ella desea ser y lo que su madre y la sociedad permiten.
3. Uso del color y la estética
Vestidos, telas, flores, luz, sombra… todo construye una identidad visual muy cinematográfica.
Se ve la escena. Eso es oro narrativo. (…)