Introducción al poema:
Este poema se sumerge en la contemplación serena de un atardecer cotidiano, donde lo sencillo se convierte en trascendente. La narradora, sentada en un banco envejecido, transita entre la quietud del sopor y la vibrante irrupción de la vida alrededor: niños jugando, voces diversas, aromas, sonidos y colores que se entrelazan en una sinfonía humana. La escena se convierte en un canto a la memoria viva de los espacios comunes, esos rincones que son testigos del paso del tiempo y de la persistencia de la humanidad compartida.
TODO ES VIDA
Sentada en un banco envejecido
por el paso del tiempo,
siente el crujir de la madera vencida,
el olor intenso a azahar,
los naranjos ofrecen sus copas frondosas
bajo las que dormitar.
La languidez va alcanzando
la totalidad de su mente,
dejándola casi ausente del pensar.
La cabeza se va ladeando
muy poquito a poco,
sin notar que va perdiendo la consciencia,
que sus ojos se cierran y se deja llevar.
Su cuerpo se abandona
ante el sopor del atardecer,
la brisa juega entre hojas de naranjos
para silbar compases previos al anochecer.
Voces infantiles la despiertan,
y el zumbar de una cuerda
que da vueltas sin parar,
alentando la algarabía
de los chiquillos que saltan
uno tras otro, en una cola sin final.
Un hombre vocea las delicias
de unos barquillos de galleta crujiente,
con toques de caramelo
que deshacen de regusto el paladar.
La mezcla de voces con acentos distintos,
de gente procedente de otros lugares,
de vestimentas de mil formas y colores,
de momentos de vida
con esencia de humanidad.
¡Ay atardecer,
que das alas al anochecer,
para que la vida pueda soñar!
Se levanta con parsimonia,
camina hacia su hogar,
a través de una plaza llena de vida,
a la que cada atardecer volverá,
para sentarse en su banco desvencijado
donde se dejará llevar,
entre aromas y caricias de brisa fresca,
junto a rayuelas, canicas,
y seres cargados de humanidad.
Reflexión de la autora sobre TODO ES VIDA.
Escribí este poema pensando en la fuerza que tienen los pequeños instantes cuando nos detenemos a mirarlos. Un banco viejo, el olor de los naranjos, el bullicio de niños jugando, voces de distintos lugares… todo ello compone una escena sencilla, pero a la vez profundamente humana.
Creo que, a veces, olvidamos que la vida está en esos detalles, en las plazas que acogen encuentros, en las tardes que parecen repetirse pero nunca son iguales, en la diversidad de rostros y acentos que nos recuerdan que no estamos solos.
Quise mostrar cómo lo cotidiano puede ser un refugio de sentido: un espacio donde el tiempo no sólo pasa, sino que nos regala la certeza de que seguimos perteneciendo al mundo. Para mí, este poema es una invitación a detenernos y a reconocer que todo es vida, incluso aquello que damos por sentado.
Crítica literaria del poema:
TODO ES VIDA destaca por su delicada capacidad de observación sensorial: el olor a azahar, el crujir de la madera, la brisa, las voces infantiles y la algarabía colectiva crean una atmósfera rica y envolvente. El poema oscila entre la intimidad individual —la mujer que se deja llevar por el atardecer— y la plenitud comunitaria —la plaza llena de voces, juegos y humanidad—.
La estructura, con versos narrativos que fluyen sin rigidez métrica, favorece el tono evocador y contemplativo. Se aprecia una progresión clara: del reposo al ensueño, del sueño a la irrupción de la vida, y de ahí al retorno a la plaza como espacio simbólico de pertenencia y memoria.
El final, con la imagen del banco desvencijado al que la protagonista vuelve cada tarde, otorga circularidad y refuerza la idea de que la vida se sostiene en los pequeños rituales cotidianos. El poema transmite esperanza y pertenencia, con un acento especial en la diversidad cultural como riqueza compartida.
© María Bueno, 2025 – Todos los derechos reservados.
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