MI MADRE

Hay amores que no se nombran: se respiran.
Este poema nace de ese aire antiguo y sagrado que permanece cuando una madre ya no está en la tierra, pero sigue latiendo en la piel, en los recuerdos, en las enseñanzas y en cada paso que damos.

MI MADRE,  es un diálogo íntimo con la madre eterna, esa que sostuvo, crió, enseñó, abrazó… Aquí, su hija revisita las huellas que quedaron: las luces pequeñas de la infancia, los principios heredados, las rutinas que perfumaban la casa y la fuerza invisible que aún sostiene su existir.
Este poema es un acto de gratitud y de búsqueda: un regreso a la orilla donde el amor materno acaricia los días, incluso desde el otro lado de la vida.

MI MADRE

Cuánto vivir te sostuvo,
cuánto trenzar vidas,
cuántos sueños y sentires…,
cuánto aceptar
una existencia
de cargas desmedidas,
una vida llena
de otras vidas paridas.

Madre,
tu alegría constante
mimó mi infancia.
Tu sabiduría me enseñó
a escuchar a mis mayores,
a erigir principios nobles,
a saberme pequeña
y, aun así, crecer
hasta el final de la vida.

Tus ojos y tu sonrisa
quitaban mis miedos de niña.

Tú apretabas tu mano
enredada en la mía
para sellar la promesa
de que nunca te irías,
aunque la muerte llegara
de hurtadillas.

Mi pequeña altura
colgaba de tu brazo
con el alma blanca y diminuta
sintiendo que ella estaría junto a mí por siempre,
para todas mis vidas.

Tu honestidad infinita
marcaba mis pasos,
construía caminos,
cimentó pilares
que sostienen mi ser,
aunque estés guardando
esa orilla de aguas cristalinas
entre amores,
que un día nutrieron tu vida.

Acuno cada amanecer
como si fuera único,
guardando, cual escudera,
tus frases benditas.

Con ellas enfrentabas
cada aurora con esperanza,
sabiendo que era un nuevo día.

Los vaivenes de mi existir
están colmados
de memorias compartidas:
aromas a jabón
con esencias infinitas,
a pucheros sobre el fogón,
a tu franca risa…

Te siento muy cerca,
tanto, que mi piel nunca olvida
el calor de tus manos,
tu mirada, tu brisa.

Sé que una estrella
guarda tu existir,
para que seas mi guía.

Siento tu eternidad
a través de mi latir,
siguiendo la senda
que dibuja mi devenir:
cartografías de mares
con orillas mecidas por ti.

Siempre, siempre en mí,
por el resto de mis días.

Mi madre,
mi ejemplo de vida,
la orilla donde llegaré
desnuda de conquistas,
plena en mi propio vivir,
ante tu orilla.

Mi madre, mi eterna compañía.


© María Bueno, 2026.