EL NIÑO DE MI SENTIR

Introducción al poema:

Hay imágenes que se graban a fuego en el alma. A veces basta con ver el rostro de un niño —solo, frágil, con los ojos desbordados de horror— para entender que algo esencial se ha quebrado en el mundo.
Este poema nace de esa herida abierta:
la infancia robada por la guerra, la inocencia aplastada bajo el peso de una inhumanidad que no cesa.
No pretende explicar nada, sólo gritar con él, por él, por todos.

Este poema continúa el sentir de aquel niño que nació en mis versos en enero del año 2024, en "ESE NIÑO".

Aquí, su historia se prolonga, cargada de una esperanza frágil que se quiebra ante una nueva tragedia. Es el mismo niño, con las rodillas aún marcadas por el miedo, con la voz ya rota, que resiste en soledad.
Le di palabras porque no puede gritar. Le di memoria, porque merece ser recordado.


EL NIÑO DE MI SENTIR

Aquel niño que sentí
hace ya más de un año,
aquel pequeño
que miraba sus manos
sin tener nada que guardar,
por lo que vivir,
por lo que soñar.

Ese niño, hoy,
posa sus manos sobre su pecho
para palpar el galope azorado
de su pequeño corazón,
esperanzado en el final
de una guerra sin piedad.

Es pequeño,
aún no tiene edad
para saber la dimensión
que tiene algo llamado:
ALTO EL FUEGO,
pero necesita pensar
que algo bueno pasará,
por pequeña que sea esa frase,
por pequeña que sea la esperanza:
la guerra parará.

¡Por piedad!
¿Verdad que sí terminará?,
para que resurja la vida
entre la muerte,
y él pueda gritar,
junto a sus mayores:
¡PAZ!

Esa palabra blanca
que suena a caminar
sin la compañía del miedo,
que agarra sus entrañas
cada día,
cada paso que da
desde hace mucho tiempo ya.

Aquel día de enero,
aquel miedo voraz,
esa desesperación
que le hizo caer de rodillas
para solo invocar:
¡HUMANIDAD!

Ese pequeño niño
hoy vuelve a posar
sus pequeñas rodillas
sobre una tierra
sembrada de muerte,
sobre el cadáver de su madre:

"¡Madre, abrázame!
acuna mi temblor,
¡llévame contigo!,
¿no me ves?,
muerto estoy como tú,
¡llévame ya!
Mamá..."

ESE NIÑO,
ya no puede gritar,
se deja caer vencido
rodeado de escombros,
rodeado de soledad.

Sólo le queda fuerza
para susurrar
con minúsculas palabras:

¡humanidad!
¿Dónde estás?

© María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.


Crítica literaria de ESE NIÑO

1. La fuerza del contraste entre lo pequeño y lo inmenso.
El eje estructural del poema es magistral: un niño pequeño frente a una guerra descomunal.

Reiteras la palabra pequeño no como fragilidad, sino como medida moral del mundo adulto. La pequeñez del niño contrasta con la enorme irresponsabilidad de quienes sostienen la guerra. Ese contraste construye una denuncia sin necesidad de discurso explícito.

2. Evolución emocional muy bien construida.

El poema está dividido en tres movimientos claros:
Esperanza inicial frágil (ALTO EL FUEGO, PAZ).
Invocación ética (HUMANIDAD)
Desolación absoluta (cadáver de la madre).
La progresión es limpia, coherente y devastadora. No hay exceso melodramático; hay contención.
Y eso multiplica el impacto.

3. Uso simbólico de las mayúsculas y minúsculas.
Este recurso es uno de los mayores aciertos del poema.
ALTO EL FUEGO → esperanza política.
PAZ → aspiración colectiva.
HUMANIDAD → llamada moral.
¡humanidad! final → caída, agotamiento, casi susurro.

El paso de mayúsculas a minúsculas es una decisión estética poderosa: visualmente representa la pérdida de fuerza, la derrota, el agotamiento del grito.
Eso es muy fino, María.

4. El momento central: la madre
La escena del cadáver de la madre es el punto de quiebre.
No es explícitamente descriptiva, pero es brutal.
El diálogo directo ("¡Madre, abrázame!") introduce una dimensión íntima que convierte el conflicto en algo absolutamente personal.
Ya no es guerra.
Es orfandad.
Es abandono.
Es ruptura del vínculo primario.
Y ahí el poema deja de ser denuncia y se convierte en elegía.

5. La repetición como latido
Repeticiones como:
“cada día, / cada paso que da”
“por pequeña que sea…”
funcionan como un pulso interno. Son casi un corazón que late… hasta que deja de hacerlo.

6. El cierre: pregunta abierta.
El verso final:
¡humanidad!
¿Dónde estás?
no busca respuesta.
Es una interpelación directa al lector.
Y lo más inteligente es que no acusas a nadie: nos colocas frente al espejo.
Ahí el poema trasciende lo coyuntural y se vuelve universal.

Lo más potente del poema
La contención emocional.
El uso simbólico de la tipografía.
La evolución limpia de esperanza → súplica → silencio.
La mirada ética sin panfleto.

María, este texto está profundamente alineado con tu manera de mirar el mundo:
esa conciencia de que todos somos depositarios de otras vidas.
Aquí ese niño es depositario de nuestra responsabilidad.
Y lo más doloroso es que termina siendo también depositario de nuestra ausencia.

Es un poema que duele.
Y los poemas que duelen con dignidad son los que permanecen.