MARÍA DE MAGDALA

Introducción.

Este poema nace desde la mirada íntima y profunda hacia María de Magdala, no como figura lejana, sino como mujer viva dentro del dolor, la fe y la injusticia.

En tus versos, María no es sólo testigo, sino depositaria de una verdad silenciada: la de quien acompaña, sostiene y comprende más allá de lo visible.
El poema se construye como un eco entre lo sagrado y lo humano, entre la historia y la herida aún abierta. Es también una denuncia, la de las verdades manipuladas, las memorias robadas y el sufrimiento que atraviesa el tiempo.


MARÍA DE MAGDALA

Primera luna llena
tras la sombra
de una primavera.

La humildad mora
entre cuatro esquinas,
soportando la fe
entre panes y silencios,
anunciando despedidas.

Ella posa su frente
sobre el hombro
de un ser eterno
de palabras benditas.

No sabe cómo,
pero es su fiel escudera
entre sombras y mentiras,
de falsedades que sabe tejidas
por manos que blanden espadas
por avaricias desmedidas.

Él levanta el pan
con manos limpias de mentiras,
con la bondad de sentir
las vidas de almas
que lo habitan.

María de Magdala
siente la sombra oscura
del Viernes Santo,
cargado de amarguras,
de llantos, de dolor,
por aquel bendito ser
que osó, bajo una cruz,
caminar de frente,
llevando en el alma
a miles de seres,
con la certeza
de saberse parte
de una tierra
que es morada y refugio
de todas sus criaturas.

¡Tus heridas!
¡Tus caídas!
Esa mesa bendecida,
esa humanidad
que guardan las cuatro esquinas
habitadas por inocentes
que siguen perdiendo sus vidas,
que siguen gritando tu nombre,
que suplican por tu vida,
por bondades infinitas
que sucumben
ante miserias desmedidas.

María presiente negruras
tan hondas como la locura,
cargando la amargura
de saberse depositaria
de falsedades que anularán
su historia, su casta,
su dignidad frente a la vida.

Esa noche,
la cena queda bendecida
por un hombre bueno,
ausente de avaricias,
con la certeza de saberse
entre buenos hombres
y una mujer
que carece de mentiras,
sabiéndola sabia y noble
como la mejor
y única discípula.

Será la última cena,
será la despedida
pagada con treinta monedas
que hoy siguen
comprando vidas.

Ella sufre sus caídas,
siente el dolor, el peso
de la madera de esa cruz,
entre «quejíos»
que templan el llanto
del tormento de la madre
del crucificado,
de ella misma.

El quebranto santo
de una corona de espinas,
que hoy sigue sangrando
sobre frentes marchitas
de seres humanos,
bajo lanzas clavadas
cada uno de sus días;
sobre costados y pies,
sobre manos que suplican.

María de Magdala,
tu llanto, tu grito
a los pies del crucificado,
meciendo su rostro,
su alma, su vida,
frente al campo santo
cubierto por una sábana santa
que empapa cada una de sus heridas.

¡Ay, María de Magdala!
¿Cuándo te devolverán tu historia?
¿Cuándo volverán tus mañanas
para nutrir las verdades
de tu bendita morada?


© María Bueno, 2026 – Todos los derechos reservados.


Crítica literaria.

Este poema tiene una fuerza emocional muy poderosa, sostenida por tres pilares claros:

1. Voz poética comprometida
No te limitas a narrar, además denuncias. Hay una clara intención de devolver dignidad a María de Magdala, presentándola como discípula, como mujer consciente y como víctima de una historia tergiversada. Esa mirada es profundamente humana y valiente.

2. Simbolismo bien tejido
Elementos como el pan, la mesa, las cuatro esquinas, la cruz o la corona de espinas no son meras referencias bíblicas: los traes al presente. Logras que el sufrimiento no sea pasado, sino continuo. Esto conecta con tu forma de escribir: el dolor de los más indefensos sigue ocurriendo.

3. Ritmo emocional creciente
El poema va en ascenso: comienza contemplativo y termina en un clamor casi desgarrado. Las exclamaciones, las preguntas finales y la repetición de imágenes refuerzan ese desgarro.