(Imagen generada digitalmente).
Recuerdo que hubo un tiempo en el que descubrí que era pequeña. No porque alguien me lo dijera, sino porque la vida me colocó frente a gigantes. Eran gigantes de voces estridentes, de orgullos desmedidos, de ambiciones sin medida y de sombras que parecían querer ocuparlo todo.
Durante un instante pensé que tendría que aprender a luchar con ellos. Que la única forma de sobrevivir era levantar la voz, endurecer el corazón y responder con la misma fuerza con la que intentaban imponerse. Pero la vida, paciente maestra, me enseñó otro camino.
Comprendí que no toda batalla merece ser librada.
Desde entonces elegí caminar de puntillas sobre aquello que no alimentaba mi vida ni la de los demás. Dejé de detenerme en los ruidos que distraen, en las palabras que hieren por costumbre y en los gestos nacidos de la maldad. Descubrí que mi tiempo era demasiado valioso para entregarlo a quienes sólo saben sembrar desconsuelo.
Con los años entendí también que las sombras únicamente existen porque hay una luz que las proyecta. Las sombras chinescas pueden parecer enormes, pueden incluso asustar a quien las contempla desde lejos, pero nunca dejan de ser una ilusión. No tienen cuerpo. No tienen verdad.
La verdad es otra.
Es la que tus ojos contemplan cuando miran sin miedo. La que siente tu piel cuando un abrazo sincero la envuelve. La que tus manos pueden tocar, sostener y acariciar. Esa verdad sencilla y material que permanece cuando todo el teatro termina y cae el telón.
Por eso, cuando la oscuridad parezca hacerse dueña del camino, recuerda que ninguna sombra puede vencer a la realidad. La bondad siempre encuentra la manera de permanecer. Tal vez no haga ruido, tal vez no ocupe titulares ni reclame aplausos, pero permanece. Y esa permanencia es su mayor victoria.
Si hoy atraviesas un tiempo difícil, no permitas que el desaliento te haga olvidar quién eres. Todo pasa. También las tormentas, también las injusticias, también las noches más largas. Llegará el día en que el aire vuelva a ser ligero y la serenidad regrese a tu vida.
No lo dudes nunca.
Camina con la tranquilidad de quien sabe que la verdad no necesita disfrazarse para existir.
Y mientras ese momento llega, recibe un abrazo cargado de afecto, de esperanza y de confianza en tu verdad. Porque cuando todo termine, descubrirás que aquello que realmente merecía permanecer jamás dejó de estar contigo.
María Bueno.
