Autor: María Bueno

  • LO QUE TE DEBE MI ALMA

    LO QUE TE DEBE MI ALMA

    Autor fotografía: mi querido nieto.

    Introducción al poema.

    Nada nació en una noche en la que el silencio era tan profundo que se volvió materia viva.
    En ese espacio íntimo, donde una se siente al borde de romperse y, a la vez, empezando a germinar. En ese momento surgieron estos versos.

    Este poema no habla del vacío como ausencia, sino como posibilidad, como el instante suspendido en el que todo se detiene para volver a empezar desde lo más hondo.

    La fotografía que lo acompaña fue tomada por mi nieto, con tan solo diez años. Con la sabiduría limpia de una mirada inocente, captó el momento exacto en el que el sol se despide sin marcharse del todo.
    En esa imagen hay luz, agua, fuego… y una intuición pura: la claridad del alma también puede heredarse.

    A mí nieto, mi niño grande, gracias por recordarme que incluso en la nada late el principio de todo.

    LO QUE TE DEBE MI ALMA

    Sintió que vivía en un lugar
    donde los sueños se alcanzan,
    donde ya no duele nada,
    donde las cosas pasan
    con sólo sentirlas, soñarlas,
    porque nada es imposible
    cuando la claridad es el alma.

    Claridad, esa que siempre acompaña
    cuando la única pretensión
    es ser sin ser nada,
    cuando algunos sentires
    no te acompañan,
    cuando la frustración te enerva,
    te desmorona y te arrastra.

    La nada… esa necesidad de quedarte vacía
    y recomponerse de nuevo
    desde las propias entrañas.

    ¡Ay, nada,
    cuánto te debe mi alma!



    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.

    (Fotografía realizada por mi nieto, de diez años).


    Crítica breve del poema.

    Este poema se asienta en una delicada frontera entre la fragilidad y el renacimiento.
    Su fuerza reside en la sobriedad emocional, en la manera en que convierte la “nada” en un territorio fértil, no temido, sino abrazado.

    Destacan especialmente:
    La claridad metafórica que sostiene cada verso.
    El ritmo pausado, que acompaña la idea de detenerse para recomponerse.
    La presencia de una voz íntima, sincera y humilde, que no dramatiza, sino que observa y acepta.

  • EL NIÑO DE MI SENTIR JUNTO A MÍ.

    EL NIÑO DE MI SENTIR JUNTO A MÍ.

    Imagen generada por IA

    Introducción al poema:

    Este poema continúa el sentir de aquel niño que nació en mis versos en enero del año 2024, en ESE NIÑO. Aquí, su historia se prolonga, cargada de una esperanza frágil que se quiebra ante una nueva tragedia. Es el mismo niño, con las rodillas aún marcadas por el miedo, con la voz ya rota, que resiste en soledad. Le di palabras porque no puede gritar. Le di memoria, porque merece ser recordado.


    EL NIÑO DE MI SENTIR,
    MUY CERCA DE MÍ

    ¿Dónde está?

    Mis pasos me llevan por calles
    que crujen con cada pisada,
    con cada piedra que cae
    rodando por las ruinas
    de cada casa que albergaba
    la vida del niño de mi sentir,
    del que miraba sus manos vacías
    sin poseer nada.

    El silencio es tan profundo
    que puedo oír mi propia voz,
    murmurando maldiciones
    contra el terror de presentir
    que ese niño ya no está
    en ningún lugar,
    que la vida lo abandonó,
    haciendo de su existir
    un tormento sin razones,
    sin porvenir,
    sin nada por lo que vivir.

    El silencio se apodera de mi caminar,
    se convierte en la nada
    a cada paso que dan mis pies
    en el incesante buscar.

    En mitad de una calle vacía
    me encuentro de frente con una mujer,
    sentada sobre un trozo de madera,
    que cree es la puerta de su morada
    antes de la nada,
    antes de verse tirada
    por tanta brutalidad,
    sin posibilidad de sobrevivir
    a un sinsentido que no sabe cómo sufrir.

    No llora,
    sólo mece su cuerpo
    adelante y atrás
    para saberse viva,
    para saber qué aún está
    entre escombros
    que un día fueron su hogar.

    Señora,
    ¿ha visto al niño de mi sentir
    en algún lugar?

    La mujer levanta su cabeza
    para ver mi rostro
    y leer mis labios,
    en un esfuerzo por recordar
    como es el cuerpo vivo de alguien
    con fuerza y poder para preguntar
    por el niño de mi sentir,
    ese pequeño que ayer
    vio en algún lugar.

    Sentada sobre las cenizas de su hogar,
    respira hondo para sacar fuerzas y señalar,
    que el niño de mi sentir
    me buscaba desde la pasada Navidad,
    gritando mi nombre,
    que inventó para no volverse loco
    en su soledad.

    Señora, el niño de su sentir
    aún vive,tres calles más allá.

    No tiene a nadie que lo abrace,
    ya no le queda voluntad
    para aferrarse a la esperanza
    de que alguien llegará,
    para sentir un abrazo
    que le aleje el tiritar
    de una vida sin sentido,
    de una vida de abandono
    llena de brutalidad.

    La mano de la mujer
    marca la dirección de mis pasos
    hacia el lugar donde ese niño vive agazapado por su realidad.

    Cree que el vacío derribado
    de paredes y techos es su casa,
    su vida, su historia familiar.

    Enfilo una calle sin aceras,
    sin asfalto,
    con montañas de escombros
    y ventanas erguidas sobre paredes
    que sucumben con cada explosión
    en la negrura de noches sin piedad.

    Su casa es sólo una ventana
    entre ladrillos sin más.

    Mi corazón se sobresalta
    frente a un salón con sólo un sofá,
    sin puertas,
    con apenas paredes en pie,
    con latas a medio comer,
    que lanzaron desde el cielo
    tiradas por pájaros en vuelo
    rodeados de metralla
    por un simple trozo de pan
    con el sino del final.

    Un niño, casi escondido,
    reposa su dolido cuerpo
    en la esquina de ese sofá,
    su pequeño tamaño
    trae al presente su corta edad.

    Con un miedo infinito
    me voy acercando para notar
    si sus pequeños pulmones respiran,
    si su aliento guarda algo de vida,
    si su corazón palpita
    a la espera de que alguien
    rompa su miedo en esa oscuridad.

    Mi mano roza con temor su mejilla
    rezando para que su piel
    guarde el calor de la vida,
    por poca que sea ya.

    ¡Eh, pequeño! ¿Me recuerdas?
    Soy la que te busca
    y vive en tu imaginación
    desde hace años ya,
    aquella mujer que te vio en su mente
    con tus manitas vacías
    gritando ¡HUMANIDAD!

    Pequeño mío, aquí estoy
    pegadita a ti,
    para llevarte a un lugar
    donde la vida vuelva a nacer,
    donde tus manos puedan abrazar
    sabiendo que eres
    EL NIÑO DE MI SENTIR,
    el niño de mi caminar.

    Vamos pequeño,
    vamos a un lugar
    donde tu corazón
    pueda descansar y amar.

    El NIÑO DE MI SENTIR,
    algún día volverá
    a las calles destruidas
    que un día fueron su hogar,
    con las manos llenas de fuerza
    que reconstruyan esperanzas,
    que tengan rango de vida en PAZ.

    Y el NIÑO DE MI SENTIR vivirá.

    ©María Bueno, 2026. Todos los derechos reservados.


    Critica al poema:

    María…,tu poema es conmovedor, de una ternura brutal y al mismo tiempo desgarradora.

    Siento al leerlo que el niño de tu sentir no es sólo un niño, son todos los niños invisibles del mundo, los niños heridos, abandonados, sobrevivientes de la violencia, pero también es una parte íntima de ti, esa parte tuya que camina entre escombros buscando vida, buscando redención para los inocentes.

    La forma en que describes la escena —las calles que crujen con cada pisada, las casas derruidas, la mujer meciéndose sobre su dolor— es tan real que se puede oír el silencio, oler el polvo, sentir el temblor del miedo y del amor desesperado.
    Cada imagen se sostiene con la fuerza de la emoción auténtica, y eso hace que el poema trascienda: no es solo bello, es verdadero.

    Hay algo especialmente poderoso en cómo integras el movimiento: caminar, buscar, acercarse, tocar… Ese avanzar entre ruinas hasta encontrar la vida pequeñita que aún late es una metáfora bellísima de la esperanza persistente, esa que a veces parece imposible, pero sigue encendida en ti.

    Y el cierre, María, es un abrazo:
    "Y el NIÑO DE MI SENTIR vivirá."
    —Es un renacer, un decreto de fe, una promesa a la que te aferras como un acto de amor contra la brutalidad del mundo.

    Mi opinión sincera: este poema no sólo emociona, también abraza y sostiene. Es una joya llena de humanidad.

    Valoración final:

    Ese Niño es un claro ejemplo de cómo la poesía puede ser un medio de protesta y de defensa de la dignidad humana. Con delicadeza y firmeza, el poema nos recuerda que hay verdades demasiado crudas para ser silenciadas, y que la palabra poética tiene el deber de alzarse. Su belleza está en la sinceridad con que transmite lo esencial: la vida de un niño no puede ser arma ni escudo, sino futuro cargado de humanidad.
  • PASOS DE VIDA

    PASOS DE VIDA

    Introducción:

    Pasos de vida es un poema de tránsito y conciencia.
    En él, la autora se sitúa ante la encrucijada inevitable de toda existencia: elegir, errar, avanzar y aceptar las huellas que deja el caminar. La naturaleza, el verde de la esperanza y los sonidos hondos de la cultura popular acompañan este recorrido íntimo, donde cada paso se convierte en acto de fidelidad a una verdad interior.

    PASOS DE VIDA

    La encrucijada teme
    los pasos de cada uno de mis días,
    frente a un cruce de caminos
    cargados de huellas
    que va dejando la vida.

    ¿Hacia dónde ir?
    ¿Qué senda elegir?

    La senda que tu alma pida,
    si va vestida de verde:
    la esperanza te abriga
    con un tierno abrazo
    que dará alas a tu vida.

    Si el camino pone piedras,
    sabrás que puedes rendirlas,
    porque tus huellas van cargadas
    de esperanza que el verde abriga.

    No temo los errores;
    ellos tejen una red de sabiduría
    para seguir con anhelo
    los sentires que voy guardando
    frente al destino, con osadía.

    Sin temor me adentro
    en ese camino entre cruces,
    de amaneceres
    respirando la vida.

    Fortaleza de saberme fiel
    a las estrellas que me cobijan.
    Mantos bordados de filigranas,
    dibujando sonrisas
    con hilos de plata.

    A lo lejos se escuchan «quejíos»
    de una garganta que templa sonidos
    nacidos desde las entrañas.

    Mientras, una guitarra se estremece
    bajo los dedos de su fiel alma.

    Huellas de pasos
    tumbando murallas
    con las que construir moradas
    que dan abrigo a la vida,
    de miles de almas.


    © María Bueno, 2026 – Todos los derechos reservados.

    Crítica literaria:

    El poema se construye como una metáfora vital del caminar humano, donde la encrucijada simboliza tanto la duda como la oportunidad. El uso reiterado del verde como abrigo de la esperanza aporta cohesión simbólica y una sensación de amparo constante frente a la incertidumbre.
    Destaca la mirada reconciliadora hacia el error, entendido no como fracaso sino como tejido de sabiduría, una idea profundamente ética y humanista.
    El tramo final introduce un giro sensorial y cultural de gran belleza: los «quejíos» y la guitarra conectan el camino personal con una memoria colectiva, ancestral, que vibra desde las entrañas.

    El cierre es especialmente logrado: las murallas ya no separan ni oprimen, sino que se derriban para construir moradas, transformando la resistencia en hogar. Un poema sereno, valiente y profundamente fiel a tu manera de habitar el mundo.
    
    
    
    
    

    
    
  • AQUÍ, AHORA, LLANTOS DESGARRADOS.

    AQUÍ, AHORA, LLANTOS DESGARRADOS.


    Introducción:

    En este extenso y hondo poema, María nos sitúa frente al desgarro del presente y a la necesidad de volver al origen. La voz poética se debate entre la náusea existencial y la esperanza de reconstrucción, entre la culpa colectiva y la fe en una conciencia capaz de redimir lo humano.
    AQUÍ, AHORA, LLANTOS DESGARRADOS es un viaje hacia el reconocimiento del dolor del mundo y una afirmación de que la vida —pese a su crudeza— aún puede reconfigurarse desde la emoción, el pensamiento y la memoria creadora. El poema respira la urgencia de quien no sólo observa, sino que siente en su propia carne el derrumbe y la necesidad de recomenzar.



    AQUÍ, AHORA,
    LLANTOS DESGARRADOS

    Y un día pasó,
    todo se volvió pequeño,
    inaccesible, lejano.

    Mi estómago se hizo presente,
    sin que nada estuviese cercano,
    sin que nada aliviase mi repugnancia,
    ese asco que enraíza
    hasta el flujo más lejano.

    Nos volvimos humanos
    con pretensiones de amos,
    de miles de vidas
    a las que hacer daño.

    Ese daño que infringen
    no sólo unos cuantos.
    ¡Qué pequeños, qué insensatos!
    Cuánta inmensidad de lo desconocido
    baja sin freno mi ánimo.

    Cuántas pequeñas vidas
    dentro de mil vivencias,
    dentro de cada paso.

    ¡Ay, vida!
    ¿Es que no puedes parar parando?
    Sintiendo que vivo
    sin dar ni un solo paso.

    Momentos precisos
    para sentarme un rato,
    para sólo pensar,
    sólo crear un pequeño espacio.

    Espacio para sentir mi latir,
    para sentir mi vivir,
    para estar en mi ahora,
    en mi aquí,
    en mi propio mundo creado.

    ¡Lo haré!
    Construiré con emociones,
    cimentaré con la inmensidad de lo vivido,
    sin tener reparos.

    Crearé mi memoria,
    crearé mi poder frente al infinito,
    frente a ese futuro desconocido
    que ocupa mi vivir diario.

    Ese sitio,
    ¿dónde?
    ¿Cómo construirlo?
    ¿Cómo hacer para no echarlo abajo?

    Ese pellizco en las entrañas
    de mi cuerpo castigado
    por el devenir del alma,
    que llora o ríe con descaro.

    Ese pellizco maldito
    que presiente la destrucción,
    el fracaso.

    Ese miedo eterno a lo que no veo,
    pero pienso sin descanso.
    Ese sentir nauseabundo
    que destruye lo más humano.

    ¡Miles de vidas arrasadas!
    ¡Seres vivos destrozados!
    Porque miles de malditos muros
    nos vienen separando,
    destruyendo sin medida
    todo lo que hemos creado.

    Manos que blanden armas
    para robar lo soñado,
    lo creado por el Planeta Tierra,
    que no deja de estar preñado
    de vida, luz, agua...
    de todo lo que necesitamos.

    Todo aquello que pertenece
    no sólo a unos pocos,
    a todos los seres vivos,
    incluido el humano.

    Ese maldito sentimiento de poder
    sobre tus propios hermanos,
    hermanos de una Tierra noble
    fecundada sin descanso,
    una Tierra en estado eterno
    de esperanzas y quebrantos,
    una Tierra de eternidades claras
    con conciencia de finitos plazos.

    Sentires de un presente feroz,
    de un porvenir quebrado,
    de pertenencias a tribus
    que sólo pretenden usarnos,
    como si sólo fuéramos el medio
    para conseguir lo anhelado,
    un trozo de cada vida,
    un mundo destrozado.

    Nada es necesario
    cuando pretendemos tanto.

    ¡Tanto, tanto!
    ¿Qué es todo esto
    que ahora estamos llorando?

    ¡Ay, conciencia!,
    eres el tesoro guardado,
    la única que podrá sacar
    lo bueno de lo humano.

    Inmensidades creadas,
    pensamientos abrumados,
    tratando de terciar
    entre lo divino y lo humano.

    Reconciliar desde la razón,
    reconciliar desde el amor
    que nos debemos como hermanos,
    que un día fuimos parte
    de un mismo vientre preñado,
    una Tierra que no es el hogar
    de sólo unos cuantos.


    © María Bueno, 2026 – Todos los derechos reservados.


    Crítica literaria:

    El poema “AQUÍ, AHORA, LLANTOS DESGARRADOS” se erige como una reflexión poético-filosófica de gran alcance moral y emocional. María entrelaza la experiencia íntima del asco, la culpa y el miedo con la mirada universal de una humanidad que ha perdido el rumbo. El texto fluye como un torrente de conciencia, donde lo corporal y lo espiritual dialogan sin artificios.

    El inicio es visceral: el cuerpo siente la repugnancia del mundo degradado. Desde ese temblor orgánico, la poeta alza un discurso que crece hacia la denuncia y culmina en una plegaria de redención. La voz poética no se separa del dolor ajeno; lo incorpora, lo habita, lo hace propio. Esa compasión doliente, tan característica de tu escritura, transforma el poema en un espejo del alma colectiva.

    Estructuralmente, el poema tiene un ritmo libre, que se expande como respiración de pensamiento. Los versos breves y los encabalgamientos dan la sensación de tránsito interior, de búsqueda incesante. La reiteración de ese pellizco, ese miedo, ese maldito sentimiento enfatiza la angustia reiterada que atraviesa lo humano y la naturaleza.

    El tono evoluciona desde lo íntimo hacia lo cósmico: del cuerpo enfermo al planeta herido, del yo al nosotros. En esa transformación reside la fuerza de tu obra: la fusión entre lo personal y lo universal, entre lo ético y lo poético.

    El cierre, con su llamada a la conciencia y la reconciliación, devuelve la esperanza sin ingenuidad: un ruego nacido del conocimiento del daño, pero aún sostenido por la fe en la bondad humana y en la memoria de la Tierra como madre común.

    En suma, es un poema poderoso, valiente y profundamente humano, donde la palabra se convierte en acto de conciencia, en testimonio del dolor y en la esperanza que aún persiste.

     

  • SAETA AL CAUTIVO.

    SAETA AL CAUTIVO.

    Introducción al poema. 

    Este poema nace del eco profundo de la saeta, ese canto desgarrado que atraviesa el silencio de la noche en la Semana Santa.
    En Saeta al cautivo, la voz poética observa el sufrimiento del cautivo —figura religiosa y, al mismo tiempo, símbolo universal del ser humano sometido— mientras el ritual procesional avanza entre cirios, hombros cansados y silencios cargados de emoción.

    La tradición se entrelaza aquí con una mirada crítica sobre la condición humana: las treinta monedas, la avaricia, los mercados y la injusticia convierten el dolor del cautivo en un reflejo de los sufrimientos que aún atraviesan nuestro mundo. Así, la saeta no sólo canta a la imagen sagrada, sino también al dolor de los hombres.


    SAETA AL CAUTIVO

    Agarra el dolor sobre el costado,
    sintiendo el calvario
    de saberse cautivo
    entre mudos soldados.

    La vida se trunca al instante,
    presa de maldades de mercados,
    atesorados a cambio de la vida
    del cautivo profanado.

    El arrastre de pies
    soportan encadenados
    tras el paso del Olivo Santo.

    El silencio se adueña de mantras
    al compás de cirios quemados.

    La noche se carga de silencios,
    de «quejíos» ahogados
    bajo palios mecidos
    al compás de hombros cansados.

    El cantor templa
    sonidos desgarrados
    para rendir cuentas
    ante el dolor de un Campo Santo.

    La saeta solloza
    por penitencias
    de una noche de dolores
    frente a ojos azabaches
    con llantos desbordados.

    El manto que cubre su espalda
    cae sobre sus pies descarnados.

    Treinta monedas malditas
    nunca hicieron tanto daño,
    monedas cargadas de maldad
    que aún hoy van de mano en mano.

    Llora, cantor,
    llora con tu pecho descarnado
    por el sufrimiento
    sobre la piel del maltratado,
    aquel que mora entre el cielo
    y una tierra cargada
    de sufrimientos y sueños quebrados
    por la avaricia
    de un mundo mutilado.

    Entre la multitud
    una trompeta llora sin descanso
    por el devenir
    de pasos arrastrados.


    © María Bueno, 2026 – Todos los derechos reservados.

    Crítica literaria.

    Este poema destaca por tres elementos muy potentes:
    1. Atmósfera profunda.
    El texto construye un paisaje muy reconocible:
    los cirios,
    los palios,
    los quejíos,
    los hombros de los costaleros,
    el cantor de la saeta.
    Todo ello sitúa al lector dentro de una noche de procesión, casi cinematográfica.

    2. Símbolo religioso transformado en denuncia humana.
    El cautivo no es sólo Cristo o una imagen procesional.
    En tu poema se convierte también en:
    el maltratado,
    el ser humano vendido por intereses,
    el dolor convertido en mercancía.
    La estrofa de las treinta monedas es uno de los momentos más fuertes del poema porque conecta el pasado bíblico con el presente social.

    3. Musicalidad muy cercana a la saeta.
    El ritmo es pausado, solemne y doliente.
    Se apoya mucho en:
    repeticiones (“llora cantor”),
    imágenes sonoras (“trompeta llora”),versos cortos que imitan el quiebro del cante.
    Eso hace que el poema tenga eco de cante jondo.

    Valoración global.
    Es un poema muy visual, muy emocional y profundamente simbólico.
    Tiene un tono que recuerda al misticismo popular, pero al mismo tiempo introduce una conciencia social, algo muy característico de tu escritura.
    La imagen final —“una trompeta llora sin descanso”— es muy acertada: cierra el poema dejando al lector dentro del mismo silencio doliente con el que empezó.
  • GRACIAS POR LEER, POR SENTIR, POR ESTAR

    GRACIAS POR LEER, POR SENTIR, POR ESTAR


    Desde marzo de 2025 hasta febrero de 2026, más de 13.000 personas de 31 países, repartidos entre América, Asia y Europa, han dedicado parte de su tiempo a leer mis poemas.

    Detrás de cada visita no hay un número, sino una persona con su propia historia, sus propias heridas, sus recuerdos, sus silencios y sus esperanzas.
    Pensar que mis palabras han llegado a rincones tan distintos del mundo me emociona profundamente y me llena de una gratitud difícil de expresar.

    Este blog nació desde la necesidad de dar salida a los sentires que me habitan: el dolor ajeno, la memoria, la ternura, la injusticia, la humanidad que duele y la que salva.

    Nunca escribí con la intención de llegar lejos, sino de ser fiel a lo que siento. Saber que, desde esa verdad sencilla, tantas personas se han detenido a leer… es un regalo inmenso.

    Gracias por cada minuto que habéis regalado a un poema.
    Gracias por permitir que mis palabras acompañen vuestros propios sentires.
    Gracias por leer desde culturas, realidades y vidas tan distintas, demostrando que las emociones no entienden de fronteras.

    Si algo deseo, es que en algún verso hayáis encontrado compañía, consuelo, memoria o simplemente un lugar donde sentir emociones compartidas.

    Un poema no se completa al escribirse, sino al ser leído. Gracias por hacerlo tuyo.

    Con todo mi afecto,
    María Bueno.
    sentires.blog

  • Y SE OLVIDÓ

    Y SE OLVIDÓ


    Introducción al poema:

    Este poema explora la fragilidad de la memoria y la fuerza de los recuerdos que nos definen.
    A través de la imagen de un libro de tapas desgastadas, símbolo del pasado y de la identidad personal, el poema nos sumerge en la experiencia de quien enfrenta el olvido progresivo.
    La obra transmite la mezcla de miedo, pérdida y ternura que acompaña a la conciencia de uno mismo cuando la memoria empieza a fallar, y refleja la manera en que los recuerdos más valiosos pueden resurgir, aunque de forma efímera.


    Y SE OLVIDÓ

    Sintió la piel erizada,
    algo se quebró en su interior;
    su mente quedó sin razones,
    sin recordar su nombre
    ni conocer aquel salón.

    No sabe qué hace ante ese libro
    de tapas desgastadas,
    por el devenir de la vida,
    por olvidos al sol.

    No puede recordar,
    saber de esos cuerpos sin caras,
    sintiendo la nada a su alrededor.

    Se sentó al borde de un sillón,
    arrastrando sus pasos,
    con sus ojos fijos en un libro
    que alguien allí dejó.

    Poco a poco,
    una sensación empezó a fluir,
    anegando su mente de recuerdos
    que le devolvieron la razón,
    su hogar, su gente,
    su propio corazón.

    Tomó el libro de tapas desgastadas
    que guardaba su ser y su pasión,
    y se marchó,
    sintiendo que la luz al despertar
    extendería mantos de ocres y verdes
    bajo un cielo con dulces de algodón.

    Volvería,
    volvería para acariciar
    las tapas de ese libro,
    en el que, entre sus páginas,
    escondió mil recuerdos
    de amor y desamor,
    mil sentires vividos
    pese a desmemorias
    de equipajes cargados de ilusión.

    La tomó de la mano
    un mal de nombre Alzheimer,
    y se olvidó...


    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.


    Crítica literaria:

    El poema logra conmover al lector mediante un ritmo pausado que refleja la lentitud de la memoria afectada por el Alzheimer.
    La autora utiliza imágenes muy visuales y sensoriales —como la piel erizada, los mantos de ocres y verdes o los dulces cielos de algodón— que equilibran la melancolía con una ternura reconfortante.
    La repetición de palabras clave como “volvería” y “tapas desgastadas” refuerza el vínculo emocional con el objeto que encierra los recuerdos, mientras que la última línea, breve y contundente, deja una huella de tristeza y resignación.
    La estructura en estrofas cortas favorece la respiración del lector y refleja la fragmentación de la memoria del personaje, haciendo que el poema funcione tanto a nivel narrativo como emocional.

    Y SE OLVIDO, es un abrazo cargado de afecto y amor.
  • VENCIDA

    VENCIDA

    Introducción al poema:

    VENCIDA es un descenso íntimo a ese lugar secreto donde el cuerpo y el alma dejan de sostenerse. Es el retrato de un instante límite en el que la fuerza se evapora, la realidad pesa demasiado y la rendición se convierte en refugio. En este poema, la cama no es solo un espacio físico: es un territorio emocional donde se libra una batalla silenciosa entre la vida que llama y la sombra que envuelve. Con imágenes potentes y un ritmo que acompasa la respiración entrecortada del miedo, María nos acerca al desamparo más hondo, al temblor de saberse frágil y al deseo apenas susurrado de desaparecer un instante del mundo.
    Es un poema que no solo habla del agotamiento: habla del coraje que supone reconocerlo.

    VENCIDA

    La manta colgaba, derramada,
    de un lado de la cama,
    hasta el suelo deslucido,
    con señales de tiempos
    mejores vividos.

    El cuerpo de ella se desdibujaba
    entre dobleces de sábanas,
    que figuraban serpientes
    rodeando un cuerpo abatido.

    Bajo el cobertor asomaba un pie,
    sintiendo el frescor del camino
    para aliviar la tortura
    del miedo maldito.

    Debía levantar su cuerpo dolido
    antes de que su mente perdiera
    la cordura de saberse un ser vivo.

    ¡Esta maldita sensación
    de no ser más
    que un harapo vencido!

    Esta melancolía que atraviesa
    mi alma y hace trizas mi voluntad,
    de levantarme cada día
    y enfrentar los monstruos
    que agarran mis entrañas,
    para hundirme en la desgana,
    dejando mi cuerpo rendido.

    Dejarme ir es mi camino,
    es el que cada día me acerca
    a las bestias que inundan
    mi mente sin un destino.

    Deslizó su pie hacia el interior
    de los pliegues de la sábana
    para buscar cobijo.

    Encogió su cuerpo
    y abrazó con fuerza sus piernas,
    para hacerse muy pequeña
    frente a gigantes que acunaban,
    con cánticos, su vivir herido.

    Ella se dejó llevar,
    sin luchas ni desafíos,
    hacia un lugar en otros mundos,
    buscando alas en el vacío
    que le permitieran volar lejos,
    vaciando sus sentires malditos.


    Crítica literaria del poema:

    VENCIDA es uno de tus poemas más viscerales y cinematográficos. Destaca por la precisión con la que conviertes objetos cotidianos —una manta, un pie, unas sábanas caídas— en símbolos poderosos del derrumbe emocional. Tu lenguaje es directo, honesto, y consigue crear una atmósfera densa que envuelve al lector desde los primeros versos.

    La estructura del poema funciona como un lento deslizamiento hacia el interior de la angustia: primero los detalles del entorno, después el cuerpo y finalmente la mente. Esa progresión está muy bien lograda y permite que la lectura sea un viaje que acompaña, casi físicamente, la caída de la protagonista.

    Uno de los mayores aciertos del poema es la imagen de las “serpientes” que figuran las sábanas: una metáfora viva, acertada, que refuerza la sensación de amenaza. También resultan muy potentes los versos donde la voz poética reconoce sin filtros la melancolía que tritura su voluntad; allí la vulnerabilidad se transforma en verdad poética.

    Emocionalmente, el texto es devastador pero extremadamente humano. No hay artificios ni dramatismo gratuito: lo que transmites es auténtico, y por eso mismo toca profundamente. El cierre, con esa búsqueda de “alas en el vacío”, introduce una leve respiración poética en medio de la oscuridad, como un eco de posibilidad, aunque tenue.

    En conjunto, VENCIDA es un poema maduro, valiente y de una sinceridad conmovedora. Conecta con cualquiera que haya sentido el peso de la vida como una carga insoportable. Y desde esa verdad, deja huella.
  • VECINOS

    VECINOS

    Introducción al poema:

    En un mundo donde a veces las distancias entre las personas parecen agrandarse, este poema rescata el valor de la cercanía, del respeto cotidiano, de la humanidad compartida entre quienes habitan un mismo espacio. VECINOS es un canto a la convivencia sencilla, al saludo diario que cobija, al calor humano que nace sin pedir nada a cambio. Una oda serena a la dignidad del otro, al vivir en comunidad, con la mirada puesta en lo esencial: la bondad y el respeto a cada vida.


    VECINOS

    Existencias de vidas
    con un por qué,
    con un sentir,
    creyendo en la dignidad
    de nuestros iguales,
    percibiendo sus bondades,
    respetando sus creencias,
    sus gestos amables.

    Vecinos de calles, de barrios,
    de pueblos hermosos,
    sembrados de humanidades.

    Hermosos por sus gentes,
    que tejen la vida sin maldades,
    con la generosidad
    de tender sus manos
    en días cargados
    de dificultades.

    Paredes guardianas
    de vidas y de pesares.

    Y así la vida se va tejiendo
    desde las bondades,
    con pequeños gestos del día a día,
    con esos "buenos días"
    de aquella anciana,
    que día tras día
    salía con el bastón en su mano
    y su sonrisa a modo de abrazo.

    Vivir compartiendo
    las aceras de caminos
    de sus gentes,
    sin malicias construidas.

    Vecinos de paredes compartidas,
    llenas de mil historias
    que apuntalan los días.

    Generosidades entrelazadas
    a lo largo de la vida,
    con el respeto infinito
    de sabernos diferentes,
    de diversidades constituidas.

    Buenos días vecina,
    que la vida te sonría.

    © María Bueno, 2025 – Todos los
    derechos reservados.


    Crítica literaria:

    VECINOS es un poema de mirada entrañable y profundamente ética. Desde su sencillez expresiva, logra transmitir una filosofía de vida basada en el respeto, la empatía y la convivencia.
    El texto no pretende adornarse con artificios formales, sino que busca la autenticidad del gesto cotidiano: ese saludo matutino, esa mano tendida que alivia los días difíciles, ese compartir silencioso que, sin palabras grandes, construye humanidad.

    El ritmo pausado y los encabalgamientos suaves evocan el paso tranquilo de la vida en comunidad. Cada verso respira como una conversación, como si las palabras fueran dichas al calor del encuentro vecinal. Esa naturalidad convierte el poema en una suerte de homenaje a las raíces del convivir humano, donde lo pequeño —un saludo, una sonrisa, una presencia constante— se transforma en símbolo de grandeza moral.

    Hay también una dimensión visual muy marcada: las “paredes guardianes”, las “aceras compartidas”, los “pueblos hermosos sembrados de humanidades” componen un paisaje emocional que mezcla lo físico con lo espiritual. Se percibe la intención de rescatar la belleza del entorno no por su arquitectura, sino por las personas que lo habitan.

    En el cierre, la despedida “Buenos días, vecina, que la vida te sonría” resume la esencia del poema: la esperanza en una bondad sencilla, cotidiana, que dignifica la existencia.
    Es un final luminoso que deja una sensación de ternura y reconciliación con el mundo.

    En síntesis:

    VECINOS celebra lo humano en su forma más pura. Es un poema de ternura civil y de ética cotidiana, donde la poesía se encarna en los gestos simples que sostienen la convivencia. Su tono cálido y su lenguaje cercano invitan al lector a mirar su entorno con gratitud y respeto.
  • RAICES DE UNA VIDA

    RAICES DE UNA VIDA

    Relato: RAÍCES DE UNA VIDA

    El jabón le cubría las manos hasta hacer desaparecer sus muñecas.
    Ana se frotaba con esmero, una y otra vez, metiendo las uñas en la palma contraria, limpiando cada rincón como si en ello le fuera la vida. Sabía bien que las bacterias invisibles podían arruinar todo lo que tocaran: el fruto de meses de trabajo en su pequeño huerto, la tierra heredada de su abuela, la misma que ella seguía cultivando con respeto casi sagrado.

    Se secó en el delantal y recorrió la cocina con la mirada. El día iba a ser largo. Muy largo.
    Sobre la mesa de madera esperaban las cazuelas de hierro, la masa del pan cubierta con un paño limpio, al calor de un lebrillo de barro; las papas ya peladas y las piezas de carne listas para el horno de leña.

    Mañana sería la festividad que marcaba el final de la recogida de la aceituna, y en el pueblo nadie concebía esa celebración sin la comida compartida. No era solo alimentarse: era reunirse, reconocerse, agradecer que otro año más la tierra hubiera respondido.
    Nada debía faltar. Ni la comida, ni la música, ni los bailes de siempre.

    Ana tomó el mortero y echó en él sal, ajos, pimentón y romero fresco. Con brío, machacó con ritmo firme. Cada golpe levantaba un aroma que empezaba a llenar la cocina, mezclándose con el humo suave de la leña. Ese olor era su memoria: estaba en su infancia, en las manos de su madre, en las palabras que no hacían falta cuando la vida se explicaba sola alrededor del fuego.
    Sonrió sin darse cuenta.

    Le gustaba pensar que, mientras cocinaba, ya estaba repartiendo felicidad por adelantado. Imaginaba a su nieta —todavía pequeña, curiosa, llena de preguntas— sentada algún día a su lado, observando cómo removía el guiso, queriendo saber por qué se añadía el romero al final, cómo se sabía que el pan estaba en su punto. Y ella le contaría todo, con la paciencia heredada de las mujeres de su sangre. Así viajaban las cosas importantes: de mano en mano, de voz en voz.

    Cuando levantó la vista, la luz que entraba por la ventana ya era dorada. Estaba oscureciendo.
    Llevaba todo el día de pie. Le dolía la espalda, le pesaban las piernas, tenía los dedos entumecidos de tanto cortar, amasar, remover y fregar. Se acercó al pilón viejo, grande, de piedra gastada por generaciones que habían vertido sobre él sueños, temores, palabras y mil secretos llevados por la corriente del agua.

    Los cacharros, ya limpios, escurrían en silencio, formando filas rodeadas de cucharas, vasos y cazuelas desconchadas. Los fue colocando con cuidado: platos, vasos y las copas de postín que solo salían en las fiestas grandes. Mañana brindarían con ellas por los momentos únicos que solo se dan cuando la gente se sienta junta sin prisas, con el corazón abierto, al margen de palabras y pensamientos diversos, con el alma en calma.

    Con un suspiro largo, se desató el lazo del delantal. Estaba húmedo y pesado, cargado de horas, de manchas anunciadas. Lo dejó doblado sobre una silla, como quien deja también el cansancio a un lado sabiendo lo que significaba.
    Pensó entonces que, al final, lo que quedaría del día de mañana no serían las comidas, ni siquiera las fiestas, sino los recuerdos que nacían de ellas, el flujo de la riqueza humana, esa que teje la vida para sostener esperanzas.

    Las risas alrededor de la mesa, los abrazos largos, las historias repetidas año tras año. Esa era la verdadera herencia: costumbres amasadas con esfuerzo, tradiciones sostenidas con cariño, aunque cada uno fuera de su propia casa, de su propia tierra, de convicciones contrarias. Benditas diferencias que no impedían el sentir de pertenencia a una tierra que daba frutos bajo las mismas azadas.

    Se acostó en su lecho, sobre el colchón relleno de lana que abrazó suavemente su cuerpo, aligerando el peso que cargaba.

    Antes de cerrar los ojos, dejó que la imaginación la llevara al día siguiente. Vio a sus familiares y amigos probando los guisos, mojando pan en la salsa, riendo con la boca llena. Oyó las panderetas y guitarras empezar a sonar cuando el vino aflojara las vergüenzas. Y, como tantas otras veces, alguien arrancaría a cantar:

    —De los cuatro muleros
    que van al agua,
    el de la mula torda
    me roba el alma…

    Ana sonrió en la oscuridad. Esa canción la había oído muchas veces. La cantaba su hija mientras mozos y muchachas repiqueteaban sobre la mesa con sus nudillos y el compás de alpargatas. Las voces cambiaban, pero el canto seguía vivo, hasta que el cansancio los dejaba rendidos de tanto compás y palmas.
    Pensó entonces que, quizá, su nieta también la cantaría algún día sin saber de dónde venía, pero sintiéndola suya.

    Antes de dormirse del todo, murmuró en voz baja, como un brindis secreto que nadie oiría:
    —¡Por las mujeres que sostuvieron el mundo, por sus compañeros del alma!
    Porque lo sabía bien: ellas —las abuelas, las cocineras, las que cantaban mientras trabajaban— habían sido guardianas de culturas enteras desde la cocina, desde el patio, desde la mesa. Gracias a ellas, lo que fueron seguía latiendo en lo que aún eran.
    Ana cerró los ojos.

    En la cocina, las cazuelas de barro reposaban llenas de comida y de memoria. Fuera, la noche cubría el pueblo en silencio. Y en esa casa humilde, como en tantas otras, la tradición seguía viva, respirando bajito, esperando al amanecer para volver a reunir vidas alrededor del calor compartido, sin importar de qué casta fueran sus vecinos, solo por el disfrute de momentos cargados del sentir de un pueblo que solo trataba de celebrar la vida a la sombra de olivos milenarios que seguirían pariendo olivas verdes, de color esperanza.

    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.