REFLEXIÓN PERSONAL

REFLEXIÓN PERSONAL

Y un día pasó: todo se volvió pequeño, inaccesible, lejano.
Sentí ese pellizco en el estómago, esa sensación de pequeñez ante la inmensidad de lo conocido hasta ese momento de mi vida y de lo desconocido en este instante preciso, hoy y ahora, en este pequeño espacio de tiempo… y, de pronto, todo se colocó en su sitio.

Debía construir, con mis sentimientos más nobles, un lugar en el que poder verter todas mis emociones, porque eso sería lo único verdaderamente valioso que atesorar en mi vida.
Mi agradecimiento es tan grande y profundo hacia el resto de la humanidad que solo puedo sentir que me sobran fronteras, muros de piedra o construidos con el verbo interesado en posesión de verdades absolutas.
Solo sé que soy pequeña sin la grandeza de todo lo que me enseñan los demás: mi familia, la humanidad.

Debo guardar en mi memoria que todos los seres humanos somos iguales, que el planeta es nuestra única casa, la tierra de todos los seres vivos sin pretensión de eternidad.
Siento que nuestro mayor patrimonio es la herencia de las emociones vividas y construidas por todos.

Debemos atesorar lo único que verdaderamente nos pertenece: los sentimientos compartidos, los recuerdos que tejen con fuerza la vida, los buenos y los malos. Todos ellos forman la materia de la que está hecho el ser humano en su esencia, en su diversidad.

Siento que debo recordar, para nunca olvidar,  que mis ojos deben mirar la vida cargados de generosidad, sabiendo que soy tan minúscula que los elementos de la propia naturaleza, con solo una tempestad, nos puede devastar.

La Tierra, nuestro único hogar, habitada por todos los seres vivos, incluida la humanidad.

Desde el más profundo respeto a la diversidad del pensar,

María Bueno