Byung Chul Han, filósofo:
«Quedarse en casa es la forma más lúcida de resistencia. El silencio de tu casa es el único lugar donde todavía puedes escucharte».
Introducción.
Hay silencios que no nacen de la ausencia, sino de la plenitud. Son espacios interiores donde no es necesario explicar, nombrar ni justificar lo que se siente. En ellos, simplemente se está.
En este poema, el hogar se convierte en refugio y el silencio, en una forma de libertad. Las paredes dejan de ser límites para transformarse en lugares de memoria, calma y pertenencia.
Entre sus espacios cotidianos aparecen los ancestros, los pensamientos, las soledades elegidas y esos pequeños fragmentos de vida que permiten a la autora encontrarse consigo misma.
«EL SILENCIO, EL VIVIR VIVIENDO» habla, en esencia, de la necesidad de habitarse. De vivir sin pretensiones, sin tener que decir, permitiéndose únicamente sentir y existir. Es un regreso hacia dentro, hacia ese lugar íntimo donde el silencio no es vacío, sino compañía.
EL SILENCIO,
EL VIVIR VIVIENDO
El silencio envuelve mi ser,
mi estar,
mi amanecer.
El sentir de vida
alrededor de la libertad
de no tener qué decir,
de no necesitar hablar,
de solo fluir
entre imágenes reconocibles
que abrazan,
que calman,
anclando mi hogar a la tierra,
en solo un trocito de espacio,
donde el estar
se vuelve silencio,
aire de libertad
de mañanas tímidas
frete al Sol
acariciando el rocio en flor.
Ese rincón de mi casa,
esa sensación
de vivir viviendo,
sin más pretensiones
que estar en mi propio existir.
¡Ay, mis sentires!,
llenos de silencios,
escuchando a mis ancestros,
entre paredes
que abrazan el fluir
de mis pensamientos,
de mi propio ser,
de estar sin tener que decir.
Mi espacio,
sentir sin casi estar
fuera de aquí.
Dueña de mis vacíos,
para sentirme propia,
para sobrevivir.
Espacios llenos de vida
entre soledades queridas.
Trocitos de silencios
que tejen mi tiempo,
mi estar,
viviendo en mí.
© Autora: María Bueno, agosto de 2026. Todos los derechos reservados.
Crítica.
Este poema se construye desde una poética de la intimidad. No busca grandes acontecimientos ni necesita un escenario extraordinario: encuentra su materia literaria en un rincón de la casa, entre paredes, en las imágenes reconocibles y, sobre todo, en el silencio.
Uno de sus mayores aciertos reside precisamente en la repetición de determinados conceptos: «estar», «sentir», «silencio», «existir» y «vivir viviendo».
Estas reiteraciones no resultan accidentales; funcionan como una especie de respiración interna del poema y refuerzan la idea de detenerse para habitar plenamente el propio espacio.
La expresión «vivir viviendo» constituye uno de los ejes más interesantes, no se trata simplemente de estar viva, sino de experimentar conscientemente el hecho de vivir.
La voz poética no necesita hablar para existir. Hay una comunicación que sucede en otro nivel: mediante las sensaciones, los recuerdos, las imágenes y el silencio. Por eso, «de no tener qué decir» no expresa carencia, sino liberación.
Otro elemento valioso es la presencia de los ancestros.
Aparecen integrados de manera natural en el espacio: «escuchando a mis ancestros».
El hogar adquiere así una dimensión temporal; no es solamente el lugar donde la autora vive, sino también el espacio donde dialoga interiormente con quienes la precedieron.
El refugio interior proporciona seguridad y pertenencia.
Especialmente hermoso resulta el cierre:
«Trocitos de silencios
que tejen mi tiempo,
mi estar junto a mí.»
Aquí el silencio deja definitivamente de ser ausencia. Se convierte en materia capaz de «tejer» el tiempo y, con él, la propia identidad. El último verso resume todo el poema: estar junto a una misma como una forma de existencia.
En conjunto, es un poema sereno, introspectivo y profundamente sensorial.
El poema transmite una idea muy humana: a veces necesitamos retirarnos del ruido exterior para poder escucharnos y existir.
