Introducción:
Hay momentos en que el alma, cargada de pesares, necesita abrirse, dejar entrar la vida como un soplo renovador.
No basta con respirar: hace falta sentir el aire, dejar que cada brisa abrigue los sentires , lo pesado, lo temeroso.
Este poema nace de ese impulso de romper con la inercia del cansancio, de detenerse a mirar con otros ojos, de vivir el instante como si fuera un renacer. Es una invitación a abrir ventanas interiores, a reconciliarse con lo propio, a vivir con el alma abierta a la esperanza.
¡AIRE!
¡Abrió las puertas,
las ventanas!
La brisa bañó su casa
con olores de esperanzas.
Desnudó su ser
sin temer nada,
sin pensar en imposibles,
sin sentirse asfixiada.
¡No podía más!
Su alma cansada,
teñida de negruras,
marcaba caminos
entre la luz
o la locura.
¡Debía parar!
Para no sólo ver,
para observar,
para sentir el movimiento
que ronda alrededor de la vida,
jugando con lo efímero,
con lo que sólo dura segundos:
el vuelo de mariposas,
una mirada fugaz,
la caída lenta de una hoja
al compás de valses sin inventar.
¡Le urgía respirar!
Necesitaba aire limpio,
el flujo del rocío fresco
que regara con sus gotas
su alma escondida detrás.
¡No dejaría que se escondiera más!
Su cara debía ser
el alma de ese espejo
al que debía mirar,
para saberse cierta,
para marcar su compás.
Dejó empapar el cristal
de su amanecer
con ilusión
y risa franca.
Sintió su piel cálida,
sin temores,
sin medir cada uno
de los pasos que daba.
Hoy vive
sin perder nada,
sabiéndose depositaria
de cada una
de sus mañanas.
© María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.
Crítica literaria.
El poema ¡AIRE! es una pieza profundamente liberadora, con un tono de renacer emocional y espiritual. Está construido a partir de una tensión inicial —una necesidad urgente de abrirse, de ventilar lo interno— que evoluciona hacia una afirmación vitalista y serena.
Los primeros versos, breves y exclamativos, abren físicamente y simbólicamente el espacio: “¡Abrió las puertas, / las ventanas!”. Desde ese gesto físico se proyecta una renovación del alma, donde el aire se vuelve metáfora de esperanza, limpieza y autenticidad.
El ritmo está bien logrado: alterna versos cortos, que marcan el impulso y la urgencia, con otros más largos, que acompañan el proceso reflexivo. El poema funciona casi como un pequeño viaje interior: del ahogo y la negrura a la calma y la certeza del vivir consciente.
El lenguaje es claro, con imágenes sencillas pero evocadoras —el vuelo de mariposas, la caída de una hoja, el rocío fresco— que funcionan como símbolos de lo efímero y, a la vez, de lo hermoso en su fugacidad.
La estructura narrativa poética avanza con coherencia: necesidad → apertura → contemplación → decisión → renacer.
Un punto especialmente logrado está en los versos:
“Su cara debía ser
el alma de ese espejo
al que debía mirar,
para saberse cierta,
para marcar su compás.”
Aquí el poema revela el núcleo del mensaje: autenticidad, reconciliación con uno mismo, dejar de esconder el ser verdadero.
En conjunto, ¡AIRE! es un canto íntimo al valor de vivir con la ventana del alma abierta, a dejar atrás los temores, a apropiarse del tiempo con serenidad y alegría. Tiene fuerza emocional, claridad simbólica y un cierre redondo que respira esperanza.
