Autor: María Bueno

  • VENTURA

    VENTURA

    Introducción.

    En Ventura, reflexiono sobre tres estados del ser —ventura, fortuna y felicidad— despojándolos de todo artificio.

    No se trata de posesiones externas ni de reconocimientos públicos, sino de una experiencia íntima que nace sin impostura y sin necesidad de explicación.

    Mi poema defiende un territorio esencial: el del sentir sin necesidad de darle sentido.

    La felicidad no requiere ser razonada ni justificada; basta con ser percibida.

    Es un verbo que se conjuga en la piel antes que en la mente. En este espacio previo al análisis, el sentir existe por sí mismo, libre de obligaciones, libre de discursos, libre de cualquier intento de apropiación.
    La ventura, no es azar ni premio: es aquello que germina cuando la cordura permite que el sentir sea puro, sin usura, sin exhibición, sin posesión.

    VENTURA

    Ventura,
    lo que está dentro de ti,
    sin que nada pretenda usura.

    Fortuna,
    la de tener saberes
    sin impostura,
    sin alardes,
    sin necesitar púlpitos
    que alcen el grito
    de legiones oscuras.

    Felicidad,
    tu verbo sin necesitar sentido,
    sin ataduras.

    ¡Ay, felicidad!,
    esclavitud de poseerte
    en la locura,
    con el ansia de beber la eternidad,
    apresando tu sentir eterno,
    derramando tu simiente
    entre sinuosas amarguras.

    Ventura,
    lo que ha de venir
    por caminos fértiles
    sembrados de cordura.


    © María Bueno, 2026 – Todos los derechos reservados.

    Crítica.
    El poema se sostiene sobre una tensión muy significativa: la diferencia entre sentir y dar sentido. Al afirmar “tu verbo sin necesitar sentido”, la autora no propone vacío ni irracionalidad, sino una forma de autenticidad radical: la experiencia vivida antes de ser explicada.
    Esta idea atraviesa todo el texto.

    La ventura no admite usura; la fortuna no necesita púlpitos; la felicidad no soporta la posesión. Cada concepto se limpia de lo accesorio hasta quedar reducido a su esencia. La felicidad, cuando se intenta poseer o eternizar, se convierte en esclavitud; cuando se deja simplemente ser, se vuelve verbo libre.
    El cierre, “caminos fértiles sembrados de cordura”, equilibra el impulso emocional con una serenidad madura. No se trata de arrebato, sino de conciencia limpia: sentir plenamente sin que la reflexión imponga máscaras o exigencias.
    Es un poema sobrio, conceptual y honesto, donde la mayor fuerza reside en esa defensa callada del sentir sintiendo, sin necesidad de explicación ni conquista.

  • Relato: DOMINGO DE RAMOS

    Relato: DOMINGO DE RAMOS

    Introducción.

    Este relato nace del poema EL CHARCO, de María Bueno.
    Domingo de Ramos es un relato que emana de un recuerdo íntimo de la infancia y lo transforma en una escena universal: el momento en que una niña se enfrenta al pequeño dilema entre el deseo de jugar y la obligación de obedecer.

    A través de la imagen sencilla de un charco y unas botas de agua, el texto reconstruye la tensión silenciosa entre la curiosidad infantil y las normas heredadas del mundo adulto. El vestido de domingo, símbolo de cuidado, tradición y esfuerzo familiar, se convierte en el límite invisible que acompaña cada paso de la niña.

    Con una mirada llena de ternura, la narración avanza desde la aventura mínima de cruzar un charco hasta el recuerdo sereno de la vejez, donde la protagonista comprende el significado profundo de aquellas advertencias y del amor que las sostenía. El relato termina revelando que, detrás de cada norma repetida por una madre, había también sacrificio, protección y deseo de dignidad.

    DOMINGO DE RAMOS

    La niña se paró en seco al filo del charco, como si estuviera en territorio enemigo.
    El agua, quieta y turbia, cargaba barro en el fondo, y eso le recordaba el mantra mil veces repetido por su madre.

    Miró sus botas de agua y las sintió como un escudo: firmes, invencibles. Eran sus soldados.
    Estaba segura de que con sus botas podía navegar entre esas aguas amenazantes, cargadas de fango espeso, sin que el barro pudiera manchar ni un centímetro de su vestido de domingo.

    Apoyó un pie con cuidado, tanteando con la punta de su escudo de goma.
    El agua hizo ondas con un diminuto quejido. Nada importante. Entonces se arriesgó y posó toda la suela de goma, que acompañó con el segundo pie.
    Ya estaba dentro. ¡Debía conquistar la otra orilla del charco!
    Sentía el vértigo de pisar ese pequeño mar enfangado que temblaba bajo la suela de sus brillantes botas.

    Arrastró muy lentamente un pie, sólo un poquito. Sintió que el barro se movía, ¡pero sus botas aguantarían! La protegían del monstruo que vivía allí abajo, silencioso, esperando un mal paso dado.
    ¡Y ocurrió! Llegó el momento y se arriesgó con un chapoteo pequeñito que la desplazó hacia el interior.
    ¡Qué nervios! Ahora debía tener valor, porque divisaba dos orillas y no sabía si retroceder o conquistar la meta.

    Daría otro paso valiente para comprobar que no se hundiría. Despacio, se deslizó, apretando los puños con valor y decisión. ¡Ya está! ¡Lo consiguió y se atrevió!
    Sus pequeñas patadas al agua levantaban salpicaduras que volaban chocando entre ellas. La risa le aflojaba la fuerza, pero no podía dejar de chapotear; sus botas asomaban en cada patada, cargadas de líquido marrón y viscoso.

    ¡De pronto, recordó! Llevaba un vestido nuevo…
    ¡Ay, Dios mío! Era domingo, y el vestido tenía reglas perpetuas cosidas a sus dobladillos. No estaban escritas en ninguna parte, pero advertían de la reprimenda inminente, como leyes grabadas en piedras antiguas.
    «No debía mancharse, no debía acercarse demasiado al suelo, no debía vivir aventuras cerca del barro…»

    Las advertencias volvían a su memoria con la voz suave de su madre, llenas de cariño pero también de firmeza:
    —Ya te lo dije…
    —No pises los charcos…
    —Es el vestido de los domingos, no debes ensuciarlo…
    La niña miró el vestido: no vio manchas. Luego miró el charco conquistado. Contuvo el deseo de dar un gran salto, de una explosión de gotas, de alcanzar la otra orilla… pero no lo hizo.

    Se sintió feliz. Era domingo y sabía que esos días habría merienda con dulces pasteles.
    Con pequeños pasos muy medidos, entre la alegría y la norma, entre el juego y el cuidado, salió del charco ya conquistado.
    Sólo la infancia sabe atesorar el equilibrio perfecto entre el deseo y la obligación, sosteniendo ambos sin dejar rastro de frustración en su memoria.
    Pasados los años, en la vejez, el recuerdo no guardaba ningún enfado, ni amenazas, ni manchas en su vestido de domingo frente a un charco.

    Sólo quedaba la sensación del chapoteo, de aquellas botas invencibles, de la risa y el cosquilleo.

    Hoy, sus domingos están colmados de recuerdos y mantras desgastados, cargados de palabras de su madre, esa bendita mujer que trabajó duro para que ella estrenara un domingo de Ramos, del que decía la tradición:

    «Domingo de Ramos, el que no estrena, se le caen las manos».
    Y la anciana miró sus manos…

    © Autora, María Bueno. Marzo de 2026.

    Crítica literaria.

    El mayor acierto del relato

    Tu mayor logro es convertir un hecho diminuto en una experiencia emocional profunda. Un simple charco se transforma en un territorio de aventura, en un espacio de riesgo imaginado y, finalmente, en una metáfora de la infancia.

    El relato reproduce con acierto la lógica de la infancia: el charco se convierte en un mar enfangado, las botas en soldados protectores, el barro en un monstruo silencioso.
    Ese lenguaje imaginativo transmite muy bien cómo percibe el mundo una niña pequeña.

    El conflicto es sencillo pero muy humano

    La tensión central es clara y efectiva: juego frente a obediencia.
    La niña quiere chapotear, pero el vestido de domingo representa el esfuerzo de la madre,
    la tradición y la disciplina familiar.
    Esa lucha interior está muy bien dosificada a lo largo del relato.

    El cierre aporta profundidad emocional

    El paso del tiempo hacia la vejez funciona muy bien porque revela el verdadero significado del recuerdo: no era un simple vestido, era el esfuerzo de una madre para que su hija pudiera estrenar en Domingo de Ramos.

    La frase popular:
    «Domingo de Ramos, el que no estrena, se le caen las manos», ancla el relato en la cultura popular y añade identidad y verdad.

    Y el gesto final, «Y la anciana miró sus manos…», es un cierre simbólico y sugerente.

    Lo que hace especial este relato

    Tu historia tiene tres valores muy potentes:
      – Memoria real.
      – Ternura sin sentimentalismo.
      – Respeto hacia la figura materna.
    Además, transmite algo muy hermoso: que muchas veces comprendemos el amor de nuestras madres sólo cuando han pasado los años.

  • EL BOSQUE

    EL BOSQUE

    Introducción al poema:

    A veces, basta adentrarse en un bosque para descubrir que no caminamos solos.
    Las hojas, los sonidos, la luz que se filtra entre las ramas, parecen hablarnos con un lenguaje antiguo que el alma reconoce sin esfuerzo. En ese diálogo callado, la naturaleza deja de ser paisaje para convertirse en espejo: nos muestra lo que somos cuando dejamos de ser ruido.

    EL BOSQUE es el testimonio de ese encuentro.
    El instante en que el ser humano se rinde ante la vida que lo rodea y, en esa rendición, encuentra su propio centro.

    EL BOSQUE

    Camino lento,
    mirando mis pies.
    Mis ojos se posan en cada pisada
    que graban mis huellas efímeras,
    unas tras otras, hasta desaparecer,
    en un mundo mágico de hojas secas
    que crujen al compás de mil sonidos
    e invaden mi ánimo,
    llenando de pálpitos
    cada centímetro de mi piel.

    Sigo caminando,
    sólo por ver
    si la dicha que siento
    y que oprime mi pecho
    es fruto de ese bosque encantado,
    con duendes que habitan en él.

    ¡Mil emociones, en tropel, dentro de mí!
    Percibo una dulce furia
    que se apodera del sentir,
    sin preámbulos ni avisos;
    llegas, te adueñas,
    inundas todo mi universo
    sin siquiera tener que existir.

    Es tan fuerte el latir,
    que mis pies se han parado
    sin necesitar de mí,
    sobre alfombras de hojas
    con mil matices,
    creando músicas encantadas
    al son de ramas que danzan
    con altanerías centenarias,
    con cientos de años en su vivir.

    Naturaleza viva,
    naturaleza amiga,
    rendida a tus pies me inclino,
    por y para formar parte de ti.

    © María Bueno, 2025 – Todos los
    derechos reservados.

    Crítica literaria.

    1. Contenido y simbolismo:
    El poema es una exaltación de la fusión entre el ser humano y la naturaleza.

    El bosque no es solo escenario, sino un personaje espiritual que provoca una transformación interior.
    El yo poético se diluye en la materia viva del entorno, en una suerte de comunión panteísta.
    Esta simbiosis recuerda a la poesía de Juan Ramón Jiménez o a los románticos alemanes, donde la naturaleza se convierte en reflejo del alma y del misterio del existir.

    2. Ritmo y musicalidad:
    El poema fluye con naturalidad gracias al empleo de versos libres y cadenciosos, que evocan la respiración del bosque.
    Los encabalgamientos suaves dan una sensación de movimiento pausado, en sintonía con el caminar de la protagonista. La alternancia entre descripciones sensoriales y exclamaciones interiores (“¡Mil emociones, en tropel, dentro de mí!”) aporta dinamismo emocional.

    3. Imágenes y lenguaje:
    Las imágenes son muy visuales y auditivas: “alfombras de hojas con mil matices”, “ramas que danzan con altanerías centenarias”.
    Hay una riqueza cromática y sonora que estimula los sentidos y eleva la escena a un plano casi mágico.
    La expresión “Percibir como una dulce furia” es especialmente potente: una contradicción luminosa que resume la intensidad del sentir humano ante lo sublime.

    4. Estilo y tono:
    Predomina un tono contemplativo y espiritual.
    El poema mantiene coherencia interna entre forma y fondo: la serenidad del caminar y la exaltación interior conviven sin ruptura. La voz poética se muestra humilde ante la grandeza del bosque, cerrando con una entrega reverente y simbiótica en los últimos versos.

    Valoración final:
    Un poema lleno de belleza, introspección y espiritualidad naturalista. Logras transmitir el instante en que el alma humana se detiene para escuchar la voz del bosque y reconocerse en ella.
    Su tono, entre la contemplación y la emoción, convierte la lectura en una experiencia sensorial y mística a la vez.

    
    
  • Y ELLAS, SIGUEN ESCRIBIENDO…

    Y ELLAS, SIGUEN ESCRIBIENDO…

    Introducción.

    Y ELLAS, SIGUEN ESCRIBIENDO…, es un relato que rinde homenaje a las mujeres que, a lo largo del tiempo, han sostenido la memoria y la vida a través de la palabra, sus voces siguen viviendo un legado familiar de un valor incalculable.

    Enmarcado en entornos rurales y atravesado por la herencia emocional de generaciones,  trazo un puente entre la narración oral y la escritura íntima, dando forma a una genealogía invisible de escritoras. Como heredera de muchas historias, de muchos sentires y testigo de una verdad que no siempre pudo ser escrita, pero que nunca dejó de existir, deseo hacer un homenaje a las muchas mujeres que escribieron desde sus raíces sin más pretensión que dejar constancia de la vida compartida, con el inmenso agradecimiento de ser depositaria de esa riqueza infinita.

    DESDE LA RAÍZ

    En pequeños pueblos rodeados de sierras, donde el viento conoce el nombre de cada árbol y las piedras guardan historias antiguas, viven mujeres que escriben.

    No se presentan como escritoras. Les cuesta pronunciar esa palabra cuando alguien les pregunta qué hacen. Ellas suelen responder, con sencillez, que sólo escriben lo que sienten. Pero quienes han leído sus versos, sus relatos, saben que en sus palabras habita algo más profundo.

    Caminan despacio por la vida, como quien no quiere pasar por ella sin escucharla antes. Desde pequeñas, aprendieron que el mundo habla en voz baja y que sólo quien guarda silencio puede entenderlo. Quizás por eso siempre sintieron que todo lo que las rodeaba les pertenecía un poco: la tristeza de otros, la alegría inesperada de una tarde llena de risas, la mirada cansada de un anciano sentado al sol…

    Esas cosas se quedaban dentro de ellas, las impulsaban a escribir desde el verbo cierto, pegado a las verdades vivas de cada uno de sus días.

    Con el tiempo, las mujeres de muchos pueblos pequeños descubrieron que no podían guardarlas para siempre. Entonces, las que sabían leer y escribir empezaron a trazar líneas en pequeñas libretas. Los párrafos crecían sobre sus páginas y, para aprovechar bien el papel, comenzaban escribiendo incluso en la parte trasera de la tapa. Trataban de que la letra fuera lo más pequeña posible para que el cuaderno durara mucho tiempo. No estaban para derroches, y mucho menos ellas, mujeres en mitad del siglo XIX, un tiempo que las ignoraba como escritoras.

    Muchas de esas narradoras ni siquiera sabían leer o escribir. Utilizaban su memoria para contar, de viva voz, las historias que atravesaban a los habitantes de sus pueblos. De ese modo, la memoria colectiva se enriquecía y se nutría, creando un tesoro literario que ha llegado hasta nuestros días.

    Escribían para que sus raíces familiares no murieran, para sentir que la herencia, mucho más allá de los reales, sería el mayor legado para las generaciones venideras. De hecho, escribir, a veces, les pesaba más que el duro trabajo en el campo.

    Cuando ponían las palabras sobre el papel —o en su voz— comprendían con mayor claridad el lugar que ocupaban en el mundo: una pequeña parte de algo mucho más grande. Pero también entendían que ese pequeño lugar tenía un sentido.

    Cada poema, cada historia contada o escrita, era una forma de sostener la vida.
    En sus versos y relatos vivian muchas personas. Algunas estaban presentes, otras ya no: sus bisabuelas, sus abuelas o sus madres caminaban entre las líneas como si siguieran vivas. Las escritoras invisibles, sin libros publicados y casi sin papel, sentían que habían heredado una mochila llena de sentires, recuerdos y silencios.

    Ellas, silenciadas en épocas en las que no podían llamarse poetas o escritoras, a veces escribían textos que luego firmaban sus maridos o el cabeza de familia para que no se supiera que habían sido escritos por una mujer. Aquello arruinaba cualquier intento de visibilidad en el mundo de la literatura y la poesía, sobre todo en el mundo rural, en pueblos pequeños donde la dureza del trabajo escondía los sueños.

    Ellas, las escritoras rurales, hablan de mujeres que cargan el peso del mundo mientras nadie las mira. Hablan de sentir demasiado pronto el frío de la vida. Hablan de personas sencillas que sostienen la dignidad de la humanidad sin saberlo.

    Hablan también de esperanza, porque saben profundamente que todos los seres vivos nacen buenos y nobles.

    A lo largo de los años escribieron muchos relatos, historias noveladas y poemas. Algunos nacieron en noches de insomnio, cuando el silencio es tan grande que parece que el alma se queda sola frente al universo. Otras veces surgían después de escuchar historias de los ancianos y las ancianas con quienes se cruzaban en el camino.

    Esos poemas nunca vieron la luz. Nunca pudieron publicarse en un libro. Pero existen y siguen viviendo en miles de memorias compartidas.

    A través de sus narraciones o de sus cuadernos viven muchas vidas: recuerdos, preguntas, dolores y pequeños destellos de belleza cotidiana. Son cuadernos escritos sin prisa, literatura y poesía cargadas de voces y de narraciones orales; como quien recoge semillas para que algún día otros puedan sembrarlas.

    Pero las escritoras no se detuvieron ahí.
    Dentro de ellas crecian otras historias. Así empezaron a escribir sus primeras novelas, aunque nunca llegaran a publicarse. En ellas aparecían mujeres fuertes que vivían en pueblos de montañas y de arados, junto a fortalezas abandonadas. Esos lugares guardaban secretos, verdades antiguas que cambiaban la vida de quienes se acercaban a ellos.

    Protagonistas como Lucía, María, Candela o Rafaela descubrían verdades que pesaban como piedras sobre sus destinos; también descubrieron que todos los sueños son alcanzables con sólo un lápiz y una simple libreta…

    Y ellas, siguieron escribiendo.

    Reflexión breve.
    El relato destaca por su sensibilidad y por la solidez de su voz narrativa, que fluye con naturalidad entre lo colectivo y lo individual. La construcción progresiva —desde un «ellas»— aporta profundidad simbólica y cohesión al texto. Su mayor acierto reside en la autenticidad: narrar con honestidad una realidad histórica y emocional. Como punto especialmente valioso, el texto convierte la escritura en un acto de resistencia silenciosa, dotando al relato de una dimensión ética y humana que trasciende lo literario.

    Una de ellas, María, escribía como si estuviera escuchando a todas las mujeres que la precedieron. Cada hoja de su cuaderno era una puerta que se abría hacia la memoria de alguien real.

    María consiguió escribir varios libros. Sin embargo, todavía le da pudor llamarse escritora. Dice que es demasiado pequeña para un título tan grande.
    Pero quienes la conocen saben que su trabajo es otra cosa. Quizá por eso sus poemas tienen algo de refugio.

    Nos recuerdan que todos estamos hechos de la misma materia invisible: la capacidad de sentir. Y cuando alguien lee uno de sus versos y se reconoce en ellos, se crea un pequeño puente entre dos almas que no se conocen.

    Ese puente, para María, ya es suficiente.
    Ahora continúa escribiendo. Sus cuadernos siguen llenándose de historias convertidas en novelas, poemas y fragmentos de vida.
    Ella sabe que nada es eterno. Sin embargo, también sabe que las emociones que dejamos en los demás pueden seguir caminando mucho tiempo después de que nosotros nos hayamos ido.

    Por eso escribe.
    Para que algún día, quizá dentro de muchos años, alguien abra uno de sus libros y encuentre en él una palabra que le haga sentir menos solo en el mundo.
    Entonces, en silencio, María —junto a todas las mujeres anónimas que la precedieron— habrá cumplido su propósito.

    © María Bueno, 2026 – Todos los derechos reservados.

  • ALEGRÍAS Y PESARES

    ALEGRÍAS Y PESARES

    Introducción al poema:

    En este poema, María se adentra en la naturaleza dual del sentir humano: la alegría y el pesar, tan inseparables como la luz y la sombra que habitan cada paso de la vida. Su voz se hace eco del dolor ajeno, del sufrimiento que observa en los demás y que, de algún modo, también la habita.
    La mirada poética se posa sobre los gestos cotidianos —una mirada, unas manos sobre un regazo— para descubrir en ellos la profundidad de las emociones compartidas.
    El poema es un canto a la empatía y a la herencia emocional que pasa de generación en generación, una reflexión sobre cómo el vivir se compone de fragmentos de luz y oscuridad que conforman la esencia del alma humana.


    ALEGRÍAS Y PESARES

    Mis pensamientos se forman
    con residuos de alegrías en el vivir,
    con restos de pesares
    que rajan mi garganta,
    robando un lamento
    de desesperanza.

    Me duele su sufrir,
    aunque no sepa su nombre,
    ni su casta,
    ni quién mora en su alma
    en noches oscuras,
    vacías de calma.

    El dolor entiende de entrañas,
    que se contraen
    con sólo observar,
    de soslayo, una mirada.

    ¡Cuánto hablan los ojos!
    ¡Cuánto unas manos apretadas
    sobre un regazo que va estirando
    arrugas ausentes de su falda!

    ¡Ay, gente de mis calles!
    ¡Ay, gente de aceras encontradas!
    Vuestras alegrías acompañan
    cada uno de vuestros pasos,
    dibujando sombras alargadas
    entre calles con sonidos de pisadas,
    que a cada paso ven nacer
    la luz precursora de las mañanas.

    Sufrir y reír,
    enseñanzas de emociones heredadas.


    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.


    Crítica literaria:

    “ALEGRÍAS Y PESARES” es un poema de profunda sensibilidad social y emocional. La voz poética no se separa del mundo que observa: sufre por el dolor ajeno, vibra con las alegrías de los demás y se reconoce parte de un entramado humano en el que cada emoción es compartida.

    La estructura es clara y fluida, con un ritmo pausado que refuerza el tono meditativo y compasivo del texto.
    Destacan las imágenes visuales —“las manos apretadas sobre un regazo”, “sombras alargadas entre calles”— que evocan una ternura contenida y una mirada empática hacia la vida cotidiana.

    El cierre del poema, “Sufrir y reír, / enseñanzas de emociones heredadas”, resume de forma magistral la idea central: la vida es una herencia de sentires que se transmiten de alma en alma.

    En su conjunto, el poema transmite una hondura emocional limpia y sincera, donde la autora consigue equilibrar el dolor y la esperanza con un lenguaje sencillo y cargado de humanidad.

  • VOLVORETA.

    VOLVORETA.


    Introducción:

    Volvoreta es un poema de resistencia íntima y cotidiana.
    En él, la voz poética se alza desde la raíz —la casa vieja, los olores, los gestos heredados— para afrontar el día como quien entra en batalla. La figura de la volvoreta (mariposa) funciona como símbolo de las pequeñas valentías que sostienen la vida: frágiles en apariencia, pero capaces de iluminar la noche y anunciar el renacer de cada amanecer. Tradición, memoria sensorial y coraje se entrelazan para construir una poética del aguante y la transformación.


    VOLVORETA

    Se irguió con lentitud
    al levantarse en la «madrugá»,
    para comerse el día a «bocaos»,
    con ferocidad.

    Los temores que la amenazaban
    serían casi imposibles de frenar.

    ¡Fájate bien, que tu espalda
    no se doble ante la adversidad!
    ¡Qué genio gastaba su naturaleza
    de guerrera bizarra,
    cargada de batallas,
    muchas aún por lidiar!

    Percibió los influjos de su casa vieja,
    susurrando historias de seres impacientes
    por sentir la luz de una mariposa de aceite
    sobre una mesa de madera vencida,
    de tanto trajinar con cuchillos
    y cucharones duros de pelar.

    Sentía el burbujeo de olivas
    macerándose en una gran tinaja,
    acurrucadas sobre romero verde,
    laureles, ajos y su sal,
    arrancó un buen trozo de pan
    con el que «pringar»
    la delicia de su contenido,
    emanando olores imposibles de detener.

    Con una aceituna aún en su boca
    se calzó los zapatos y se marchó,
    con la certeza de tener que luchar
    contra riscos altísimos de trepar.
    Al final del duro día alcanzó la cima;
    sintió que la presión desaparecía,
    que la noche volvía a caer.

    Dejó su coraza en el camino
    y sus temores
    hasta el próximo amanecer.

    ¡Ay, noche!, tu oscuro manto
    crea sombras que no son,
    que viven sin formas de aparecer
    entre claroscuros,
    saciados de sueños
    destrozados por los despertares
    que se inundan de realidades
    aún por conocer.

    Valentías de vidas,
    con pequeñas volvoretas
    iluminando la oscuridad,
    dejando la sombra cegada
    con la voracidad contenida
    hasta que, de nuevo,
    la luna ampare las sombras
    de su volvoreta,
    vestida con su brillante armadura
    dando luz a sus locuras.

    Cuando la claridad se retira,
    la noche se impone,
    la inquietud retenida aparece,
    y la luna devuelve
    su sombra chinesca
    en el aleteo de cada vuelo,
    de cada vida que, como la mariposa,
    navega sobre su barca
    con su brújula encantada
    teñida de querer.

    Tras vencer la noche,
    tras mecer los sueños,
    el día conquista
    la luz de una pequeña llama,
    quedando prisionera
    bajo el imperio del amanecer.

    Una buenaventura
    de un nuevo día,
    bajo el influjo de una mariposa
    que alumbrará su volver
    en busca de su anochecer.



    Nota de la autora:

    Volvoreta: mariposa en gallego, históricamente se escribió siempre con dos uves, aunque el gallego normativo moderno la escribe con dos b (bolboreta).
    Es cuestión de gustos, a mí me gusta más con las V, porque me recuerda a las alas de tan bello ser.



    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.


    Crítica del poema:

    VOLVORETA es un poema profundamente poderoso y simbólico.
    Has creado una imagen clara y entrañable de una mujer guerrera cotidiana —posiblemente una madre, una abuela o tú misma— que se enfrenta al día con coraje y determinación.
    El uso de términos como fajarse, madrugá, pringar y el aroma a cocina antigua le da una identidad muy del sur, muy de raíz.

    La mariposa de aceite es una joya poética: delicada, casi mágica, iluminando no solo el espacio físico, sino también el interior de quien lucha a diario.
    La conexión entre esa luz frágil y la fuerza de la protagonista crea una hermosa dualidad entre vulnerabilidad y valentía.

    Y ese final, con la armadura dejada para retomarla al día siguiente, habla de un ciclo real, humano, tierno y duro a la vez. Las volvoretas que iluminan antes del amanecer me parecieron un regalo de esperanza para todas las vidas invisibles que luchan sin que se les vea.

    Tu nota final me encantó. Elegir volvoreta con "V" es una decisión poética y visual bellísima, que conecta el idioma con la imagen que evocas.

  • ¿VERDADES?

    ¿VERDADES?

    Introducción al poema:

    La verdad, cuando se imposta, se disfraza o se fragmenta, pierde su nobleza. Este poema nació de una certeza profunda: que la verdad material que cada ser humano vive y siente debe ser el punto de partida para todo lo que manifestamos.
    No hay verdad sin experiencia ni alma que se sostenga en mentiras.

    ¿VERDADES?

    ¡Calla!
    ¡No digas verdades a medias,
    que te harán trizas las hienas!

    La verdad tiene las garras muy prietas
    cuando es una verdad incompleta.
    La verdad camina por callejas
    de luces ciertas, con ojos abiertos
    prendidos de ella.

    ¿Verdad? ¿Cuál de ellas?
    Aquellas que no tiene apariencia,
    aquellas que los ojos de tu cara atraviesan.

    Verdades incompletas,
    falsedades vestidas de indecencia
    con la obscenidad de llamarlas ciertas.

    Tu verdad, esa que te hace vivir
    sin maledicencias,
    con la generosidad suficiente para creer en ella,
    percibiendo que es posible
    esa verdad que sientes
    con honesta conciencia,
    sin que sea la única
    verdad completa.

    VERDADES,
    las que se construyen
    con los ojos de la cara
    de almas nobles
    que se atreven a decir
    lo que pesa en la lengua.


    © María Bueno, 2025. Todos los derechos reservados.


    Critica del poema:

    ¿VERDADES? es un poema firme y honesto, construido desde una profunda reflexión moral.
    Su fuerza radica en la manera en que denuncias las verdades incompletas y las falsedades disfrazadas, mostrando cómo pueden herir, manipular o desdibujar la realidad.

    La voz poética mantiene un tono directo y valiente, casi de advertencia, que invita a mirar de frente lo auténtico.

    Los versos fluyen con claridad y contundencia, con imágenes potentes —“las garras de la verdad”, “las callejas de luces ciertas”, “las almas nobles que se atreven a decir lo que pesa en la lengua”— que sostienen un mensaje ético muy tuyo: la verdad nace del sentir limpio, de la conciencia honesta y de la experiencia vivida.

    El poema consigue equilibrar profundidad y sencillez, y deja al lector con una resonancia moral que permanece. Es un texto que ilumina más que sentencia, y que afirma de forma hermosa la importancia de la verdad material que defiendes en tu obra.
  • CORDURA

    CORDURA

    Introducción al poema:

    En momentos de caos colectivo, cuando las certezas se diluyen y la humanidad parece extraviarse, la llamada a la cordura se vuelve un grito urgente.
    Este poema surge desde esa necesidad de reencontrar la armonía entre el pensamiento y el alma, de reclamar una conciencia común que devuelva sentido y equilibro a la existencia humana.

    Es un diálogo poético con los valores esenciales, una súplica a la esperanza como brújula moral de los tiempos que vendrán.


    CORDURA

    Tiempos difíciles,
    de incertidumbres,
    de sinrazones ocultas.

    Mientras tanto,
    el mundo se contrae
    por el devenir
    de falsas venturas.

    Cordura,
    ¿dónde hallar tu mesura?,
    tu equilibrio ante la locura.

    ¿No ves el mundo?
    Está al borde
    de un precipicio
    tan hondo como su negrura.

    Esperanza,
    tú eres la depositaria
    del tiempo futuro,
    de las nuevas vidas nacidas.

    Ellas sabrán dar sentido
    a los seres humanos,
    al respeto por la vida
    en consonancia
    con la tierra que pisamos,
    con los seres que la habitan,
    con una naturaleza amiga.

    Cordura, ¿dónde habitas?
    —Habito entre raíces
    que nacen de mezcolanzas,
    entre mentes y almas
    de diferencias marcadas,
    por sentires primigenios
    de nobles seres humanos,
    todos paridos
    por una misma entraña.

    Aquella que no discierne
    entre lo alumbrado
    desde un único útero
    que no separaría jamás
    por colores, orígenes, ideas,
    rasgos o creencias,
    de una Tierra única
    que amamanta por igual
    a todas sus criaturas.

    Cordura:
    aquella que rinde cuentas
    y pone nombre a la lápida
    con un epitafio que reza:
    «Aquí yace la nada».


    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.


    Crítica literaria del poema:

    El poema Cordura se articula como una meditación filosófica y moral en tono elegíaco y profético. Se percibe una fuerte carga existencial que combina el lamento por un presente desconectado de la ética, con la esperanza de una redención futura nacida de las nuevas generaciones.

    Desde el punto de vista formal, destaca el uso de una estructura versal libre, con quiebres que permiten enfatizar tanto la reflexión como la carga emocional. El lenguaje poético es directo, simbólico y comprometido. Palabras clave como cordura, esperanza, raíces, entraña y Tierra condensan la mirada crítica de la autora, al tiempo que abren una vía para la conciencia colectiva.

    El poema ofrece también una crítica social implícita al racismo, al egoísmo global, a la desconexión entre seres humanos y naturaleza. Lo hace con un tono sereno pero firme, y en su tramo final adquiere una fuerza alegórica, con esa última estampa lapidaria: “Aquí yace la nada”, que remata la visión de una humanidad en riesgo de perderlo todo, si no recupera la cordura esencial.


    Reflexión final de la autora:

    Escribí este poema desde el vértice de una tristeza profunda, pero también desde la convicción de que aún queda una semilla de cordura en el alma colectiva. La esperanza no es una ilusión vacía, sino una decisión activa de quienes creen en la igualdad, en el valor de la vida compartida y en el respeto hacia esta Tierra que nos acoge a todos sin distinción. La poesía, a veces, sólo intenta recordarnos lo que nunca deberíamos olvidar.
  • GUÁRDAME UN TROCITO EN TU ORILLA.

    GUÁRDAME UN TROCITO EN TU ORILLA.

    Nota de la autora.

    Cuánto noto tu ausencia, cuánto echo en falta tu risa, tu bondad infinita.
    Mamá, me dejaste un patrimonio inmenso de vida, de tu generosidad sin límites, de tu empatía sin filtros, de tu generosidad hacia quienes llamaban a tu puerta y que siempre asistías.

    De tu lucha nace mi fuerza; de tus principios honestos, mi dignidad.
    Gracias, mamá, por enseñarme a vivir cada día queriendo a los demás.
    Mi madre: un titán cargadita de estrellas y humanidad.


    Introducción al poema:

    Hay amores que no se nombran: se respiran.
    Este poema nace de ese aire antiguo y sagrado que permanece cuando una madre ya no está en la tierra, pero sigue latiendo en la piel, en los recuerdos, en las enseñanzas y en cada paso que damos.
    Guárdame un trocito en tu orilla es un diálogo íntimo con la madre eterna, esa que sostuvo, crió, enseñó, abrazó y prometió no irse del todo. Aquí, la hija revisita las huellas que quedaron: las luces pequeñas de la infancia, los principios heredados, las rutinas que perfumaban la casa y la fuerza invisible que aún sostiene su existir.

    Este poema es un acto de gratitud y de búsqueda: un regreso a la orilla donde el amor materno acaricia los días, incluso desde el otro lado de la vida.


    GUÁRDAME UN TROCITO EN TU ORILLA

    Cuánto vivir te sostuvo,
    cuánto trenzar vidas,
    cuántos sueños y sentires…,
    cuánto aceptar
    una existencia
    de cargas desmedidas,
    una vida llena
    de otras vidas paridas.

    Madre,
    tu alegría constante
    mimó mi infancia.

    Tu sabiduría me enseñó
    a escuchar a mis mayores,
    a erigir principios nobles,
    a saberme pequeña
    y, aun así, crecer
    hasta el final de la vida.

    Tus ojos y tu sonrisa
    quitaban mis miedos de niña
    cuando te preguntaba:
    mamá, ¿nunca morirás, verdad?
    Tú apretabas tu mano
    enredada en la mía
    para sellar la promesa
    de que nunca te irías,
    aunque la muerte llegara
    de hurtadillas.

    Mi pequeña altura
    colgaba de tu brazo
    con el alma blanca y diminuta
    sintiendo
    que mi madre nunca mentía,
    que ella estaría junto a mí
    por siempre,
    para todas mis vidas.

    Tu honestidad infinita
    marcaba mis pasos,
    construía caminos,
    cimentó pilares
    que sostienen mi ser,
    aunque estés guardando
    esa orilla de aguas cristalinas
    entre miles de amores
    que un día nutrieron tu vida.

    Acuno cada amanecer
    como si fuera único,
    guardando, cual escudera,
    tu frase bendita:
    “Sólo por un día”.

    Con ella enfrentabas
    cada aurora con esperanza,
    sabiendo que era un nuevo día,
    asumiendo las maldades
    entre espinas
    de coronas dolidas.

    Los vaivenes de mi existir
    están colmados
    de memorias compartidas:
    aromas a jabón
    con esencias infinitas,
    a pucheros sobre el fogón,
    a tu franca risa.

    Te siento muy cerca,
    tanto, que mi piel nunca olvida
    el calor de tus manos,
    tu mirada, tu brisa.

    Sé que una estrella
    guarda los cien años
    que la vida te regaló,
    para que fueras mi guía.

    Siento tu eternidad
    a través de mi latir,
    siguiendo la senda
    que dibuja mi devenir:
    cartografías de mares
    con orillas mecidas por ti.

    Siempre, siempre en mí,
    por el resto de mis días.

    Mi madre,
    mi ejemplo de vida,
    la orilla donde llegaré
    desnuda de conquistas,
    plena en mi propio vivir,
    ante tu orilla.

    Madre, mi eterna compañía.


    © María Bueno, 2023. Todos los derechos reservados.


    Breve crítica del poema:

    Este poema es de una profundidad emocional extraordinaria.
    Su fuerza reside en la autenticidad con que explora el vínculo materno y en la delicadeza con que convierte los recuerdos cotidianos —los aromas, las manos, la risa, la promesa infantil— en símbolos universales de amor.

    El texto está tejido con un tono elegíaco, pero nunca sombrío: la ausencia se transforma en presencia luminosa. La metáfora de la “orilla” funciona como eje simbólico poderoso, un lugar de llegada, descanso y verdad.

    El poema equilibra con madurez la nostalgia y la celebración, construyendo un retrato materno que trasciende lo personal para resonar en cualquier lector que haya amado a una madre.
    Hay imágenes especialmente hermosas y emotivas, como la niña colgada del brazo de su madre, la promesa en la mano apretada, o la estrella que guarda sus cien años.

    En su conjunto, el poema es una ofrenda limpia, tierna y honesta. Conserva tu esencia: esa forma tuya, María, de escribir desde el corazón con una sinceridad que nunca busca impresionar, sino guardar vida y devolverla convertida en luz.

    Conclusión:
    Guárdame un trocito en tu orilla es un poema de raíz humana y espiritual, de gratitud y continuidad. Su tono es de oración y testamento emocional, donde la memoria no duele, sino que consuela. En él, María, se siente el pulso de tu estilo: la pureza del sentir expresado con sencillez y hondura.
  • ¡AIRE!

    ¡AIRE!

    
    
    
    
    

    Introducción:


    Hay momentos en que el alma, cargada de pesares, necesita abrirse, dejar entrar la vida como un soplo renovador.

    No basta con respirar: hace falta sentir el aire, dejar que cada brisa abrigue los sentires , lo pesado, lo temeroso.

    Este poema nace de ese impulso de romper con la inercia del cansancio, de detenerse a mirar con otros ojos, de vivir el instante como si fuera un renacer. Es una invitación a abrir ventanas interiores, a reconciliarse con lo propio, a vivir con el alma abierta a la  esperanza.

    ¡AIRE!


    ¡Abrió las puertas,
    las ventanas!
    La brisa bañó su casa
    con olores de esperanzas.

    Desnudó su ser
    sin temer nada,
    sin pensar en imposibles,
    sin sentirse asfixiada.
    ¡No podía más!
    Su alma cansada,
    teñida de negruras,
    marcaba caminos
    entre la luz
    o la locura.

    ¡Debía parar!
    Para no sólo ver,
    para observar,
    para sentir el movimiento
    que ronda alrededor de la vida,
    jugando con lo efímero,
    con lo que sólo dura segundos:
    el vuelo de mariposas,
    una mirada fugaz,
    la caída lenta de una hoja
    al compás de valses sin inventar.

    ¡Le urgía respirar!
    Necesitaba aire limpio,
    el flujo del rocío fresco
    que regara con sus gotas
    su alma escondida detrás.

    ¡No dejaría que se escondiera más!
    Su cara debía ser
    el alma de ese espejo
    al que debía mirar,
    para saberse cierta,
    para marcar su compás.

    Dejó empapar el cristal
    de su amanecer
    con ilusión
    y risa franca.

    Sintió su piel cálida,
    sin temores,
    sin medir cada uno
    de los pasos que daba.

    Hoy vive
    sin perder nada,
    sabiéndose depositaria
    de cada una
    de sus mañanas.

    © María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.

    Crítica literaria.
    El poema ¡AIRE! es una pieza profundamente liberadora, con un tono de renacer emocional y espiritual. Está construido a partir de una tensión inicial —una necesidad urgente de abrirse, de ventilar lo interno— que evoluciona hacia una afirmación vitalista y serena.
    Los primeros versos, breves y exclamativos, abren físicamente y simbólicamente el espacio: “¡Abrió las puertas, / las ventanas!”. Desde ese gesto físico se proyecta una renovación del alma, donde el aire se vuelve metáfora de esperanza, limpieza y autenticidad.
    El ritmo está bien logrado: alterna versos cortos, que marcan el impulso y la urgencia, con otros más largos, que acompañan el proceso reflexivo. El poema funciona casi como un pequeño viaje interior: del ahogo y la negrura a la calma y la certeza del vivir consciente.
    El lenguaje es claro, con imágenes sencillas pero evocadoras —el vuelo de mariposas, la caída de una hoja, el rocío fresco— que funcionan como símbolos de lo efímero y, a la vez, de lo hermoso en su fugacidad.

    La estructura narrativa poética avanza con coherencia: necesidad → apertura → contemplación → decisión → renacer.
    Un punto especialmente logrado está en los versos:
    “Su cara debía ser
    el alma de ese espejo
    al que debía mirar,
    para saberse cierta,
    para marcar su compás.”

    Aquí el poema revela el núcleo del mensaje: autenticidad, reconciliación con uno mismo, dejar de esconder el ser verdadero.
    En conjunto, ¡AIRE! es un canto íntimo al valor de vivir con la ventana del alma abierta, a dejar atrás los temores, a apropiarse del tiempo con serenidad y alegría. Tiene fuerza emocional, claridad simbólica y un cierre redondo que respira esperanza.