Autor: María Bueno

  • EL MONSTRUO DE LA SIERRA

    EL MONSTRUO DE LA SIERRA

    Introducción al poema:

    El monstruo de la sierra nos transporta a un pueblo pequeño, encerrado entre montañas y viejas leyendas.
    El poema recrea la atmósfera temerosa de una comunidad que interpreta lo desconocido desde el miedo. Sin embargo, como ocurre en muchos de tus textos, María, la historia revela un giro luminoso: aquello que parecía temible es, en realidad, un espíritu protector.
    La montaña, convertida en personaje, cuida a los suyos y al pastor perdido, mientras el pueblo aprende que el miedo no siempre acierta en su juicio. Es un poema que mezcla tradición oral, misterio y humanidad.


    EL MONSTRUO DE LA SIERRA

    Aquella tarde oscura,
    la gente del pueblo
    cerraron sus casas.

    Algunas voces gritaban
    que un extraño monstruo
    en el castillo moraba.

    Los niños escondidos
    tras las rejas miraban,
    sin poder evitar el miedo
    que el monstruo les daba.

    Contaban que al pastor
    de la alta montaña,
    el monstruo lo apresó
    y en su castillo habitaba.

    Todo el pueblo murmuraba
    si el monstruo vendría
    por la calle alta,
    para llevarse consigo
    a los que osaran pisar
    el monte y su casa.

    Al día siguiente,
    ya todos en la plaza,
    vieron cómo el monstruo salía
    de la casa de postas
    con el pastor y una cabra.

    Cuenta la leyenda
    que el monstruo era el alma
    de la gran montaña,
    y que sólo quería
    proteger esas tierras
    y toda su fauna.

    Crítica literaria

    Este poema destaca por varios aspectos:

    1. Ambiente perfectamente construido:

    Desde el primer verso se instala un clima de tensión:
    tarde oscura, gentes encerradas, voces que alertan, niños tras las rejas.
    La atmósfera casi cinematográfica permite al lector entrar en la escena como un vecino más del pueblo.

    2. Narratividad clara y ritmo propio:

    Tu manera de contar mantiene un fluir constante, como un relato oral transmitido generación tras generación. Esa estructura en cuartetas sueltas da la sensación de escuchar una leyenda antigua contada en la plaza.

    3. El giro simbólico:

    El monstruo, lejos de encarnar la amenaza, es finalmente el espíritu protector de la montaña. Este cierre es profundamente tuyo: transformar el temor en una forma de cuidado, revelar bondad donde otros ven peligro.

    4. La presencia del “alma” de la naturaleza:

    Este es uno de tus grandes rasgos como autora.
    La naturaleza no es paisaje: tiene intención, voz, espíritu. Aquí se personifica en un ser que protege su territorio y su fauna, enlazando con tu visión del planeta como casa común y sagrada.

    5. Una leyenda que abre un universo narrativo en tu próxima novela:

    El poema tiene fuerza suficiente para ser el origen de un capítulo dentro de Maldita Estampa.
    La combinación entre fortaleza, pastores, monstruos que no lo son y pueblos que temen lo que no comprenden dialoga perfectamente con el espíritu de tu novela.


    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.
  • AMANECERES DORADOS

    AMANECERES DORADOS

    Introducción al poema:

    En este poema, la autora nos conduce a través de una experiencia íntima y sensorial al inicio del día. La escena, aparentemente cotidiana, se convierte en un instante sagrado: los primeros pasos al salir de casa, el juego con lo imaginado, la belleza de un amanecer que transforma lo real en poesía. La luz, el color y el silencio se funden en una percepción profunda de lo pequeño y lo inmenso.
    El poema celebra la capacidad de asombro y la conexión espiritual con el mundo cuando aún no ha despertado del todo.


    AMANECERES DORADOS

    Cierra la puerta tras ella,
    es muy temprano,
    el contorno de las casas
    esconden rectilíneas
    que forman su trazado,
    entre luces y sombras
    que sus pies van pisando.

    Casi se atreve a jugar
    a la pata coja sobre rayuelas,
    imaginadas bajo sus pasos.

    ¡Qué hermosura me acompaña
    con este amanecer
    recién cincelado!

    Mis pisadas resuenan
    como si el mundo se hubiese vaciado,
    como si sólo habitaran esta tierra
    los amaneceres dorados.

    Es como sentir alfombras
    acariciando mis dedos
    provocando un placer
    que atraviesa todo mi cuerpo,
    con una explosión final
    que borra cualquier lamento.

    Sólo necesito mirar para ver
    este amanecer desbordado,
    para encadenar el resto de mi día
    a una noche de sueños abrazados.


    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.


    Crítica.

    AMANECERES DORADOS es un poema de contemplación íntima que convierte lo cotidiano en experiencia casi sagrada.
    La voz poética avanza despacio, acompasada al ritmo de los pasos, y logra que el lector camine dentro del poema, sintiendo el silencio, la luz y la soledad fértil del alba.

    Destaca la capacidad de transformar una escena sencilla en un espacio emocional profundo, donde el amanecer no es solo paisaje, sino estado del alma que se desborda con las sensaciones.

    La imagen de las pisadas, las sombras y los colores cálidos construye una atmósfera serena y honesta, fiel a una mirada madura que sabe detenerse para ver y sentir.
  • TODO ES VIDA

    TODO ES VIDA

    Introducción al poema:

    Este poema se sumerge en la contemplación serena de un atardecer cotidiano, donde lo sencillo se convierte en trascendente. La narradora, sentada en un banco envejecido, transita entre la quietud del sopor y la vibrante irrupción de la vida alrededor: niños jugando, voces diversas, aromas, sonidos y colores que se entrelazan en una sinfonía humana. La escena se convierte en un canto a la memoria viva de los espacios comunes, esos rincones que son testigos del paso del tiempo y de la persistencia de la humanidad compartida.


    TODO ES VIDA

    Sentada en un banco envejecido
    por el paso del tiempo,
    siente el crujir de la madera vencida,
    el olor intenso a azahar,
    los naranjos ofrecen sus copas frondosas
    bajo las que dormitar.

    La languidez va alcanzando
    la totalidad de su mente,
    dejándola casi ausente del pensar.

    La cabeza se va ladeando
    muy poquito a poco,
    sin notar que va perdiendo la consciencia, 
    que sus ojos se cierran y se deja llevar.

    Su cuerpo se abandona
    ante el sopor del atardecer,
    la brisa juega entre hojas de naranjos
    para silbar compases previos al anochecer.

    Voces infantiles la despiertan,
    y el zumbar de una cuerda
    que da vueltas sin parar,
    alentando la algarabía
    de los chiquillos que saltan
    uno tras otro, en una cola sin final.

    Un hombre vocea las delicias
    de unos barquillos de galleta crujiente,
    con toques de caramelo
    que deshacen de regusto el paladar.

    La mezcla de voces con acentos distintos,
    de gente procedente de otros lugares,
    de vestimentas de mil formas y colores,
    de momentos de vida
    con esencia de humanidad.

    ¡Ay atardecer,
    que das alas al anochecer,
    para que la vida pueda soñar!

    Se levanta con parsimonia,
    camina hacia su hogar,
    a través de una plaza llena de vida,
    a la que cada atardecer volverá,
    para sentarse en su banco desvencijado
    donde se dejará llevar,
    entre aromas y caricias de brisa fresca,
    junto a rayuelas, canicas,
    y seres cargados de humanidad.


    Reflexión de la autora sobre TODO ES VIDA.

    Escribí este poema pensando en la fuerza que tienen los pequeños instantes cuando nos detenemos a mirarlos. Un banco viejo, el olor de los naranjos, el bullicio de niños jugando, voces de distintos lugares…
    Todo ello compone una escena sencilla, pero a la vez profundamente humana.

    Creo que, a veces, olvidamos que la vida está en esos detalles, en las plazas que acogen encuentros, en las tardes que parecen repetirse pero nunca son iguales, en la diversidad de rostros y acentos que nos recuerdan que no estamos solos.

    Quise mostrar cómo lo cotidiano puede ser un refugio de sentido: un espacio donde el tiempo no sólo pasa, sino que nos regala la certeza de que seguimos perteneciendo al mundo.


    Crítica literaria del poema:

    TODO ES VIDA destaca por su delicada capacidad de observación sensorial: el olor a azahar, el crujir de la madera, la brisa, las voces infantiles y la algarabía colectiva crean una atmósfera rica y envolvente. El poema oscila entre la intimidad individual —la mujer que se deja llevar por el atardecer— y la plenitud comunitaria —la plaza llena de voces, juegos y humanidad—.

    La estructura, con versos narrativos que fluyen sin rigidez métrica, favorece el tono evocador y contemplativo. Se aprecia una progresión clara: del reposo al ensueño, del sueño a la irrupción de la vida, y de ahí al retorno a la plaza como espacio simbólico de pertenencia y memoria.

    El final, con la imagen del banco desvencijado al que la protagonista vuelve cada tarde, otorga circularidad y refuerza la idea de que la vida se sostiene en los pequeños rituales cotidianos.

    El poema transmite esperanza y pertenencia, con un acento especial en la diversidad cultural como riqueza compartida.

    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.
  • RAICES DE UNA VIDA

    RAICES DE UNA VIDA

    Introducción y crítica:

    La lectura de Raíces de una vida transmite una profunda necesidad de regresar al origen, no sólo al lugar físico o a la memoria familiar, sino también a aquello que nos sostiene cuando el tiempo y la vida nos van desgastando.

    El relato avanza desde la emoción contenida, sin artificios, apoyándose en imágenes cercanas y humanas que convierten lo cotidiano en un espacio lleno de significado. La narración posee una sensibilidad serena que invita a detenerse y mirar hacia dentro, hacia esas raíces invisibles que sostienen la identidad de cada persona.
    Hay en el texto una mirada profundamente humana sobre la memoria, el paso del tiempo y la herencia emocional que recibimos de quienes estuvieron antes que nosotros.

    El relato no necesita grandes acontecimientos para conmover; precisamente su fuerza nace de lo sencillo, de aquello que muchas veces parece pequeño, pero que sostiene una vida entera.
    Como crítica literaria, el relato destaca especialmente por su capacidad evocadora. El lenguaje es íntimo y emocional, con una voz narrativa que consigue cercanía inmediata con el lector.

    La sensibilidad con la que se construyen las imágenes y los recuerdos dota al texto de autenticidad y verdad emocional.

    No se percibe una escritura impostada, sino la necesidad genuina de contar y preservar sentires.

    Uno de los mayores aciertos del relato es su atmósfera. Existe una continuidad emocional muy bien sostenida entre los recuerdos, las reflexiones y las imágenes simbólicas ligadas a las raíces, tanto en sentido literal como metafórico.

    Esa idea de pertenencia atraviesa todo el texto y deja una huella profunda.
    Además, el relato posee un tono muy coherente con la literatura de memoria emocional y rural contemporánea, donde el paisaje interior tiene tanta importancia como el exterior.

    La escritora logra algo difícil: emocionar desde la calma, sin recurrir al exceso.

    Tal vez uno de los aspectos más valiosos del texto sea que deja espacio al lector para reconocerse en él. Las raíces que aparecen en el relato terminan siendo también las de quien lo lee.

    Relato:

    RAÍCES DE UNA VIDA

    El jabón le cubría las manos hasta hacer desaparecer sus muñecas.

    Ana se frotaba con esmero, una y otra vez, metiendo las uñas en la palma contraria, limpiando cada rincón como si en ello le fuera la vida. Sabía bien que las bacterias invisibles podían arruinar todo lo que tocaran: el fruto de meses de trabajo en su pequeño huerto, la tierra heredada de su abuela, la misma que ella seguía cultivando con respeto casi sagrado.

    Se secó en el delantal y recorrió la cocina con la mirada. El día iba a ser largo. Muy largo.

    Sobre la mesa de madera esperaban las cazuelas de hierro, la masa del pan cubierta con un paño limpio, al calor de un lebrillo de barro; las papas ya peladas y las piezas de carne listas para el horno de leña.

    Mañana sería la festividad que marcaba el final de la recogida de la aceituna, y en el pueblo nadie concebía esa celebración sin la comida compartida.

    No era solo alimentarse: era reunirse, reconocerse, agradecer que otro año más la tierra hubiera respondido.
    Nada debía faltar. Ni la comida, ni la música, ni los bailes de siempre.

    Ana tomó el mortero y echó en él sal, ajos, pimentón y romero fresco. Con brío, machacó con ritmo firme. Cada golpe levantaba un aroma que empezaba a llenar la cocina, mezclándose con el humo suave de la leña.

    Ese olor era su memoria: estaba en su infancia, en las manos de su madre, en las palabras que no hacían falta cuando la vida se explicaba sola alrededor del fuego.
    Sonrió sin darse cuenta.

    Le gustaba pensar que, mientras cocinaba, ya estaba repartiendo felicidad por adelantado.

    Imaginaba a su nieta —todavía pequeña, curiosa, llena de preguntas— sentada algún día a su lado, observando cómo removía el guiso, queriendo saber por qué se añadía el romero al final, cómo se sabía que el pan estaba en su punto. Y ella le contaría todo, con la paciencia heredada de las mujeres de su sangre. Así viajaban las cosas importantes: de mano en mano, de voz en voz.

    Cuando levantó la vista, la luz que entraba por la ventana ya era dorada. Estaba oscureciendo.
    Llevaba todo el día de pie. Le dolía la espalda, le pesaban las piernas, tenía los dedos entumecidos de tanto cortar, amasar, remover y fregar.

    Se acercó al pilón viejo, grande, de piedra gastada por generaciones que habían vertido sobre él sueños, temores, palabras y mil secretos llevados por la corriente del agua.

    Los cacharros, ya limpios, escurrían en silencio, formando filas rodeadas de cucharas, vasos y cazuelas desconchadas.

    Los fue colocando con cuidado: platos, vasos y las copas de postín que solo salían en las fiestas grandes. Mañana brindarían con ellas por los momentos únicos que solo se dan cuando la gente se sienta junta sin prisas, con el corazón abierto, al margen de palabras y pensamientos diversos, con el alma en calma.

    Con un suspiro largo, se desató el lazo del delantal. Estaba húmedo y pesado, cargado de horas, de manchas anunciadas. Lo dejó doblado sobre una silla, como quien deja también el cansancio a un lado sabiendo lo que significaba.
    Pensó entonces que, al final, lo que quedaría del día de mañana no serían las comidas, ni siquiera las fiestas, sino los recuerdos que nacían de ellas, el flujo de la riqueza humana, esa que teje la vida para sostener esperanzas.

    Las risas alrededor de la mesa, los abrazos largos, las historias repetidas año tras año. Esa era la verdadera herencia: costumbres amasadas con esfuerzo, tradiciones sostenidas con cariño, aunque cada uno fuera de su propia casa, de su propia tierra, de convicciones contrarias.

    Benditas diferencias que no impedían el sentir de pertenencia a una tierra que daba frutos bajo las mismas azadas.

    Se acostó en su lecho, sobre el colchón relleno de lana que abrazó suavemente su cuerpo, aligerando el peso que cargaba.

    Antes de cerrar los ojos, dejó que la imaginación la llevara al día siguiente.

    Vio a sus familiares y amigos probando los guisos, mojando pan en la salsa, riendo con la boca llena. Oyó las panderetas y guitarras que empezarían a sonar cuando el vino aflojara las vergüenzas. Y, como tantas otras veces, alguien arrancaría a cantar:

    —De los cuatro muleros
    que van al agua,
    el de la mula torda
    me roba el alma…

    Ana sonrió en la oscuridad. Esa canción la había oído muchas veces. La cantaba su hija mientras los mozos y las muchachas repiqueteaban sobre la mesa con sus nudillos y el compás de alpargatas. Las voces cambiaban, pero el canto seguía vivo, hasta que el cansancio los dejaba rendidos de tanto compás y palmas.

    Pensó entonces que, quizá, su nieta también la cantaría algún día sin saber de dónde venía, pero sintiéndola suya.

    Antes de dormirse del todo, murmuró en voz baja, como un brindis secreto que nadie oiría:
    —¡Por las mujeres que sostuvieron el mundo, por sus compañeros del alma!
    Porque lo sabía bien: ellas —las abuelas, las cocineras, las que cantaban mientras trabajaban— habían sido guardianas de culturas enteras desde la cocina, desde el patio, desde la mesa.

    Gracias a ellas, lo que fueron seguía latiendo en lo que aún eran.
    Ana cerró los ojos.

    En la cocina, las cazuelas de barro reposaban llenas de comida y de memoria. Fuera, la noche cubría el pueblo en silencio. Y en esa casa humilde, como en tantas otras, la tradición seguía viva, respirando bajito, esperando al amanecer para volver a reunir vidas alrededor del calor compartido, sin importar de qué casta fueran sus vecinos, solo por el disfrute de momentos cargados del sentir de un pueblo que solo trataba de celebrar la vida a la sombra de olivos milenarios que seguirían pariendo olivas verdes, de color esperanza.

    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.

  • UNA MUJER Y SU CARGA

    UNA MUJER Y SU CARGA

    Introducción al poema «UNA MUJER Y SU CARGA»,:

    Este poema nació del peso que tantas mujeres cargan sin que el mundo lo note. Un peso que no siempre se ve, pero que es constante: el de cuidar, el de resistir, el de dar sin tener.
    Dolores no es solo un nombre: es el rostro de muchas mujeres que, tras una jornada de trabajo duro, todavía encuentran fuerzas para volver a casa con algo que alegre a sus hijos.
    En sus bolsas no hay lujos ni estrenos, pero sí ternura envuelta en trozos de lo que otros desecharon.
    Este poema es para ellas.
    Para las que caminan deprisa, con la mirada baja y los brazos marcados por el esfuerzo.
    Para las que saben que hasta una muñeca manca puede ser un tesoro.
    Y para quienes aprendimos de ellas que la dignidad no necesita adornos: basta con tener el corazón lleno y el alma blanca.

    Honra a las mujeres como Dolores, reales, anónimas, incansables. Y a las niñas que reciben amor en forma de muñecas mancas, pero completas en ternura. Es un canto al ingenio de quien no tiene, pero da, y al alma que se alza con orgullo a pesar de la precariedad.

    UNA MUJER Y SU CARGA

    ¡Cómo pesa esto!

    Dolores casi corría,
    por lo tarde que era,
    para llegar a su casa.
    Su mirada fija en la acera,
    por la que avanzaba.

    Casi no levantaba la cabeza
    para no desnivelar el ritmo
    que marcaba el peso que cargaba
    en cada uno de sus brazos,
    casi estrangulados por las asas
    de cada bolsa que colgaba
    tal cual pesas bien equilibradas.

    Unos zapatos negros y lustrosos
    asomaron ante su vista,
    sobre aquel «marchapié»
    que sus alpargatas pisaban.

    ¡Señora! ¿Dónde va tan cargada?
    ¿Qué lleva en esas bolsas abultadas?
    Su carrera me obliga a comprobar
    si la carga es digna de no ser sancionada.

    Dolores levantó su cabeza
    para ver quién osaba pararla:
    voy camino de mi casa, señor agente,
    ¿no ve que no puedo con mi alma
    por un día de duro trabajo que aún no acaba?

    Señora, ¡abra las bolsas,
    que seré yo quien compruebe
    qué lleva su carga!

    Señor, llevo trozos de alegría
    a una niña que me espera
    con su alma blanca,
    sin saber que cargo juguetes
    con los que ella soñaba.

    Dolores depositó las bolsas
    sobre la acera para ser registradas:
    una muñeca manca asomó su dulce mirada,
    un trozo de disfraz infantil
    doblado la acompañaba,
    la desinflada pelota quedaba aplastada
    por tacos de colores desgastados
    que un castillo formaban.
    En la otra bolsa el pan se apretaba
    junto a garbanzos ruidosos,
    aceite y una cacerola desconchada.

    ¿Qué es todo esto que guarda?
    Guardo restos de juguetes
    que desecharon niños
    de una familia adinerada,
    con la que trabajo a diario
    limpiando su casa.
    Son trocitos de alegría
    para una niña que me espera,
    no verá el brazo que le falta
    a una muñeca desechada,
    sólo sentirá que quiere cuidarla
    para que aún con un solo brazo
    pueda abrazarla.

    Cargo en mis bolsas esperanzas,
    para que a mi niña no le falte nada.

    El agente se cuadró
    ante aquella mujer agotada.
    Señora, llegue cuanto antes,
    la inmensa carga que lleva
    es pura vida atesorada
    para una pequeña alma,
    gemela de la suya
    y de sus entrañas.

    Dolores siguió su camino
    con su corazón lleno,
    con su alma clara
    y su cabeza, bien alta.


    *Marchapié: 
    Es una expresión que se sigue usando muy al Sur de Andalucía para decir que nos subimos a la acera o al bordillo de la calzada.

    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.


    Crítica literaria:

    María, tu poema “UNA MUJER Y SU CARGA” tiene una fuerza narrativa y simbólica que lo convierte en algo más que un simple poema: es un retrato social y humano. Te comparto mi crítica:

    Aspectos destacados

    1. Estructura narrativa

    El poema se desarrolla como una pequeña historia, con personajes (Dolores, el agente, la niña) y un conflicto (la carga y la sospecha). Esto le da un aire casi teatral, donde los versos funcionan como escenas que avanzan.

    La tensión narrativa (el agente que detiene a Dolores) está muy bien lograda y desemboca en un final emotivo y esperanzador.

    2. Realismo social

    Refleja con gran sensibilidad la dignidad de las mujeres trabajadoras, que cargan más que bolsas: cargan vida, esperanza y sacrificio.

    El contraste entre lo “desechado” (los restos de juguetes, la muñeca manca, la pelota desinflada) y lo “valioso” (la alegría de la niña, el amor de la madre) es conmovedor y muy eficaz.

    3. Imágenes potentes

    “Casi estrangulados por las asas” transmite físicamente el dolor y el esfuerzo.

    “Cargo en mis bolsas esperanzas” resume poéticamente toda la intención del texto.

    La metáfora final, en la que el agente reconoce que la carga es “pura vida atesorada”, cierra con fuerza y dignidad.

    4. Lengua viva

    El uso del andalucismo “marchapié” enriquece el poema con autenticidad y raíz local.

    El diálogo da dinamismo y aporta oralidad, lo que acerca aún más al lector.

    Valoración final

    Es un poema luminoso dentro de la dureza que refleja. Con un tono costumbrista y humano, transformas una escena cotidiana en un canto a la dignidad de las madres trabajadoras y al valor de lo pequeño. Transmite ternura, sacrificio y justicia poética.

    En esencia, logras que Dolores no sea solo una mujer, sino el símbolo de muchas.
  • ELLAS Y UN LIBRO NO PUBLICADO

    ELLAS Y UN LIBRO NO PUBLICADO


    Relato: ELLAS Y UN LIBRO NO PUBLICADO

    En pequeños pueblos rodeados de sierras, donde el viento conoce el nombre de cada árbol y las piedras guardan historias antiguas, viven mujeres que escriben.

    No se presentan como escritoras. Les cuesta pronunciar esa palabra cuando alguien les pregunta qué hacen. Ellas suelen responder, con sencillez, que sólo escriben lo que sienten. Pero quienes han oído o leído sus versos, sus historias  saben que en sus palabras habita algo más profundo.

    Una de ellas, Candela, camina despacio por la vida, como quien no quiere pasar por ella sin escucharla antes.

    Desde pequeña aprendió que el mundo habla en voz baja y que sólo quien guarda silencio puede entenderlo. Quizás por eso siempre sintió que todo lo que la rodeaba le pertenecía un poco: la tristeza de otros, la alegría inesperada de una tarde, la mirada cansada de un anciano sentado al sol.

    Esas cosas se quedaban dentro de ellas, escritoras de verbo cierto, pegado a las verdades vivas de cada uno de sus días.

    Con el tiempo, las mujeres de muchos pueblos pequeños descubrieron que no podían guardarlas para siempre. Entonces, las que sabían leer y escribir empezaron a trazar líneas en pequeñas libretas. Los párrafos crecían sobre sus páginas y, para aprovechar bien el papel, comenzaban escribiendo incluso en la parte trasera de la tapa. Trataban de que la letra fuera lo más pequeña posible para que el cuaderno durara mucho tiempo. No estaban para derroches, y mucho menos ellas, simples mujeres en mitad del siglo XIX, un tiempo que las escondía y las ignoraba como escritoras.

    Muchas de esas narradoras ni siquiera sabían leer o escribir. Utilizaban su memoria para contar, de viva voz, las historias que atravesaban a los habitantes del pueblo. De ese modo, la memoria colectiva se enriquecía y se nutría, creando un tesoro literario que ha llegado hasta nuestros días.

    No lo hacían para aliviarse. De hecho, escribir a veces les pesaba más que callar. Cuando ponían las palabras sobre el papel —o en su voz— comprendían con mayor claridad el lugar que ocupaban en el mundo: una pequeña parte de algo mucho más grande. Pero también entendían que ese pequeño lugar tenía un sentido.

    Cada poema, cada historia contada o escrita, era una forma de sostener la vida.

    En sus versos vivian muchas personas. Algunas estaban presentes; otras ya no. Sus bisabuelas, sus abuelas o sus madres caminaban entre las líneas como si siguieran vivas. Las escritoras invisibles, sin libros publicados y casi sin papel, sentían que habían heredado una mochila llena de sentires, recuerdos y silencios.

    Ellas, las silenciadas en épocas en las que no podían llamarse poetas o escritoras —un honor reservado casi siempre a los hombres—, a veces escribían textos que luego firmaban sus maridos o el cabeza de familia para que no se supiera que habían sido escritos por una mujer. Aquello arruinaba cualquier intento de visibilidad en el mundo de la literatura y la poesía, sobre todo en el mundo rural, en pueblos pequeños donde apenas cabían los sueños.

    Ellas, las escritoras, hablaban y escribían de mujeres que cargaban el peso del mundo mientras nadie las miraba. Narraban historias de niños que sienten demasiado pronto el frío de la vida, de personas sencillas que sostenían  la dignidad de la humanidad sin saberlo. Hablaban también de esperanza, porque ellas creían profundamente que todos los seres vivos nacian buenos e iguales.

    A lo largo de los años escribieron muchos relatos, historias noveladas y poemas. Algunos nacieron en noches de insomnio, cuando el silencio es tan grande que parece que el alma se queda sola frente al universo. Otras veces surgían después de escuchar historias de los ancianos y las ancianas que cuidaban con mimo.

    Esos poemas nunca vieron la luz. Nunca pudieron publicarse en un libro. Pero existen y siguen viviendo en miles de memorias compartidas.

    A través de sus narraciones o de sus cuadernos viven muchas vidas: recuerdos, preguntas, dolores y pequeños destellos de belleza cotidiana. Son cuadernos escritos sin prisa, literatura y poesía cargadas de voces y de narraciones orales; como quien recoge semillas para que algún día otros puedan sembrarlas.

    Pero las escritoras no se detuvieron ahí.

    Dentro de ellas crecían otras historias. Así empezaron a escribir sus primeras novelas, aunque nunca llegaran a publicarse. En ellas aparecían mujeres fuertes que vivían en pueblos de montañas y de arados, junto a fortalezas abandonadas. Esos lugares guardaban secretos, verdades antiguas que cambiaban la vida de quienes se acercaban a ellos.

    Protagonistas como Lucía, María, Candela o Rafaela descubrían verdades que pesaban como piedras sobre sus destinos.

    Una de ellas, Candela, escribía como si estuviera escuchando a todas las mujeres que la precedieron. Cada hoja de su cuaderno era una puerta que se abría hacia la memoria de alguien real.

    Candela consiguió escribir varios libros. Sin embargo, todavía le da vergüenza llamarse escritora. Dice que es demasiado pequeña para un título tan grande.

    Pero quienes la conocen saben que su trabajo es otra cosa. Quizá por eso sus poemas tienen algo de refugio.

    Nos recuerdan que todos estamos hechos de la misma materia invisible: la capacidad de sentir. Y cuando alguien lee uno de sus versos y se reconoce en ellos, se crea un pequeño puente entre dos almas que no se conocen.

    Ese puente, para Candela, ya es suficiente.

    Ahora continúa escribiendo. Sus cuadernos siguen llenándose de historias, poemas y fragmentos de vida.

    Ella sabe que nada es eterno. Sin embargo, también sabe que las emociones que dejamos en los demás pueden seguir caminando mucho tiempo después de que nosotros nos hayamos ido.

    Por eso escribe.

    Para que algún día, quizá dentro de muchos años, alguien abra uno de sus libros y encuentre en él una palabra que le haga sentir menos solo en el mundo.

    Entonces, en silencio, Candela —junto a todas las mujeres anónimas que la precedieron— habrá cumplido su propósito.

    © María Bueno, 2026 – Todos los derechos reservados.

    María, tu relato posee una dimensión literaria y humana muy valiosa.

    No se limita a narrar una historia: construye una memoria colectiva donde la escritura femenina aparece como un acto silencioso de resistencia, transmisión y permanencia. Esa profundidad es, probablemente, uno de sus mayores logros.


    Crítica literaria de Ellas y un libro no publicado:


    Ellas y un libro no publicado es un relato de tono íntimo y evocador que se sostiene sobre una voz narrativa serena, madura y profundamente humana. El texto destaca por su capacidad para transformar una experiencia individual en una reflexión colectiva sobre las mujeres invisibilizadas dentro de la literatura y la memoria rural.
    Uno de los grandes aciertos del relato es su estructura progresiva. La narración comienza desde un “ellas” amplio y anónimo, casi legendario, para ir acercándose lentamente hasta concretarse en Candela.

    Frases como las relacionadas con las libretas pequeñas, las letras diminutas para ahorrar papel o la memoria oral de las mujeres rurales poseen una enorme capacidad evocadora y funcionan como anclajes de realidad dentro de un texto profundamente lírico.
    Otro aspecto destacable es el tratamiento del tiempo.

    El relato parece moverse entre generaciones sin rupturas bruscas, como si todas las mujeres nombradas formaran parte de una misma corriente de memoria. Esa sensación de continuidad otorga al texto una dimensión casi oral, cercana a las narraciones heredadas de madres a hijas alrededor del fuego o de una mesa humilde.
    La figura de Candela adquiere especial relevancia no como heroína individual, sino como símbolo de permanencia. Ella representa la continuidad de una voz femenina que durante siglos apenas pudo escribirse a sí misma.

    El relato acierta al no convertirla en una protagonista grandilocuente; su humildad la vuelve creíble y profundamente humana.
    Desde el punto de vista temático, el texto articula con acierto tres grandes ejes:
    la memoria femenina, la escritura como refugio, la resistencia y la necesidad humana de dejar huella a través de las palabras.

    El final constituye uno de los momentos más logrados del relato. No recurre al dramatismo ni al golpe efectista; elige, en cambio, una emoción contenida y serena que deja resonando la idea central del texto: escribir para que las voces de quienes fueron silenciadas no desaparezcan del todo.
    Como valoración global, Ellas y un libro no publicado es un relato sensible, honesto y literariamente sólido, que destaca especialmente por su autenticidad emocional y por la dignidad con la que retrata a las mujeres anónimas que sostuvieron la memoria colectiva desde el anonimato.

    Su mayor virtud no reside sólo en lo que cuenta, sino en la humanidad con la que lo hace.

  • TRAS LA VIDRIERA

    TRAS LA VIDRIERA

    Introducción:

    Este poema se adentra en la observación silenciosa del mal que habita en lo cotidiano, ese que se oculta tras apariencias pulidas, detrás de los muros y los cristales de una falsa transparencia.
    Tras la vidriera se convierte en metáfora del límite entre lo que se muestra y lo que se calla, entre la luz y la sombra humana.
    La autora nos sitúa frente a una escena cargada de densidad moral y emocional, donde la mirada es testigo y cómplice, pero también refugio ante la malicia que se gesta tras el cristal.


    TRAS LA VIDRIERA

    Tras la vidriera,
    un mundo inmenso
    carga las vidas ajenas:
    de devenires,
    de luces oscuras,
    de falsas palabras
    construyendo maldades
    que comerá la hiena.

    Amalgamas de gentes
    sin notar la presencia
    de unos ojos que escudriñan
    tras los visillos,
    tejidos con largos hilos
    de podredumbre y miserias.

    Cuando la mirada se torna malicia,
    cuando la respiración se envenena,
    cuando cae la noche negra,
    llega la hora de retornar
    junto a la vidriera,
    para contemplar el rostro
    del monstruo que acecha,
    tras los muros lamidos
    por la mala sangre
    de quien habita en ella.

    La respiración se hace densa,
    hasta nublar el cristal
    que lo atraviesa.
    Las voces se acercan
    con pisadas lentas,
    anunciando pesares
    entre tinieblas.

    Ojos de mala gente,
    alimentando entrañas
    que escupen falsedades
    sobre el infierno
    que espera paciente
    a las malas lenguas.

    La luz del día
    espanta a la hiena,
    rompiendo el hechizo
    de amargas vidrieras.


    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.


    Crítica literaria:

    Tras la vidriera es un poema de profunda carga simbólica y moral. En él se percibe una atmósfera de vigilancia, de desconfianza hacia lo humano, donde las apariencias
    —representadas por la vidriera— no logran contener la corrupción. El poema oscila entre lo contemplativo y lo acusatorio, entre la denuncia y la introspección.

    El uso de imágenes como la hiena, los muros lamidos o los visillos tejidos de podredumbre aporta una fuerza expresiva intensa, casi pictórica, que deja ver el trasfondo oscuro del alma social. La autora utiliza una cadencia sobria, con versos que respiran a través del silencio y la tensión, logrando una poética visual de contrastes: luz y sombra, verdad y máscara, interior y exterior.
  • BESOS PROPIOS

    BESOS PROPIOS

    Introducción al poema:

    Este poema nació de una sensación profunda de desconcierto corporal, de ese pequeño asombro que sentimos cuando descubrimos que, aun siendo dueñas de nosotras mismas,  hay gestos de ternura que nos son imposibles de darnos. Surgió un día en el que imaginé un abrazo propio, jugando con la ternura y el absurdo, con la libertad de escenificar algo abstracto y  liberarlo.

    En realidad, es un canto a la reconciliación con el propio cuerpo, con el propio yo, al amor propio repartido en muchos trocitos, a la aceptación de nuestra rara y hermosa humanidad física, poniendo acento de humor a lo cotidiano.


    BESOS PROPIOS

    A santo de qué
    no pueden llegar mis labios
    a mi mejilla
    para comerme a besos yo misma.

    A santo de qué
    no puedo alcanzar a abrazar
    mi cuerpo con mis propias manos.

    ¡Qué cuerpo tan raro!,
    alcanzo mil cosas
    sin conseguir yo misma
    darme un abrazo.

    Poder rodear mi hermosura
    en un cálido apretón
    que recoja cada centímetro
    de mi diámetro.

    ¡Ay chiquilla!
    Has dado por fin con la solución
    a tu cuerpo raro,
    no es que no puedas llegar,
    es que es mejor hacerlo
    a trocitos en muchos abrazos.

    ¿Quién dijo que la cuadratura
    del círculo es pertenencia
    de enigmas matemáticos?

    Es simplemente imaginar muchos mimos,
    sin necesidad de reglas ni trazados.


    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.


    Crítica literaria de “BESOS PROPIOS”.

    BESOS PROPIOS es un poema que transforma una reflexión aparentemente sencilla y cotidiana en una meditación profunda sobre el amor propio, la percepción del cuerpo y la necesidad humana de ternura.

    Su gran acierto reside en cómo utiliza una idea casi infantil —la imposibilidad física de abrazarse completamente a uno mismo— para abrir una puerta hacia emociones universales.
    El poema posee una voz cercana, cálida y conversacional.

    Esa naturalidad hace que el lector entre en él sin esfuerzo, como quien escucha una confidencia dicha en voz baja. La repetición inicial de “A santo de qué” aporta musicalidad y crea un tono entre el desconcierto y la inocencia, muy eficaz para introducir el conflicto emocional del texto.

    Uno de los aspectos más valiosos del poema es la humanización del propio cuerpo. El cuerpo aparece como algo extraño, limitado y a la vez profundamente amado.

    Esa contradicción le da fuerza al poema: la imposibilidad de abarcarse completamente termina convirtiéndose en una metáfora de la identidad humana, de todo aquello que nunca logramos comprender del todo sobre nosotros mismos.

    El giro del poema llega con “¡Ay, chiquilla!”, un verso que introduce una voz interior maternal, sabia y protectora. Esa aparición cambia el tono del texto y aporta consuelo.

    A partir de ahí, el poema deja de ser una pregunta para convertirse en una aceptación luminosa: no necesitamos abrazarnos de una sola vez, porque la vida se compone de pequeños gestos, de “muchos abrazos”.

    El cierre enlaza lo emocional con lo simbólico mediante la referencia a “la cuadratura del círculo”.

    Esa imagen introduce un matiz filosófico y poético muy interesante: aquello que parece imposible no siempre necesita resolverse con lógica, sino con imaginación, ternura y libertad emocional.

    En conjunto, BESOS PROPIOS destaca por su sensibilidad, su originalidad conceptual y su capacidad para hablar de la autoestima sin caer en solemnidades.

    Es un poema delicado, cercano y profundamente humano, donde la ternura se convierte en una forma de pensamiento.
  • INCOMPLETO

    INCOMPLETO

    Introducción:

    En Incompleto, María canta a la belleza de lo imperfecto como una forma de verdad. La mirada poética se posa en lo que pasa desapercibido: las ramas retorcidas, los trazos inacabados del día, las raíces que tejen silenciosamente el tiempo.
    Cada imagen es una celebración de lo efímero, una invitación a reconocer la plenitud que habita en lo que no se termina.
    El poema es también una reflexión sobre la mirada —esa capacidad humana de encontrar sentido y pureza en lo que carece de perfección—, y sobre los sueños como fuerza vital que da sentido a lo transitorio.


    INCOMPLETO

    La belleza de lo incompleto
    me asombra cada día,
    en cada momento que observo:
    ver aquello que se muestra imperfecto,
    que revela ante mis ojos lo efímero,
    lo insuperable de la excelencia
    de todo cuanto es incierto.

    Las ramas retorcidas de un árbol
    son su identidad y su sello,
    y siento que las formas de lo bello
    aparecen en pequeños trozos de tiempo.

    Los pinceles de cada día
    dibujan instantes cargados de belleza,
    pero incompletos.

    Sé que lo efímero
    es seguir construyendo,
    sabiendo que, a cada paso,
    todo va desapareciendo,
    guardándose en el alma
    pegado al sentir incierto.

    Lo imperfecto es el origen,
    lo sublime de mirarnos sin complejos,
    lo hermoso de sabernos incompletos,
    para nutrirnos de fuentes
    cargadas de anhelos,
    de deseos.

    Los sueños se transforman en realidades
    cuando sabemos mecerlos;
    se convierten en claridades
    que impulsan el caminar,
    el recuerdo.

    Sueños,
    esos que empujan el ánimo
    al levantarnos cada mañana,
    en busca de trocitos de vida,
    devorando hasta el hartazgo:
    el aire fresco,
    la luz tímida,
    el aroma intenso.

    Ella sabe de flujos cristalinos,
    entre líneas torcidas,
    de raíces sinuosas
    que tejen el tiempo.

    Mirar de frente cada detalle,
    intuyendo el crecimiento
    de la imagen que se va filtrando
    hasta agarrar las entrañas
    y cortar el aliento.

    Nada es imperfecto
    cuando una mirada observa
    sin temores ni miedos.

    Sueños,
    aquellos que rinden la mirada
    para empapar de frescura
    el crecer de la vida,
    solo con trocitos,
    sin alcanzar lo perfecto
    de cada sentir,
    de cada momento.

    Imperfecto:
    miradas que atrapan
    lo efímero de cada instante,
    de cada momento.


    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.


    Crítica literaria:

    En Incompleto, María ahonda en una meditación poética sobre la imperfección como esencia vital. La voz lírica se expande en una contemplación más madura, donde la naturaleza y la interioridad humana se funden en un mismo lenguaje.

    El poema avanza como un fluir continuo, con un ritmo tranquilo y reflexivo que invita a detenerse en cada imagen. La metáfora de las raíces sinuosas que tejen el tiempo introduce un tono más terrenal y orgánico, mientras que los flujos cristalinos aportan una sensación de pureza y movimiento. Ambas imágenes dialogan entre sí, simbolizando el equilibrio entre lo tangible y lo espiritual.

    María logra construir una poética de lo inacabado, donde la perfección se redefine como la aceptación de lo que somos en tránsito. La estructura del poema —dividida en bloques que van desde la observación exterior hasta la reflexión interior— refuerza esta idea de evolución, como si el texto mismo estuviera en perpetua creación.

    El cierre, con esa afirmación final: “Imperfecto: miradas que atrapan lo efímero de cada instante”, resume la esencia del poema en un solo gesto: la belleza está en contemplar, no en mirar.

    Incompleto es, en definitiva, una meditación luminosa sobre la imperfección como motor de vida y de arte.


    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.
  • GIGANTES

    GIGANTES

    Introducción al poema “GIGANTES”:

    Desde niña escuché que los gigantes no se miden en metros ni en fuerza, sino en la hondura del alma.
    Crecí observando cómo las personas más grandes que conocí apenas ocupaban espacio: su presencia se sentía en lo que daban, no en lo que mostraban.

    Este poema nace de esa enseñanza, de la certeza de que los verdaderos gigantes caminan despacio, miran de frente y dejan huellas invisibles en quienes los rodean.
    A veces, basta una palabra sencilla, un gesto pequeño o una caricia sin ruido para engrandecer el mundo.

    GIGANTES es un homenaje a esas almas silenciosas que me enseñaron a mirar lo diminuto con ojos de gratitud, y a volar alto sin despegar los pies de la tierra.


    GIGANTES

    Desde pequeña me enseñaron
    que los gigantes crecen
    sin necesitar brazos largos,
    ni cuerpos grandes,
    ni zancadas de enormes zapatos.

    «Mariquilla, lo grande
    no entiende de espacios;
    solo necesita que el alma
    camine lento,
    para notar todos los matices
    que guarda cada color,
    cada mirada, cada ser vivo
    dentro de tu mundo cercano».

    No pienses que la grandeza
    está en el tamaño;
    a veces, lo más pequeño
    te hace sentir
    cuán grande puede ser
    algo que casi no vemos,
    pero soñamos.

    Con los pies en el suelo,
    pisando fuerte,
    no dejes jamás de volar alto,
    para percibir la esencia
    de las pequeñas cosas
    que nos rodean a diario,
    esas que casi no se ven
    por su pequeño tamaño,
    pero que guardan gigantes:
    sentires que le darán alas
    a tus pequeños pasos,
    sin que necesites mucho
    para tu vivir diario.

    Sentires gigantes,
    de pequeño tamaño.


    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.

    Crítica literaria.

    Tema y tono:

    El poema es una oda a la humildad y a la verdadera grandeza del alma. Desde la primera estrofa, se percibe una voz materna o ancestral que enseña a la niña —la “Mariquilla”— que la magnitud de un ser no está en su apariencia, sino en su profundidad emocional y espiritual.
    El tono es cálido, tierno y reflexivo, cargado de sabiduría cotidiana.

    Estructura y ritmo:

    La estructura fluye con naturalidad. La división en bloques ayuda a respirar el poema y a reforzar la progresión de ideas: primero la enseñanza, luego la reflexión, y finalmente la invitación a vivir desde la sencillez.
    Los versos son de extensión variable, pero bien dosificados, lo que da musicalidad sin forzar la métrica.

    Lenguaje y recursos:

    El lenguaje es claro, de una pureza emocional que emociona.
    Destacan el uso simbólico de los “gigantes” como metáfora del valor interior y la contraposición entre lo grande y lo pequeño como hilo conductor.
    La repetición del adjetivo “pequeño” y su contraposición con “gigante” crean un bello juego semántico que sostiene la esencia del poema.

    Verso final:

    “Sentires gigantes, de pequeño tamaño” cierra magistralmente la composición. Resume toda la enseñanza en una sola imagen poética de enorme poder emocional. Es un verso memorable, con fuerza y ternura a la vez.

    En conjunto:

    GIGANTES es un poema entrañable, lleno de luz interior. Transmite una enseñanza vital sin didactismo, desde la ternura y la experiencia.

    La voz poética abraza, no impone; guía desde el amor y la sencillez. Es un texto que deja huella por su honestidad y su profundidad afectiva.